La llaman la 'Madre de Ciudades', y no es un apodo cualquiera: de este fuerte a orillas del río Paraguay partieron las expediciones que fundaron Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes y buena parte de las ciudades del Cono Sur. Antes de que ninguna de ellas existiera, ya existía Asunción. Asunción nació el 15 de agosto de 1537, cuando el explorador español Juan de Salazar y Espinosa levantó un fuerte a orillas del río Paraguay y lo bautizó Nuestra Señora de la Asunción, en honor a la festividad religiosa que se celebraba ese día. El sitio fue elegido por su ubicación estratégica sobre el río y por la actitud relativamente receptiva de los guaraníes cario que habitaban la zona, con quienes los españoles establecieron alianzas y vínculos —incluidos los matrimoniales— que marcarían profundamente el mestizaje del futuro Paraguay.
En las primeras décadas de la conquista del Río de la Plata, Buenos Aires, fundada por primera vez en 1536, fue abandonada por la hostilidad del entorno y la falta de alimentos, y Asunción quedó como el principal centro español del sur del continente. Desde aquí los conquistadores controlaban una vasta región y organizaban nuevas expediciones. La ciudad se convirtió en una base poblacional y de aprovisionamiento clave.
De Asunción partieron las expediciones que fundaron —o refundaron— numerosas ciudades del Cono Sur: la segunda fundación de Buenos Aires (1580), encabezada por Juan de Garay, partió de aquí, así como las fundaciones de Santa Fe, Corrientes, Concepción del Bermejo, Villa Rica y otras. Por ese rol expansivo, Asunción es conocida históricamente como la 'Madre de Ciudades', un título que resume su papel central en la colonización del sur de América del Sur.
Mucho antes de la llegada de los españoles, la región de Asunción y buena parte del actual Paraguay estaban habitadas por pueblos de lengua guaraní, agricultores que cultivaban maíz, mandioca y batata, y que tenían una rica cultura espiritual y social. El encuentro entre estos pueblos y los conquistadores españoles, en un territorio sin los grandes tesoros minerales que atraían a los europeos en otras regiones, dio lugar a una sociedad colonial muy particular, marcada por un intenso mestizaje.
Las alianzas entre españoles y caciques guaraníes, selladas a menudo mediante uniones con mujeres indígenas, hicieron que desde temprano la población de Asunción fuera mayoritariamente mestiza. De ese mestizaje nació uno de los rasgos más distintivos del Paraguay: la pervivencia y vitalidad del idioma guaraní, que sobrevivió como lengua de uso cotidiano —hablada por madres e hijos— y llegó hasta hoy como lengua oficial junto al español, caso casi único en América.
Durante el período colonial, Asunción fue la capital de la Provincia del Paraguay, primero dependiente de la Corona y luego integrada al Virreinato del Río de la Plata creado en 1776. Fue también el punto de partida y referencia administrativa de las célebres reducciones jesuíticas que se desarrollaron en el sur de la provincia, entre los guaraníes. Con el tiempo, sin embargo, el eje del poder colonial se desplazó hacia Buenos Aires, y Asunción quedó como una capital interior, algo aislada, que conservó no obstante su fuerte identidad mestiza y guaraní.
El proceso de independencia del Paraguay fue uno de los más tempranos y, a la vez, de los más singulares de Sudamérica. Tras la Revolución de Mayo de 1810 en Buenos Aires, la Junta porteña intentó incorporar al Paraguay a su movimiento, incluso por la fuerza, enviando una expedición militar al mando de Manuel Belgrano. Las tropas paraguayas la rechazaron en las batallas de Paraguarí y Tacuarí (1811), demostrando que el Paraguay no aceptaría sin más la tutela de Buenos Aires.
Poco después, en la noche del 14 al 15 de mayo de 1811, un grupo de patriotas paraguayos protagonizó en Asunción un movimiento que depuso pacíficamente al gobernador español y proclamó la autonomía del Paraguay. Entre las figuras centrales de aquella gesta estuvieron Fulgencio Yegros, Pedro Juan Caballero y, sobre todo, José Gaspar Rodríguez de Francia, abogado que se convertiría en la figura dominante de los años siguientes. La Casa de la Independencia, en el centro de Asunción, conserva la memoria de aquella noche.
A diferencia de otros procesos independentistas, el del Paraguay fue notablemente incruento en su momento decisivo y dejó al país encaminado hacia una independencia tanto de España como de Buenos Aires. En 1813 un Congreso proclamó formalmente la República del Paraguay, una de las primeras del continente. Asunción quedó así consagrada como capital de una nación soberana, que pronto tomaría un rumbo político muy particular bajo el gobierno del Doctor Francia.
Tras la independencia, José Gaspar Rodríguez de Francia, conocido como el 'Doctor Francia' o 'el Supremo', se hizo con el poder absoluto y gobernó el Paraguay de manera dictatorial desde 1814 hasta su muerte en 1840. Francia impuso un aislamiento casi total del país respecto del exterior, cerró fronteras, controló rígidamente el comercio y la sociedad, y buscó un Paraguay autosuficiente e igualitario. Su gobierno, austero y férreo, preservó la independencia frente a las amenazas externas, pero a costa de un fuerte autoritarismo y del aislamiento de Asunción y de todo el país.
Tras un breve período de transición, asumió el poder Carlos Antonio López, que gobernó entre 1844 y 1862. López abrió parcialmente el país, modernizó el Estado y emprendió un ambicioso programa de obras: ferrocarril (uno de los primeros de Sudamérica), telégrafo, fundición de hierro en Ybycuí, astilleros y la construcción de edificios monumentales en Asunción, como el inicio del Palacio de los López. Bajo su mandato, la capital y el país vivieron un período de notable desarrollo y prestigio.
A Carlos Antonio López lo sucedió su hijo, Francisco Solano López, en 1862. Militar ambicioso y figura central de la historia paraguaya, Solano López continuó la modernización pero condujo al país a la catastrófica Guerra de la Triple Alianza. Las grandes obras de aquella época —el Palacio de los López, el Panteón de los Héroes, el Teatro, la estación del ferrocarril— quedaron como testimonio del Paraguay pujante que los López quisieron construir, muchas de ellas terminadas o restauradas mucho después.
La Guerra de la Triple Alianza (o Guerra del Paraguay), librada entre 1864 y 1870, enfrentó al Paraguay de Francisco Solano López contra la alianza de Brasil, Argentina y Uruguay. Fue uno de los conflictos más devastadores de la historia de América del Sur y marcó un antes y un después para el país y su capital. El Paraguay sufrió una derrota total y consecuencias demográficas catastróficas: se estima que perdió una porción enorme de su población, especialmente de hombres adultos, en proporciones que la convierten en una de las guerras más letales de la historia regional.
Asunción fue ocupada por las tropas aliadas en 1869, y la guerra dejó al país arrasado, con su economía destruida y su territorio reducido tras las cesiones a Brasil y Argentina. Francisco Solano López murió en combate en Cerro Corá, en marzo de 1870, lo que marcó el fin de la guerra. Para el Paraguay comenzó entonces una larga y difícil etapa de reconstrucción.
La huella de la guerra es visible aún hoy en Asunción. Muchas de las grandes obras iniciadas por los López quedaron inconclusas durante años y se completaron en las décadas siguientes, como el Palacio de los López y el Panteón Nacional de los Héroes, este último convertido en mausoleo de los próceres y de los caídos. La memoria de la guerra y de sus héroes ocupa un lugar central en la identidad nacional paraguaya, y figuras como Solano López son objeto de debate y reivindicación. La capital se reconstruyó lentamente, y a comienzos del siglo XX vivió una etapa de embellecimiento con nuevas residencias y edificios públicos.
El siglo XX trajo al Paraguay y a Asunción nuevos desafíos y transformaciones. Entre 1932 y 1935, el país libró la Guerra del Chaco contra Bolivia por el control de la Región Occidental (el Chaco Boreal), un conflicto duro que, esta vez, el Paraguay logró ganar, asegurando su soberanía sobre buena parte de ese vasto territorio. La guerra dejó nuevos héroes en la memoria nacional y reforzó el sentimiento patrio.
En las décadas siguientes, el país atravesó una etapa de inestabilidad política que desembocó en la larga dictadura de Alfredo Stroessner, que gobernó entre 1954 y 1989, uno de los regímenes autoritarios más prolongados de América Latina. Durante esos años, Asunción creció y se modernizó en infraestructura, pero bajo un fuerte control político y con graves restricciones a las libertades. El régimen cayó en 1989, abriendo paso a la transición democrática.
Desde entonces, Asunción se consolidó como una metrópoli moderna, capital de un país democrático, con un crecimiento urbano notable, nuevos barrios, centros comerciales, torres y la recuperación de su frente fluvial con la Costanera. Hoy convive en ella el patrimonio histórico del casco antiguo —testimonio de su pasado colonial e imperial— con una ciudad pujante que mira al río y al futuro, conservando su cálida identidad bilingüe, guaraní y española, y su carácter de una de las capitales más antiguas y entrañables del continente.