Es apenas un puntito verde en el mapa —poco más de medio kilómetro cuadrado de matorral y roca a un cuarto de hora de la costa de Pedasí—, pero Isla Iguana concentra en ese pañuelo de tierra el arrecife de coral más grande del golfo de Panamá, una de las mayores colonias de fragatas del Pacífico panameño y, escondido bajo el pasto, el recuerdo de las bombas que la Marina de Estados Unidos dejó caer sobre ella durante la Segunda Guerra Mundial. Pocos lugares tan pequeños guardan tantas historias. Situada en el extremo suroriental de la Península de Azuero, en la provincia de Los Santos, esta isla de origen volcánico está rodeada de aguas que dan sustento a una notable diversidad de peces, invertebrados y otras especies marinas.
La isla combina playas de arena blanca, formaciones rocosas y una vegetación interior baja, propia de un clima tropical seco marcado por una larga estación sin lluvias. Esa vegetación arbustiva es el hábitat de las iguanas que dan nombre al lugar y, sobre todo, de una de las colonias de aves marinas más importantes de la región, en especial de fragatas, que anidan en los matorrales del interior.
Las aguas que la circundan forman parte de la ruta migratoria de las ballenas jorobadas, que cada año cruzan el Pacífico panameño para reproducirse, lo que convierte a la isla y su entorno en un punto privilegiado de avistamiento. Esta riqueza biológica fue la razón principal de su protección legal y de su consolidación como uno de los destinos naturales emblemáticos de Azuero.
Mucho antes de que Isla Iguana fuera un destino turístico, la Península de Azuero —de la que forma parte su entorno costero— estuvo densamente poblada por sociedades indígenas agrícolas y pescadoras. La región es reconocida por la arqueología panameña como uno de los focos de mayor desarrollo cultural prehispánico del istmo, con sitios como Sitio Conte, célebre por sus tumbas ricas en orfebrería de oro, que revelan sociedades jerarquizadas con intercambio a larga distancia.
Las comunidades costeras de Azuero, entre ellas las que ocupaban las cercanías de lo que hoy es Pedasí, combinaban la pesca en el golfo de Panamá con la agricultura de maíz y la explotación de recursos marinos como moluscos y peces de arrecife, muy probablemente incluyendo los bancos cercanos a Isla Iguana. La llegada española en el siglo XVI, como en el resto del istmo, provocó un colapso demográfico severo en estas poblaciones por la violencia de la conquista y las enfermedades introducidas desde Europa.
Azuero se consolidó luego, durante la época colonial y republicana, como una región ganadera y agrícola de fuerte identidad campesina, la llamada 'España chica' de Panamá por sus tradiciones hispanas persistentes (folclore, ferias y religiosidad popular), un carácter que todavía hoy distingue a Pedasí y sus alrededores del resto del país.
Durante la Segunda Guerra Mundial, mientras Estados Unidos mantenía una fuerte presencia militar vinculada a la defensa del Canal de Panamá, las fuerzas estadounidenses utilizaron Isla Iguana como campo de prácticas de bombardeo aéreo. Aquella actividad dejó huellas en el terreno y, según se ha documentado, restos de artefactos explosivos que durante años representaron un riesgo y obligaron a tareas de limpieza. Es un capítulo singular en la historia de una isla hoy asociada a la naturaleza y la conservación.
Con el tiempo, el valor ecológico de la isla y de su arrecife llevó a las autoridades panameñas a protegerla. En 1981 fue declarada Refugio de Vida Silvestre, una categoría destinada a resguardar su fauna —en particular las colonias de aves marinas y la vida del arrecife— y a regular el uso turístico para hacerlo compatible con la conservación. La administración del área quedó en manos de la autoridad ambiental del país, hoy el Ministerio de Ambiente (MiAmbiente).
La figura del refugio implica el cobro de una entrada destinada a la conservación, la presencia de guardafaunas y normas para los visitantes, como el respeto a las zonas de anidación, la prohibición de dañar el coral y la obligación de llevarse la basura. Así, un lugar que alguna vez fue blanco de prácticas militares se transformó en un símbolo del esfuerzo de Panamá por proteger sus ecosistemas marinos y costeros.
Si algo define a Isla Iguana por encima de su pasado militar es su naturaleza. Frente a su costa norte se extiende el arrecife de coral más grande y desarrollado del golfo de Panamá: varias hectáreas de coral vivo —con géneros como Pocillopora y Porites— que sirven de refugio, criadero y despensa a cientos de especies de peces tropicales, moluscos, erizos, estrellas de mar, morenas y, de paso, a las tortugas marinas y rayas que rondan la isla. Ese arrecife, raro en un Pacífico oriental donde los corales son escasos, es la razón de fondo por la que la isla fue protegida y el motivo de que hoy sea uno de los mejores puntos de snorkel de todo el país.
La isla es también, literalmente, una ciudad de aves. En sus matorrales anida una de las colonias de fragata magnífica (Fregata magnificens) más importantes del Pacífico panameño: cientos de parejas que, en época reproductiva, tapizan la vegetación mientras los machos inflan su espectacular buche rojo como un globo para atraer a las hembras. A esa población se suman pelícanos pardos, gaviotas, garzas y aves playeras, en un ir y venir permanente que convierte la travesía y la caminata por el sendero interpretativo en un pequeño safari ornitológico.
Ese doble tesoro —el arrecife bajo el agua y las colonias de aves en tierra— es frágil. El blanqueamiento de corales asociado a episodios de El Niño y al calentamiento del mar, el pisoteo de los corales por visitantes descuidados, los protectores solares no biodegradables y la basura son amenazas reales que MiAmbiente intenta contener con el cupo diario, la entrada de conservación y las normas de visita. Entender por qué se paga entrada y por qué hay reglas ayuda a apreciar que Isla Iguana no es un simple balneario, sino un santuario que se sostiene con el cuidado de quienes llegan.
El desarrollo turístico de Isla Iguana ha ido de la mano del crecimiento de Pedasí como destino. Durante mucho tiempo un tranquilo pueblo de pescadores de la Península de Azuero, Pedasí fue ganando notoriedad por sus playas, su pesca deportiva, el surf de la cercana Playa Venao y, justamente, por la excursión a Isla Iguana, que se convirtió en uno de sus principales reclamos.
La cercanía de la isla —apenas unos minutos de navegación desde Playa El Arenal— y la combinación de playa, snorkel en el arrecife, observación de aves y, en temporada, avistamiento de ballenas, hicieron de ella un paseo de día casi obligado para quien visita la región. Lancheros y operadores locales organizan los traslados y las excursiones, integrando la isla en la oferta turística de Azuero.
Ese mismo éxito plantea el desafío de equilibrar la visita con la fragilidad del ecosistema. El arrecife y las colonias de aves son sensibles a la presión humana, por lo que la gestión del refugio busca ordenar el flujo de visitantes, con reservas de cupo diario y pago de entrada gestionados directamente por MiAmbiente, y promover prácticas responsables. Isla Iguana se mantiene así como un ejemplo de cómo un pequeño espacio natural puede convertirse en motor de turismo local y, a la vez, en un recordatorio de la importancia de conservar los ambientes marinos del Pacífico panameño.