La noche del 9 de junio de 1971, un sacerdote colombiano de treinta y tantos años fue sacado de Santa Fe y no se lo volvió a ver con vida. Se llamaba Jesús Héctor Gallego Herrera, había llegado a este pueblo de montaña el 20 de agosto de 1967, y en apenas cuatro años se había convertido en una figura incómoda para el poder. ¿Su 'delito'? Organizar a los campesinos pobres de Santa Fe en una cooperativa —la 'Esperanza de los Campesinos'— para que dejaran de depender de los intermediarios que compraban barato y vendían caro, y para dignificar el trabajo del campo.
En el Panamá del gobierno militar surgido del golpe de 1968, esa organización de base fue vista como una amenaza. La desaparición forzada del padre Gallego, ocurrida bajo el régimen del general Omar Torrijos, se convirtió en uno de los crímenes más emblemáticos y dolorosos de aquella época, y en una herida que Panamá tardaría décadas en empezar a cerrar. En 1993, un jurado condenó a militares implicados en el secuestro; los restos del sacerdote, sin embargo, nunca se han podido confirmar con certeza, pese a las búsquedas.
Medio siglo después, el padre Gallego sigue presente en Santa Fe: su nombre y su legado son parte de la identidad del pueblo, que lo recuerda cada 9 de junio. Aquella cooperativa que fundó y el espíritu de organización comunitaria que sembró marcaron para siempre el carácter de este rincón de la cordillera veragüense, y explican en buena parte por qué Santa Fe es hoy un lugar con un tejido social tan fuerte.
Mucho antes de esa historia del siglo XX, Santa Fe ya existía: es uno de los asentamientos de origen colonial de la provincia de Veraguas, en la cordillera central de Panamá. La región de Veraguas tuvo un papel singular en la historia panameña: fue codiciada desde temprano por sus yacimientos auríferos y estuvo ligada al linaje de Cristóbal Colón a través del título de Duque de Veragua. En ese contexto, los españoles fundaron poblados en el interior montañoso para controlar el territorio y explotar sus recursos.
La villa de Santa Fe se asentó en las estribaciones de la cordillera, en un entorno de clima fresco y abundante agua, distinto del calor de las tierras bajas. Como tantos pueblos del interior, su vida se organizó en torno a la iglesia y a una economía rural de subsistencia, agricultura y ganadería de montaña, en relativa lejanía de los grandes centros del istmo.
Durante siglos, Santa Fe permaneció como un apartado pueblo de montaña, marcado por la geografía abrupta y por su posición en la vertiente que mira hacia el Caribe. Esa condición de aislamiento relativo contribuyó a preservar tanto su entorno natural como un fuerte sentido de comunidad, rasgos que siguen definiendo su identidad y que hoy son parte de su atractivo turístico.
El paso del padre Gallego no fue un episodio aislado, sino la chispa de un proceso más amplio: a lo largo del siglo XX, Santa Fe se hizo conocida en Panamá por una notable organización campesina y cooperativa. En una región de pequeños productores y de tierras de montaña, surgieron iniciativas comunitarias orientadas a mejorar las condiciones de vida del campesinado a través de la organización, la educación y la comercialización conjunta de los productos agrícolas.
La cooperativa 'Esperanza de los Campesinos', fundada por Gallego, sobrevivió a su desaparición y siguió funcionando como símbolo y como herramienta concreta de desarrollo local. Esa tradición de cooperativismo y trabajo comunitario dejó una huella profunda en la identidad del pueblo y en su tejido social, convirtiendo a Santa Fe en un referente de la organización rural panameña, con figuras y movimientos vinculados a la promoción social del campesinado.
La misma vocación organizativa se ha proyectado, en tiempos más recientes, hacia el ecoturismo y la valorización del entorno natural. Iniciativas locales en torno a las orquídeas, el café, los senderos y la conservación de los bosques recogen esa tradición de trabajo conjunto, buscando que el turismo beneficie a la comunidad y contribuya a proteger el patrimonio natural de la cordillera.
Junto con el cooperativismo campesino, la economía de Santa Fe se fue definiendo en torno al cultivo del café de altura, favorecido por el clima fresco y los suelos de la cordillera. A diferencia de la fama internacional que alcanzó el café de las tierras altas de Chiriquí (Boquete, Volcán), el café de Santa Fe se desarrolló de manera más artesanal y a menor escala, en fincas familiares que combinaron esta actividad con otros cultivos y con la ganadería de montaña.
Con el paso de las décadas, algunos productores locales apostaron por dar valor agregado a su café mediante el tueste y la venta directa a visitantes, sumando esta actividad a la oferta de ecoturismo de la zona. Los tours de café que hoy se ofrecen en Santa Fe son, en cierto modo, una continuación de esa historia agrícola y cooperativa: pequeños productores que abren sus fincas para compartir el proceso completo, del grano a la taza, con quienes visitan el pueblo.
Esta combinación de agricultura de subsistencia, cooperativismo y, más recientemente, turismo de pequeña escala es característica de Santa Fe y la distingue de otros destinos de montaña panameños de mayor desarrollo comercial, manteniendo un perfil más rural y comunitario.
El gran patrimonio de Santa Fe es su entorno natural. Ubicada en la cordillera central, en la divisoria que separa las vertientes del Pacífico y del Caribe, la zona reúne bosques, ríos cristalinos, cascadas y una biodiversidad notable, con abundante avifauna y una de las mayores riquezas de orquídeas de Panamá. El clima fresco y húmedo de la montaña favorece esa exuberancia vegetal.
La fama de Santa Fe como tierra de orquídeas se ha cultivado a través de los años, con orquidearios y una feria anual dedicada a estas flores, que se ha vuelto un emblema del lugar y un motivo de orgullo local. A ello se suman el café de altura, los senderos hacia cerros y miradores como el cerro Tute, y los ríos y pozas que invitan al baño, conformando una oferta de ecoturismo de montaña aún poco masificada.
Protegida en parte por su relativa lejanía y por la conciencia ambiental de la comunidad, Santa Fe se ha consolidado como un destino para quienes buscan naturaleza, tranquilidad y autenticidad lejos de los circuitos turísticos masivos. Su historia de organización comunitaria —con el legado del padre Gallego como telón de fondo— y su entorno preservado la convierten en un ejemplo de cómo un pueblo de montaña puede abrirse al visitante sin renunciar a su identidad ni a su patrimonio natural.