Panamá la Vieja nació de la conquista del istmo. Tras el avistamiento del 'Mar del Sur' (el océano Pacífico) por Vasco Núñez de Balboa en 1513, la Corona española vio en esta franja de tierra el punto clave para conectar los dos océanos y proyectarse hacia las riquezas que se intuían al sur. El 15 de agosto de 1519, el gobernador de Castilla del Oro, Pedro Arias Dávila —conocido como Pedrarias Dávila—, fundó sobre un poblado indígena de pescadores en la costa del Pacífico la ciudad de Nuestra Señora de la Asunción de Panamá.
Se convirtió así en la primera ciudad española permanente fundada en el litoral del Pacífico de toda América, un hito que marcaría su destino. Desde el primer momento, su valor fue estratégico: era la cabecera del istmo en el lado del Pacífico, el punto desde el cual se organizarían las expediciones hacia el sur y por donde, en sentido inverso, llegarían las riquezas a embarcar hacia España.
Sobre el propio nombre 'Panamá' hay varias explicaciones tradicionales: la más difundida sostiene que provendría de una palabra indígena que significaría 'abundancia de peces' o 'abundancia de mariposas', en referencia a la riqueza natural del lugar. Más allá del origen exacto del topónimo, la ciudad heredó el nombre de la región, y de ahí pasaría más tarde a designar a todo el país.
Lo que convirtió a Panamá en una de las ciudades más importantes y ricas de la América española fue su posición en la gran ruta de las riquezas del imperio. Con la conquista del Perú a partir de la década de 1530, enormes cantidades de oro y, sobre todo, plata empezaron a fluir desde los Andes hacia España. Esa plata llegaba por mar al puerto de Panamá, en el Pacífico, y desde allí debía cruzar el istmo por tierra para alcanzar el Caribe y embarcarse rumbo a Europa.
El cruce se hacía por dos rutas que partían de Panamá: el Camino Real, un sendero de mulas que iba directo a Nombre de Dios y luego a Portobelo, y el Camino de Cruces, que combinaba un tramo terrestre con la navegación por el río Chagres. Por esos caminos pasaron, durante casi dos siglos, fortunas inmensas en metales preciosos, además de mercancías de todo tipo. Panamá funcionaba como el gran centro de redistribución del comercio del Pacífico sur con la metrópoli.
Ese tráfico hizo florecer la ciudad. Panamá la Vieja llegó a tener catedral, varios conventos (de dominicos, franciscanos, jesuitas, agustinos y monjas concepcionistas), hospitales, un cabildo, casas señoriales y miles de habitantes, entre españoles, criollos, indígenas y una numerosa población africana esclavizada. Su riqueza, sin embargo, la convirtió también en un objetivo permanente para los enemigos de España: corsarios y piratas que merodeaban el Caribe soñaban con saquear la ciudad por la que pasaba la plata del Perú.
El gran temor de la ciudad se hizo realidad en 1671. El corsario galés Henry Morgan, al servicio de Inglaterra y con base en Jamaica, organizó una de las mayores expediciones de pillaje de la historia del Caribe. Tras tomar el fuerte de San Lorenzo, en la desembocadura del río Chagres, Morgan remontó el río y cruzó el istmo con más de mil hombres para caer sobre la rica ciudad de Panamá por el lado del Pacífico.
El 28 de enero de 1671 (según el calendario de la época), las fuerzas de la ciudad, comandadas por el gobernador Juan Pérez de Guzmán, salieron a enfrentar a los invasores en las afueras, en la llamada batalla de Mata Asnillos (o Matasnillos). La defensa española fue derrotada y los piratas entraron en Panamá. En medio del combate y el saqueo, la ciudad fue consumida por un gigantesco incendio que la redujo prácticamente a cenizas. Morgan y sus hombres permanecieron varias semanas saqueando lo que pudieron antes de retirarse cargados de botín.
La destrucción fue tan completa que la ciudad nunca se reconstruyó en el mismo lugar. Las llamas arrasaron los edificios de madera, y solo las estructuras de piedra —como la torre de la catedral— quedaron en pie. Aquel incendio de 1671 puso fin a un siglo y medio de historia de la primera Panamá y abrió el camino a la fundación de una nueva ciudad.
Tras la destrucción de 1671, las autoridades y los sobrevivientes tomaron una decisión clave: no reconstruir la ciudad en su emplazamiento original, vulnerable y de difícil defensa, sino fundarla de nuevo en otro lugar. El sitio elegido fue una península rocosa unos kilómetros al suroeste, en el área hoy conocida como San Felipe, mucho más fácil de proteger por estar casi rodeada de mar y por poder amurallarse.
La nueva ciudad de Panamá se estableció oficialmente en 1673 y se levantó con un sistema de murallas, baluartes y fortificaciones que la convirtieron en una plaza fuerte. Este es el actual Casco Antiguo (o Casco Viejo) de la Ciudad de Panamá, con sus calles coloniales, iglesias y plazas, que con el tiempo también sería reconocido como Patrimonio Mundial. Muchos de los materiales y reliquias que se salvaron de la vieja ciudad —según la tradición, incluido el célebre Altar de Oro de la iglesia de San José— se trasladaron al nuevo emplazamiento.
Mientras la nueva Panamá crecía y se convertía en el centro de la vida colonial, el sitio de la ciudad arrasada quedó abandonado. Sus ruinas, expuestas a la vegetación y al paso del tiempo, fueron quedando como un enorme testimonio en piedra de la primera ciudad del Pacífico. Con los siglos, la expansión de la moderna Ciudad de Panamá terminó rodeando aquellas ruinas, que hoy conviven con los rascacielos.
Durante mucho tiempo, las ruinas de Panamá la Vieja permanecieron como un sitio abandonado en las afueras de la ciudad nueva, expuesto a la naturaleza y, más tarde, a la presión del crecimiento urbano. A medida que la Ciudad de Panamá se expandía hacia el este en los siglos XIX y XX, el área de las ruinas corrió el riesgo de quedar absorbida por la urbanización, e incluso llegó a estar atravesada por vías y construcciones.
Con el correr del siglo XX fue creciendo la conciencia sobre el valor histórico del lugar. Se realizaron campañas de estudio, conservación y excavación arqueológica que sacaron a la luz no solo los restos de la ciudad colonial, sino también vestigios del asentamiento indígena anterior a la llegada de los españoles. La torre de la catedral, los conventos, los hospitales y la traza urbana se consolidaron y se convirtieron en objeto de protección.
Para gestionar y preservar el conjunto se creó el Patronato Panamá Viejo, la entidad encargada de administrar el sitio, las excavaciones y el museo. Gracias a ese trabajo, lo que pudo haber desaparecido bajo el cemento se transformó en un parque arqueológico abierto al público y en uno de los principales atractivos históricos de la capital, con su museo de sitio, su maqueta y sus recorridos interpretativos.
El reconocimiento internacional llegó en 1997, cuando la Unesco inscribió en su lista de Patrimonio Mundial el bien 'Sitio arqueológico de Panamá Viejo y distrito histórico de Panamá', que reúne las ruinas de la ciudad original (Panamá la Vieja) y el Casco Antiguo (San Felipe), la ciudad que la sucedió tras la destrucción de 1671. La distinción reconoce el valor excepcional de este conjunto como testimonio de la urbanización colonial española en América y de su papel en las rutas comerciales transcontinentales.
Panamá la Vieja tiene, además, un significado simbólico enorme para el país: es el origen mismo de la Ciudad de Panamá y, en cierto sentido, de la nación que tomó su nombre. Sus ruinas recuerdan que esta ciudad nació como puente entre dos océanos y entre dos continentes, una vocación de tránsito que atraviesa toda su historia: del Camino Real de la plata colonial al Canal de Panamá de la era moderna.
Hoy el sitio funciona como espacio educativo, cultural y turístico. Recibe a estudiantes, investigadores y visitantes de todo el mundo, y se ha integrado a la vida de la capital con su museo, su mercado de artesanías y su paseo costero. El contraste entre las viejas piedras del siglo XVI y los rascacielos del skyline contemporáneo se ha vuelto una de las imágenes más representativas de Panamá: la memoria de la primera ciudad del Pacífico vigilando el crecimiento de la metrópoli que la heredó.