Boquerón es el departamento más extenso del Paraguay: con unos 91.669 km² abarca cerca de la cuarta parte de todo el territorio nacional, en pleno Chaco Boreal, en el noroeste del país, limitando con Bolivia y la Argentina. Sin embargo, su población es una de las más bajas del país —unos 71.000 habitantes en 2022—, dispersa en un inmenso llano de bosque xerófilo, espinares y polvo rojo.
Es la región más seca del Paraguay, con lluvias escasas e irregulares y temperaturas que en verano se cuentan entre las más altas de Sudamérica. Ese Chaco árido, de quebrachos, palo santo y algarrobos, fue durante siglos casi impenetrable para el Estado, un territorio de pueblos indígenas y de una naturaleza extrema que sólo en el siglo XX comenzó a ser colonizada de manera estable.
El departamento debe su nombre a uno de los episodios más célebres de la Guerra del Chaco (1932-1935). En septiembre de 1932, el ejército paraguayo reconquistó, tras un prolongado y durísimo asedio, el fortín Boquerón, que las tropas bolivianas habían ocupado y fortificado. La Batalla de Boquerón se convirtió en el gran símbolo del esfuerzo bélico paraguayo y en un punto de inflexión de la contienda.
Aquella victoria, lograda bajo un calor abrasador y una sed atroz que causó tantas bajas como las balas, quedó grabada en la memoria nacional y dio nombre al departamento entero. El Chaco de Boquerón está sembrado de fortines, trincheras y monumentos de aquella guerra, que enfrentó al Paraguay y a Bolivia por el control de esta vasta región que se creía rica en petróleo, y que forjó a toda una generación de veteranos y caudillos.
El gran motor humano y económico de Boquerón son las colonias menonitas del Chaco Central. A partir de 1927, familias menonitas de origen alemán —llegadas desde Canadá, Rusia y otros lugares huyendo de persecuciones y en busca de libertad religiosa y tierras— se instalaron en pleno desierto chaqueño y fundaron tres grandes colonias: Menno (con centro en Loma Plata), Fernheim (con centro en Filadelfia, hoy capital departamental) y Neuland.
Contra todo pronóstico, aquellos colonos transformaron el Chaco árido en una potencia agropecuaria. Sus cooperativas produjeron ciudades ordenadas, caminos, industrias y un sistema lácteo y cárnico que llegó a aportar cerca del 65 % de la producción nacional de lácteos y una parte enorme de la carne del país. Filadelfia, Loma Plata y Neu-Halbstadt son hoy prósperos centros urbanos, con museos, cooperativas y una peculiar mezcla de alemán bajo (plautdietsch), español y lenguas indígenas.
Boquerón es también un gran territorio indígena. Cerca de la mitad de su población pertenece a pueblos originarios —nivaclé, enlhet, guaraní ñandeva, manjui, angaité y otros—, muchos de ellos ligados hoy a las colonias menonitas como mano de obra y vecinos. En los rincones más remotos del norte chaqueño sobreviven, además, grupos ayoreo en aislamiento voluntario, entre los últimos pueblos no contactados de América fuera de la Amazonia.
La naturaleza del departamento es de una dureza y una singularidad notables: bosques secos, salitrales, lagunas estacionales y una fauna adaptada al calor y la sequía. Recorrido por la Ruta Transchaco y jalonado por hitos como el Cruce de los Pioneros, Boquerón es la gran puerta del Chaco profundo paraguayo, un mundo de fronteras, colonias, pueblos indígenas y horizontes infinitos.
En el Paraguay actual, Boquerón es a la vez uno de los departamentos más despoblados y uno de los más pujantes en términos productivos. Las colonias menonitas y sus cooperativas han hecho de Filadelfia y Loma Plata prósperos centros urbanos, con industrias lácteas y frigoríficas, museos, hospitales y servicios que contrastan con la aridez del entorno chaqueño. La ganadería y la agricultura mecanizada avanzan sobre el bosque seco, impulsando el crecimiento pero también la deforestación.
Ese desarrollo plantea grandes interrogantes sobre la sostenibilidad ambiental del Chaco y sobre el lugar de los pueblos indígenas, que conviven con las colonias en una relación desigual. Recorrido por la Ruta Transchaco, jalonado por hitos pioneros y rodeado de fortines de la Guerra del Chaco, Boquerón es la gran puerta de entrada al Chaco profundo: un mundo extremo, multicultural y en plena transformación, donde se juega buena parte del futuro ambiental y humano del Paraguay.