En una finca a las afueras de Volcán hay una estatua de piedra que desconcierta a quien la mira: un hombre cargado sobre los hombros de otro, tallada hace más de mil años. Es una de las piezas del sitio arqueológico de Barriles, uno de los más importantes de Panamá, y la prueba de que la historia de este tranquilo pueblo de montaña empezó mucho antes de que llegaran los europeos, el café o los suizos. En estas tierras altas del oeste de Chiriquí floreció, entre los años 300 y 900 d.C. aproximadamente, una cultura indígena avanzada que llegó a reunir cerca de mil habitantes y dejó vestigios notables de su desarrollo social, artístico y ritual, convirtiendo a la zona en una pieza clave para entender el pasado precolombino del país.
Los hallazgos de Barriles incluyen esculturas de piedra de gran valor: estatuas que representan figuras humanas —algunas mostrando a un personaje cargado sobre los hombros de otro, lo que sugiere jerarquías sociales—, metates (piedras de moler) ricamente decorados, petroglifos y los característicos 'barriles' de piedra que dan nombre al sitio. Estas piezas revelan una sociedad organizada, con élites, arte y prácticas ceremoniales complejas, y figuran entre las muestras más destacadas del arte precolombino panameño.
La existencia de Barriles muestra que las tierras altas chiricanas, con su clima fresco y sus suelos volcánicos fértiles, eran un territorio valorado y habitado por sociedades complejas mucho antes del café y de la colonización. Esa raíz indígena profunda es la primera capa de la historia de Volcán, y la herencia de los pueblos originarios sigue presente en la región, donde el pueblo ngäbe-buglé mantiene su importancia.
El poblamiento moderno de la zona de Volcán, al igual que el de Boquete (en el flanco opuesto del volcán Barú), se dio sobre todo a fines del siglo XIX y a lo largo del siglo XX. El clima fresco y primaveral de estas tierras altas, tan distinto del calor de las tierras bajas, y la fertilidad de sus suelos de origen volcánico atrajeron a colonos interesados en la agricultura y la ganadería de montaña.
A los colonos panameños se sumaron inmigrantes extranjeros, incluidos europeos (con presencia de suizos y de otros orígenes, según las fuentes), atraídos por las posibilidades agrícolas y el clima saludable de la región. Esa mezcla de pobladores fue dando forma a las comunidades de las tierras altas occidentales de Chiriquí —Volcán, Cerro Punta, Guadalupe—, que se desarrollaron en torno al trabajo de la tierra. El ambiente montañoso, con sus casas, sus huertas y sus campos, llegó a recordar a algunos los paisajes alpinos europeos.
La economía de la zona se construyó sobre la agricultura de altura (hortalizas, verduras y flores, especialmente en Cerro Punta, que se volvió un gran centro hortícola del país), el café en las áreas apropiadas y la ganadería de montaña, incluida la cría de caballos. Así, durante el siglo XX, Volcán y los pueblos vecinos se consolidaron como prósperas comunidades agrícolas de las tierras altas chiricanas, con una fuerte identidad rural.
Una de las claves de la historia económica de la zona de Volcán es la agricultura de altura, que tuvo en la vecina Cerro Punta su gran exponente. Situada a más de 2.000 metros, en uno de los puntos habitados más altos de Panamá, Cerro Punta desarrolló una intensa producción hortícola que la convirtió en una de las principales despensas de verduras y hortalizas del país, abasteciendo buena parte del mercado nacional.
El clima frío de montaña permite cultivar en estas tierras productos que no prosperan en el calor tropical de las tierras bajas: papas, zanahorias, lechugas, repollos, cebollas, fresas y muchas otras verduras y frutas de clima templado, además de flores. Los paisajes de huertas escalonadas en las laderas, invernaderos y campos verdes intensamente cultivados son característicos de la zona y muy fotogénicos, con un aire que evoca a regiones agrícolas europeas.
A la horticultura se sumó otra actividad distintiva: la cría de caballos, por la que Cerro Punta es también conocida, aprovechando los pastos de montaña. Esta vocación agrícola y ganadera de altura dio identidad y prosperidad a la región, y la integró estrechamente a la economía de toda la provincia de Chiriquí, el gran 'granero' del oeste panameño. La vida ligada a la tierra sigue siendo, hasta hoy, el corazón de estos pueblos de montaña.
La zona de Volcán y Cerro Punta es también una de las puertas de entrada a uno de los grandes tesoros naturales de Panamá y Centroamérica: el Parque Internacional La Amistad (PILA). Se trata de un enorme parque transfronterizo, compartido entre Panamá y Costa Rica, que protege una vastísima extensión de bosques de montaña y selvas a lo largo de la cordillera de Talamanca, y que fue reconocido por la Unesco como Patrimonio Mundial por su valor natural excepcional.
El PILA resguarda una biodiversidad asombrosa, fruto de la variedad de altitudes y ecosistemas que abarca, desde bosques nubosos hasta páramos. Es hogar de una fauna riquísima: grandes mamíferos en sus zonas más remotas, una enorme cantidad de especies de aves (con el codiciado quetzal entre ellas), anfibios, plantas y árboles centenarios. Constituye un refugio de naturaleza prácticamente prístina y un área de importancia global para la conservación de la biodiversidad.
La cercanía de Volcán y Cerro Punta a este parque, junto con los bosques nubosos, las lagunas (como las Lagunas de Volcán) y la diversidad de hábitats de la zona, convirtió a la región en un destino destacado para la conservación y el ecoturismo. La observación de aves, el senderismo y el turismo de naturaleza ganaron importancia, complementando la histórica vocación agrícola con una nueva mirada que valora y busca proteger la extraordinaria riqueza natural de las tierras altas chiricanas.
En las últimas décadas, a la tradicional economía agrícola y ganadera de Volcán y las tierras altas occidentales de Chiriquí se sumó el turismo de naturaleza, que encontró en la zona un destino de enorme atractivo. Los paisajes de montaña, las lagunas, los bosques nubosos del Parque Internacional La Amistad, la riqueza de fauna y aves (con el quetzal como gran estrella) y el ambiente tranquilo y campestre atrajeron a viajeros amantes de la naturaleza, el senderismo y el aviturismo.
A diferencia de Boquete, que se desarrolló como un destino turístico más conocido y con mayor afluencia, Volcán y su entorno conservaron un carácter más sereno, rural y auténtico, lo que se convirtió en parte de su atractivo. La zona ofrece la experiencia de unas tierras altas más tranquilas, donde la vida sigue ligada al campo, a las huertas de Cerro Punta, a los caballos, y donde el ecoturismo convive con la agricultura sin haber transformado por completo el paisaje y el ritmo de los pueblos.
Hoy, Volcán representa la cara más apacible y natural de las tierras altas de Chiriquí. En él se entrelazan las distintas capas de su historia: la profunda raíz indígena de Barriles, la impronta de la colonización y la inmigración, la prosperidad de la agricultura de altura y la nueva valoración de su extraordinaria naturaleza, protegida en parques como La Amistad. Para el viajero, es un refugio fresco y verde, ideal para desconectar, caminar, observar aves y conectar con la vida de montaña de una de las regiones más diversas de Panamá.