Hay un lago en el Paraguay que millones de personas conocen sin haberlo visto nunca: el Ypacaraí, el de la guarania 'Recuerdos de Ypacaraí', esa canción de amor que se canta en toda América Latina. Y hay una ciudad encaramada sobre su orilla norte, de calles empedradas y casonas de otro siglo, que fue villa de veraneo de la elite asuncena, cuna de ceramistas, capital de la frutilla y, en las últimas décadas, refugio de artistas: Areguá. Su historia es la de ese lago y la de las capas que se fueron depositando a su alrededor durante siglos.
La región donde hoy se asienta Areguá estuvo habitada desde tiempos prehispánicos por pueblos de lengua guaraní, que vivían de la agricultura, la caza, la pesca en el lago y la recolección. El propio nombre del lago, Ypacaraí, y muchos topónimos de la zona tienen raíz guaraní, testimonio de esa presencia originaria. El lago y sus orillas eran un territorio rico en recursos y de gran belleza, lo que marcaría el destino del lugar.
Con la llegada de los españoles y el avance de la colonización desde Asunción —fundada en 1537 y muy cercana—, la zona del lago quedó integrada al área de influencia de la capital colonial. La evangelización de la región estuvo vinculada a las órdenes religiosas que actuaron en el Paraguay, en un proceso de fundación de pueblos de indios y de mestizaje característico de la provincia. Areguá fue tomando forma como uno de esos asentamientos a orillas del Ypacaraí.
A lo largo del período colonial, la población de la zona combinó las raíces guaraníes con la presencia española, en la matriz mestiza propia del Paraguay. La cercanía con Asunción y la fertilidad de la tierra y el lago fueron definiendo a Areguá como un lugar ligado tanto a la vida rural como, más adelante, al descanso y la recreación de los habitantes de la capital.
Hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX, Areguá vivió la transformación que definiría buena parte de su identidad actual: se convirtió en lugar de veraneo y descanso para familias acomodadas de Asunción. Atraídas por el clima, el paisaje del lago Ypacaraí y la cercanía con la capital, estas familias construyeron en Areguá elegantes residencias de verano —casonas señoriales con galerías, jardines y rejas— que aún hoy dan al casco histórico su sello arquitectónico inconfundible.
Un factor clave en este auge fue el ferrocarril. El tren, una de las grandes obras de la modernización paraguaya iniciada en la era de los López, facilitó el acceso a la zona del lago y consolidó a Areguá (y luego a la vecina San Bernardino) como destinos de villeggiatura. Llegar en tren a pasar el verano junto al Ypacaraí se volvió una costumbre de la elite asuncena, y la ciudad se llenó de vida durante la temporada.
De aquel período data el conjunto de casonas que hoy se conserva en el casco histórico, así como el trazado de calles empedradas que descienden hacia el lago. Esa herencia arquitectónica y urbanística, testimonio de la Belle Époque paraguaya, es la base del valor patrimonial que más tarde llevaría a proteger el casco histórico de Areguá como Patrimonio Cultural.
Dos producciones marcaron fuertemente la identidad de Areguá: la cerámica y la frutilla. La tradición ceramista de la zona se transmitió de generación en generación entre familias de artesanos, que aprovecharon la arcilla de la región para elaborar macetas, vajilla, ollas y figuras de barro. Con el tiempo, Areguá se convirtió en uno de los grandes centros de la cerámica artesanal del Paraguay, con sus característicos puestos a lo largo de la ruta de acceso y en el casco, y su producción es reconocida en todo el país.
La otra gran seña de identidad es la frutilla. Areguá se ganó el título de 'Capital de la Frutilla' por el cultivo de esta fruta en la zona, que dio origen a la tradicional Expo Frutilla, una feria que en temporada llena la ciudad de puestos con frutilla fresca, mermeladas, dulces, licores y postres. La fiesta de la frutilla se convirtió en un atractivo turístico y en una celebración muy querida de la comunidad.
A estas tradiciones se suma la religiosidad popular en torno a la patrona, Nuestra Señora de la Candelaria, cuya festividad reúne a la comunidad, y la rica gastronomía paraguaya que se disfruta en las casas de té y restaurantes locales. Cerámica, frutilla, fe y mesa conforman el patrimonio vivo de Areguá, complemento de su patrimonio arquitectónico.
En las últimas décadas, Areguá vivió un nuevo renacimiento que terminó de definir su carácter: se convirtió en un refugio de artistas, escritores, galeristas y coleccionistas. Atraídos por la atmósfera tranquila, las casonas históricas, el empedrado y la belleza del lago, muchos creadores se instalaron en la ciudad, abriendo talleres, galerías de arte contemporáneo, fundaciones y anticuarios. Areguá pasó así a ocupar un lugar destacado en el mapa cultural del Paraguay.
Este polo artístico convive con la herencia patrimonial. Las antiguas residencias de veraneo, restauradas y reutilizadas como galerías, casas de té y espacios culturales, encontraron una nueva vida sin perder su valor histórico. La combinación de patrimonio arquitectónico, arte contemporáneo, cerámica, anticuarios y gastronomía hizo de Areguá un destino singular, con una identidad cultural muy marcada para una ciudad de su tamaño.
Ese conjunto de valores llevó a que el casco histórico de Areguá fuera reconocido y protegido como Patrimonio Cultural, en resguardo de su trazado, sus casonas y su atmósfera. Hoy Areguá es capital del departamento Central y uno de los destinos de escapada más queridos de los asuncenos y de los visitantes, un lugar donde la historia, el arte y el paisaje del lago Ypacaraí se dan la mano.
Ningún relato sobre Areguá estaría completo sin el lago Ypacaraí, que no solo es su marco geográfico sino también un símbolo cultural del Paraguay entero. El lago, de aguas tranquilas, rodeado por Areguá y San Bernardino, ha sido durante generaciones lugar de descanso, romance y recreación, y se ha grabado en el imaginario popular como uno de los paisajes más entrañables del país.
Su fama trascendió fronteras gracias a la música. La célebre guarania 'Recuerdos de Ypacaraí', compuesta por Demetrio Ortiz, convirtió al lago en un emblema romántico de la cultura paraguaya, cantado y reconocido en toda América Latina. La canción, que evoca el encuentro amoroso a orillas del Ypacaraí, asoció para siempre el nombre del lago con la nostalgia y la belleza, y contribuyó a la identidad turística y sentimental de toda la zona.
El lago ha enfrentado en distintos momentos desafíos ambientales, como problemas de contaminación y floraciones de algas, que motivaron acciones de recuperación y monitoreo. Más allá de esos vaivenes, el Ypacaraí sigue siendo el corazón paisajístico de Areguá y San Bernardino, el espejo de agua que dio sentido a la villa veraniega, inspiró canciones y continúa atrayendo a quienes buscan, junto a sus orillas, un pedazo del Paraguay más romántico y tranquilo.