La historia de Portobelo empieza con una de las figuras más célebres de la era de los descubrimientos. En 1502, durante su cuarto y último viaje, Cristóbal Colón recorrió la costa caribeña del istmo y, al ver una bahía protegida y de gran belleza, la bautizó 'Puerto Bello' (Portobelo). El nombre, que celebra la hermosura del lugar, quedaría fijado para siempre.
Durante el siglo XVI, el principal puerto español en esta costa era Nombre de Dios, situado un poco más al este. Pero Nombre de Dios resultaba difícil de defender, y tras los ataques de corsarios —en especial los de Francis Drake— la Corona decidió trasladar el puerto a un lugar más seguro. Así, en 1597 se fundó formalmente la ciudad de San Felipe de Portobelo, que heredó de Nombre de Dios el papel de gran terminal caribeña de la ruta transístmica.
La elección de Portobelo respondía a su bahía abrigada, más fácil de fortificar y de defender. A partir de entonces, esta sería la puerta caribeña por la que la plata del Perú —tras cruzar el istmo desde el Pacífico— salía rumbo a España, y por la que entraban las mercancías europeas hacia las colonias del sur. Esa función comercial sería la clave de su grandeza y, a la vez, de los peligros que lo acecharían.
Durante los siglos XVII y XVIII, Portobelo fue escenario de uno de los acontecimientos comerciales más importantes del imperio español: las célebres 'ferias de Portobelo'. Cuando llegaba la flota de galeones desde España, la ciudad —normalmente un pueblo tranquilo— se transformaba en un bullicioso mercado internacional durante varias semanas. Allí se intercambiaban, en transacciones de enorme valor, la plata y el oro del Perú que habían cruzado el istmo, por las mercancías europeas (telas, herramientas, productos manufacturados) traídas en los barcos.
Las ferias atraían a comerciantes de medio mundo y movían fortunas colosales. Cronistas de la época describían las plazas y calles de Portobelo cubiertas de barras de plata y de fardos de mercancías, en un comercio que durante ese tiempo convertía a la pequeña ciudad caribeña en uno de los centros mercantiles más activos de América. Esa riqueza concentrada, sin embargo, tenía un costo: hacía de Portobelo un imán para piratas y para las potencias rivales de España.
El clima malsano de la zona y la aglomeración durante las ferias también provocaban enfermedades, lo que sumaba dureza a aquellos encuentros. Aun así, durante casi dos siglos, las ferias de Portobelo fueron el corazón del sistema comercial que conectaba las minas andinas con los mercados europeos a través del istmo de Panamá.
La riqueza de Portobelo lo convirtió en uno de los blancos más codiciados del Caribe, y su historia está marcada por los ataques. El corsario inglés Francis Drake, azote de las posesiones españolas, operó en estas costas y murió de enfermedad en 1596 cerca de Portobelo, donde fue sepultado en el mar en un ataúd de plomo, según la tradición. Décadas más tarde, en 1668, el pirata Henry Morgan asaltó y saqueó la ciudad en una de sus famosas expediciones de pillaje.
Para proteger semejante tesoro, los españoles levantaron alrededor de la bahía un imponente sistema de fortificaciones: fuertes como San Felipe (Todo Fierro), San Jerónimo, Santiago de la Gloria y la batería de San Fernando, dispuestos para batir con fuego cruzado a cualquier barco enemigo que intentara entrar. Estas obras de ingeniería militar, con sus murallas, garitas y baterías de cañones, son las ruinas que hoy se conservan y visitan.
A pesar de las defensas, Portobelo volvió a caer. En 1739, durante la guerra anglo-española conocida como la Guerra de la Oreja de Jenkins, el almirante británico Edward Vernon tomó la ciudad. La caída de Portobelo tuvo gran repercusión en Inglaterra, y aceleró la decadencia del sistema de ferias y de la ruta. La propia Corona española empezó a reorganizar el comercio (recurriendo más a la ruta del cabo de Hornos), lo que dejó a Portobelo en una larga decadencia.
Tras la toma de Vernon y la reorganización del comercio español, las ferias de Portobelo se extinguieron y la ciudad entró en una larga decadencia. De ser uno de los puertos más ricos del Caribe pasó a convertirse en un pueblo pequeño y tranquilo, donde la vida cotidiana siguió girando en torno al mar, la pesca y una población profundamente marcada por su herencia africana.
Esa herencia, fruto de los siglos de esclavitud y del comercio de personas africanas que pasó por estos puertos del Caribe, dio a Portobelo una identidad afrocaribeña muy fuerte, viva hoy en su música (los congos, con sus tambores y bailes), sus tradiciones y su religiosidad. Uno de los símbolos más poderosos de esa cultura y de la fe local es el Cristo Negro de Portobelo, el Nazareno: una venerada imagen de un Cristo de piel oscura, en torno a la cual han florecido leyendas sobre su llegada milagrosa al pueblo.
Cada 21 de octubre, Portobelo se convierte en el destino de una de las peregrinaciones más multitudinarias de Panamá: miles de fieles llegan de todo el país, muchos vestidos de morado y algunos cumpliendo promesas a pie o de rodillas, para honrar al Nazareno. Esta devoción mantuvo a Portobelo en el mapa espiritual del país aun cuando su esplendor comercial era ya un recuerdo. Así, el pueblo que fue capital de la plata se reinventó como un centro de fe y de cultura afrocaribeña.
El reconocimiento del valor de Portobelo no se limita a su historia. La bahía y su entorno albergan una notable riqueza natural: arrecifes de coral, manglares, islas e islotes y bosques tropicales que sostienen una gran biodiversidad marina y terrestre. Para proteger ese patrimonio natural —y también las fortificaciones que lo acompañan—, el Estado panameño creó el Parque Nacional Portobelo en 1976.
El parque combina así, de manera poco común, la conservación de un sitio histórico de primer orden con la protección de ecosistemas costeros y marinos. Los arrecifes y manglares cumplen funciones ecológicas esenciales (son criaderos de fauna, protegen la costa) y, al mismo tiempo, ofrecen un entorno excepcional para actividades como el buceo, el snorkel y el kayak. La cercanía relativa a la Ciudad de Panamá hizo del parque un destino accesible para el turismo de naturaleza y de historia.
La gestión del parque busca equilibrar la conservación con el uso turístico y con la vida de las comunidades locales, en una zona que enfrenta desafíos como la presión sobre los recursos marinos y el deterioro de las estructuras coloniales por el clima húmedo del Caribe. Ese doble carácter —natural y cultural— es lo que define la identidad del parque hoy.
En 1980, la Unesco inscribió las fortificaciones de Portobelo, junto con el Fuerte de San Lorenzo en la desembocadura del Chagres, en su lista de Patrimonio Mundial, bajo el nombre de 'Fortificaciones de la costa caribe de Panamá: Portobelo–San Lorenzo'. El reconocimiento destaca el valor de estas obras como magníficos ejemplos de la arquitectura militar española de los siglos XVII y XVIII en América y como testimonio de la lucha por el control de las rutas comerciales del Caribe.
La conservación de este patrimonio, sin embargo, ha sido un reto constante. El clima tropical húmedo, la vegetación, la erosión y la presión del desarrollo urbano han afectado las estructuras, hasta el punto de que el sitio figuró durante un tiempo entre los bienes de Patrimonio Mundial en peligro, lo que motivó esfuerzos de restauración y planes de manejo por parte de las autoridades panameñas y de organismos internacionales.
Hoy, el Parque Nacional Portobelo y sus fortificaciones representan un patrimonio doble e indivisible: el de la historia —los galeones, la plata, los piratas, las ferias, la fe del Nazareno— y el de la naturaleza —los corales, los manglares, el bosque—. Caminar entre los cañones de San Jerónimo, rezar ante el Cristo Negro y bucear en los arrecifes de la misma bahía es recorrer, en pocas horas, varios siglos de historia y la asombrosa riqueza de un rincón del Caribe que fue, alguna vez, una de las llaves del mundo.