Para entender Filadelfia hay que conocer primero a sus fundadores: los menonitas. Se trata de un grupo religioso cristiano de raíz anabaptista, surgido en Europa en el siglo XVI durante la Reforma protestante. Su nombre deriva de Menno Simons, un líder religioso neerlandés. Los menonitas se caracterizan por su pacifismo, su rechazo al servicio militar, el bautismo de adultos y un fuerte sentido de comunidad y de vida sencilla y laboriosa, organizada en torno a la fe.
A lo largo de los siglos, sus creencias —especialmente su negativa a tomar las armas y su deseo de mantener sus propias escuelas, su lengua alemana y su modo de vida— los llevaron a enfrentar persecuciones y a migrar una y otra vez en busca de lugares donde pudieran vivir según sus principios. De los Países Bajos y el norte de Alemania pasaron a Prusia, luego a Rusia y Ucrania, y más tarde a América del Norte (Canadá y Estados Unidos) y del Sur.
En las primeras décadas del siglo XX, presiones sobre sus escuelas, su lengua y su exención del servicio militar en distintos países empujaron a varios grupos menonitas a buscar un nuevo hogar. El Paraguay, un país con grandes extensiones despobladas y dispuesto a ofrecerles garantías, apareció entonces como una tierra de promisión. Así comenzó la migración que daría origen a las colonias del Chaco y a la ciudad de Filadelfia.
A partir de la década de 1920, y con más fuerza en los años treinta, distintos grupos menonitas comenzaron a llegar al Chaco paraguayo. Procedían de Canadá (que a su vez había recibido a menonitas de Rusia) y, más tarde, de la propia Unión Soviética, de donde huían de la colectivización y la persecución religiosa estalinista. El Estado paraguayo les ofreció condiciones excepcionales: tierras, autonomía para mantener sus escuelas, su lengua y su fe, y la exención del servicio militar, garantías que para los menonitas eran fundamentales.
Pero la tierra que recibieron era durísima. El Chaco Central es una región semiárida, de calor extremo, escasez de agua, suelos difíciles y vegetación espinosa, que los primeros colonos bautizaron con un nombre elocuente: el 'Infierno Verde'. Los inicios fueron terribles. Sin infraestructura, sin agua potable suficiente, expuestos a enfermedades como el tifus y la disentería, y al clima implacable, muchos colonos murieron en los primeros años. Fue una epopeya de sufrimiento y perseverancia.
Frente a esa adversidad, los menonitas respondieron con fe, organización y un trabajo incansable. Cavaron pozos y tajamares para almacenar agua, desmontaron, cultivaron y criaron ganado, y fundaron las primeras colonias. La capital de la colonia Fernheim, fundada por inmigrantes llegados de Rusia, recibió el nombre de Filadelfia. Poco a poco, contra todo pronóstico, la vida comenzó a abrirse paso en el 'Infierno Verde'.
La llegada de los menonitas al Chaco coincidió con uno de los conflictos más importantes de la historia sudamericana del siglo XX: la Guerra del Chaco (1932-1935), que enfrentó al Paraguay con Bolivia por el dominio de la vasta y disputada región chaqueña, en parte por la sospecha de que albergaba petróleo. Fue una guerra sangrienta, librada en condiciones durísimas, en buena medida por la misma sed y el mismo calor que padecían los colonos.
Las colonias menonitas, recién instaladas en el Chaco Central, quedaron en medio o en las cercanías del teatro de operaciones de esa guerra. Los colonos, fieles a su pacifismo, no participaron en los combates, pero la guerra impactó inevitablemente en su vida: vieron pasar tropas, sufrieron las consecuencias del conflicto en una región ya de por sí precaria y debieron sobrellevar la incertidumbre y las dificultades que la guerra sumaba a su ya ardua existencia.
El Paraguay resultó finalmente vencedor en la contienda y consolidó su soberanía sobre la mayor parte del Chaco. Para las colonias, el fin de la guerra trajo cierta estabilidad y la posibilidad de continuar su desarrollo. La presencia menonita, además, contribuyó con el tiempo a poblar y poner en producción una región estratégica que el país había defendido a un costo altísimo en vidas.
La clave del extraordinario éxito de las colonias menonitas fue su modelo de organización cooperativa. En lugar de competir de forma individual, los colonos se agruparon en cooperativas que organizaban la producción, la comercialización, el crédito, los servicios y buena parte de la vida comunitaria. En Filadelfia, la cooperativa Fernheim se convirtió en el motor económico de la colonia, como lo fueron otras en las colonias vecinas de Menno (Loma Plata) y Neuland.
Con trabajo, tecnología y planificación, los menonitas lograron lo que parecía imposible: convertir el 'Infierno Verde' en un próspero centro de producción agrícola y, sobre todo, ganadero y lácteo. El Chaco Central pasó a producir carne, leche y derivados lácteos de calidad —que hoy abastecen a gran parte del Paraguay—, además de cultivos como el maní, el sésamo y el sorgo, adaptados a las duras condiciones del clima. La cría de ganado en gran escala se volvió uno de los pilares de la economía regional.
Esa transformación convirtió a Filadelfia en la principal ciudad del Chaco Central y, con el tiempo, en capital del departamento de Boquerón. El contraste entre la prosperidad ordenada de las colonias y la dureza del entorno, así como con la realidad de otras comunidades de la región, es uno de los rasgos más llamativos del Chaco menonita y un testimonio del poder transformador del trabajo organizado en comunidad.
El Chaco Central no es solo tierra de menonitas. Es también el territorio ancestral de diversos pueblos indígenas chaqueños —como los nivaclé, los enlhet, los ayoreo y otros—, que habitan la región desde mucho antes de la llegada de los colonos. La relación entre menonitas e indígenas ha sido compleja a lo largo de la historia: hubo evangelización, empleo en las colonias, asistencia, pero también profundas desigualdades y tensiones que persisten hasta hoy. A ellos se suman los paraguayos llegados de otras regiones, atraídos por el desarrollo de la zona.
Filadelfia es, así, un mosaico cultural fascinante y singular dentro del Paraguay: una ciudad donde se escucha alemán (y su dialecto, el plautdietsch), guaraní y español; donde conviven la arquitectura y las costumbres centroeuropeas con la cultura paraguaya y la presencia indígena. Esta diversidad, con sus luces y sus sombras, es parte esencial de la identidad de la ciudad y de toda la región chaqueña.
Hoy, Filadelfia es la principal ciudad del Chaco Central y capital del departamento de Boquerón: una urbe ordenada y próspera en medio de una de las regiones más extremas del continente, y un destino turístico cada vez más valorado por viajeros curiosos. Conocer su historia —la epopeya de los pioneros, la Guerra del Chaco, el modelo cooperativo y la convivencia de culturas— permite apreciar en toda su dimensión el milagro de una ciudad nacida del trabajo y la fe en el corazón del 'Infierno Verde'.