Santa Catalina se encuentra en la provincia de Veraguas, una región del centro-oeste de Panamá con una larga historia. Veraguas tiene un lugar singular en la historia americana: su nombre está ligado a la familia de Cristóbal Colón (el título de 'Duque de Veragua' se otorgó a sus descendientes), en recuerdo de las costas que el navegante recorrió en su cuarto viaje. La provincia es, además, la única de Panamá que tiene costas en ambos océanos, el Pacífico y el Caribe.
Durante siglos, Veraguas fue una región de tradición agrícola, ganadera y pesquera, con pueblos volcados al campo y al mar. En su costa del Pacífico, lugares como Santa Catalina eran pequeños y aislados pueblos de pescadores, de difícil acceso, donde la vida transcurría al ritmo de las mareas y de la pesca artesanal, en un entorno de gran belleza natural pero alejado de los grandes circuitos del país.
Esa Santa Catalina tradicional, modesta y volcada al mar, mantuvo durante mucho tiempo un perfil bajo. Nada hacía prever que ese tranquilo pueblo de pescadores llegaría a convertirse en un destino internacional. Su transformación vendría de la mano de dos elementos que, por entonces, pocos imaginaban como motores turísticos: las olas de su costa y la cercana, y temida, Isla Coiba.
La historia de Santa Catalina es inseparable de la de la cercana Isla Coiba, la mayor isla de Panamá, y esa historia tiene un capítulo tan oscuro como, paradójicamente, providencial para la naturaleza. Durante buena parte del siglo XX, la Isla Coiba funcionó como una temida colonia penal, una prisión donde se enviaba a presos peligrosos y, en distintas épocas, a presos políticos, en condiciones muy duras. La isla se ganó una reputación sombría y de aislamiento.
Ese uso carcelario tuvo, sin embargo, una consecuencia inesperada y afortunada para el medio ambiente: durante décadas, el acceso a Coiba estuvo restringido y la presencia humana quedó limitada a la prisión y su entorno inmediato. Mientras en muchas otras zonas del país y del mundo la naturaleza retrocedía ante el desarrollo, la pesca intensiva o la deforestación, Coiba permaneció en gran medida intocada. Sus bosques, sus costas y, sobre todo, sus aguas y arrecifes se conservaron prácticamente vírgenes.
Así, la temida prisión actuó, sin proponérselo, como una barrera protectora que preservó un auténtico paraíso natural. Cuando finalmente la colonia penal dejó de funcionar y la isla pudo abrirse a otros usos, lo que apareció ante los ojos del mundo fue un tesoro de biodiversidad terrestre y marina excepcionalmente bien conservado, un caso raro en el Pacífico tropical. Ese legado involuntario sería la base del futuro de Coiba y, con ella, de Santa Catalina.
El primer gran motor de la transformación de Santa Catalina fue el surf. A medida que el surf se expandía por Centroamérica y los surfistas buscaban nuevas olas en costas poco exploradas, alguien descubrió que la costa de Santa Catalina escondía una ola excepcional: potente, de calidad y consistente, sobre un fondo de roca, capaz de rivalizar con las mejores de la región.
La fama de la ola de Santa Catalina fue creciendo, sobre todo en las últimas décadas del siglo XX y comienzos del XXI, hasta convertir al pueblo en un destino conocido en el circuito surfista internacional. Surfistas de Panamá y de todo el mundo empezaron a llegar atraídos por sus olas, y el pueblo de pescadores comenzó a sumar hostels, surf camps, surf shops, alquiler de tablas y restaurantes, desarrollando poco a poco una infraestructura turística rústica pero suficiente.
Ese fue el origen del carácter actual de Santa Catalina como destino mochilero y surfista, de ambiente relajado y cosmopolita. El surf trajo a los primeros viajeros, dio vida económica al pueblo más allá de la pesca y sentó las bases de su perfil turístico. A esa primera ola de visitantes pronto se sumaría otra atracción, que terminaría de catapultar al pueblo: la apertura de Coiba al ecoturismo.
El segundo gran motor de Santa Catalina llegó con la reconversión de la Isla Coiba. Tras el cierre de la colonia penal, el destino de la isla cambió por completo: en lugar de prisión, pasó a ser reconocida y protegida por lo que su aislamiento había preservado, es decir, su extraordinaria naturaleza. Coiba y las aguas que la rodean fueron declaradas parque nacional, protegiendo un vasto archipiélago y un área marina de altísimo valor ecológico.
El reconocimiento internacional culminó en 2005, cuando la Unesco inscribió el Parque Nacional Coiba en su lista de Patrimonio Mundial, valorando su excepcional biodiversidad marina y terrestre. Las aguas de Coiba albergan una de las mayores concentraciones de vida marina del Pacífico oriental tropical —tiburones, mantarrayas, tortugas, grandes cardúmenes, corales— y la isla conserva especies endémicas y bosques bien preservados, fruto de su largo aislamiento. Se la suele comparar, por su riqueza, con destinos como la Isla del Coco o Galápagos.
La apertura de Coiba al ecoturismo y al buceo, una vez protegida, convirtió a Santa Catalina en su principal puerta de entrada, ya que es el punto de la costa más cercano y práctico para salir a la isla. Así, al atractivo del surf se sumó el del buceo y el turismo de naturaleza marina, atrayendo a buzos y amantes del mar de todo el mundo. La combinación de ambas vocaciones —surf y Coiba— terminó de definir el lugar de Santa Catalina en el mapa turístico de Panamá.
Hoy, Santa Catalina es un destino internacional para surfistas, buzos y amantes de la naturaleza marina, que conserva, sin embargo, su carácter de pequeño pueblo rústico y relajado. La combinación de su famosa ola y su papel de puerta de entrada a la Isla Coiba lo convirtió en un punto de encuentro de viajeros de todo el mundo, atraídos por un plan simple y poderoso: surfear, bucear, navegar entre islas paradisíacas y desconectar al ritmo del Pacífico.
El pueblo desarrolló una infraestructura turística acorde a su estilo: hostels, surf camps, posadas, algunos hoteles, restaurantes (de mariscos frescos y de cocina internacional traída por los viajeros), surf shops y centros de buceo. Pero mantuvo un perfil sencillo, sin lujos ni grandes resorts, con servicios limitados (los cajeros escasean y conviene llevar efectivo), lo que para muchos es precisamente parte de su encanto: la autenticidad de un lugar que no se ha masificado del todo.
Así, Santa Catalina representa la cara más marina, aventurera y relajada de Panamá. En su historia se entrelazan el viejo pueblo de pescadores, la sombría pero providencial prisión de Coiba que preservó un paraíso, el descubrimiento de sus olas por los surfistas y la consagración de Coiba como Patrimonio Mundial. Para el viajero de hoy, es un destino donde la naturaleza —las olas y el mar de Coiba— es la gran protagonista, en uno de los rincones más auténticos y deslumbrantes del Pacífico panameño.