La ciudad de Colón es relativamente joven en comparación con otras ciudades panameñas: nació a mediados del siglo XIX, directamente vinculada a uno de los grandes acontecimientos de la época. La fiebre del oro de California, a partir de 1848, había llenado el istmo de Panamá de viajeros que cruzaban del Caribe al Pacífico en su camino hacia el oeste norteamericano, buscando una ruta más rápida que atravesar todo el continente o rodear el cabo de Hornos.
Para aprovechar ese enorme tránsito, una compañía estadounidense emprendió la construcción del Ferrocarril de Panamá, que uniría ambos océanos a través del istmo. Como terminal caribeña de ese ferrocarril se fundó, en 1850, una nueva ciudad sobre la isla de Manzanillo, en la bahía Limón. Así nació Colón, casi de la nada, como una ciudad portuaria y ferroviaria al servicio del tránsito interoceánico.
En sus primeros tiempos, la ciudad tuvo dos nombres en disputa: los estadounidenses ligados al ferrocarril la llamaban 'Aspinwall', en honor a William Aspinwall, uno de los promotores de la empresa, mientras que los panameños y las autoridades colombianas (Panamá era entonces parte de Colombia) la llamaban 'Colón', en honor a Cristóbal Colón. Tras años de pulseada, prevaleció el nombre de Colón. El ferrocarril, inaugurado en 1855, fue uno de los primeros del mundo en unir dos océanos y consolidó a la joven ciudad como un puerto de tránsito fundamental.
El segundo gran impulso en la historia de Colón llegó con el Canal de Panamá, del que la ciudad sería siempre la terminal atlántica. Tanto el ambicioso y fallido intento francés de construir el Canal, iniciado en 1881 bajo la dirección de Ferdinand de Lesseps, como la posterior y exitosa construcción estadounidense, entre 1904 y 1914, tuvieron en Colón su puerta de entrada por el Caribe.
Durante aquellas décadas de obras, la ciudad y la región se llenaron de actividad y de gente. La construcción del Canal demandó una cantidad gigantesca de mano de obra, que se cubrió en buena parte con trabajadores afroantillanos llegados de las islas del Caribe, sobre todo de Jamaica, Barbados y otras Antillas. Estos trabajadores, que ya habían participado en el ferrocarril, soportaron condiciones durísimas y pagaron un altísimo precio en vidas, especialmente durante el intento francés, por las enfermedades tropicales como la malaria y la fiebre amarilla.
Esa migración masiva dejó una huella cultural profundísima y duradera en Colón y toda su provincia, que se volvió mayoritariamente afrocaribeña. El inglés caribeño, las iglesias protestantes, la música, las celebraciones y, muy especialmente, la gastronomía (con platos como el rice and beans en leche de coco) forman parte de la identidad de Colón hasta hoy. La ciudad creció y prosperó al ritmo del Canal, que se inauguró en 1914 con Colón como su gran puerto del Atlántico.
A lo largo del siglo XX, Colón vivió una historia de contrastes, con épocas de prosperidad ligadas al Canal y al comercio, pero también un fuerte deterioro social y urbano. La ciudad se benefició de su posición estratégica a la entrada atlántica del Canal y de su carácter de gran puerto, lo que la convirtió en un centro comercial y de tránsito de primer orden.
Un hito clave de esa vocación comercial fue la creación, en 1948, de la Zona Libre de Colón, una zona franca (de comercio libre de impuestos) que aprovecharía la ubicación de la ciudad para convertirse, con el tiempo, en una de las mayores del mundo. La Zona Libre funciona como un enorme centro de importación, almacenamiento y reexportación de mercancías hacia toda América Latina, y se transformó en un pilar económico de Panamá. La ciudad también albergó durante décadas parte de la infraestructura ligada a la presencia estadounidense en la Zona del Canal.
Sin embargo, esa actividad económica convivió con crecientes problemas. Muchos de los barrios de Colón, con su característica arquitectura de edificios de madera y balcones, entraron en un proceso de deterioro y empobrecimiento, agravado por la pérdida de actividad portuaria tradicional, el desempleo y las dificultades sociales. La ciudad quedó marcada por un fuerte contraste entre la riqueza que pasaba por la Zona Libre y el Canal y la pobreza de buena parte de su población, una tensión que persiste como uno de los grandes desafíos de Colón.
Aunque la ciudad de Colón sea del siglo XIX, su provincia guarda un patrimonio histórico mucho más antiguo y valioso, ligado a la época colonial y al sistema con que España defendía su comercio por el Caribe. El testimonio más importante es el Fuerte de San Lorenzo, una fortaleza levantada sobre la desembocadura del río Chagres para proteger esa ruta estratégica del istmo de los ataques de piratas y enemigos.
El río Chagres era una vía clave de penetración hacia el interior y de transporte de riquezas, y por eso su boca fue fortificada. San Lorenzo, como las fortificaciones de Portobelo, sufrió ataques a lo largo de su historia —el pirata Henry Morgan pasó por allí en su campaña que culminó con el saqueo de la ciudad de Panamá en 1671— y fue reconstruido en distintas épocas, dejando el conjunto de murallas, baluartes y cañones que hoy se conserva en un entorno natural de selva y mar.
En 1980, la Unesco inscribió en su lista de Patrimonio Mundial las 'Fortificaciones de la costa caribeña de Panamá: Portobelo–San Lorenzo' (sitio Nº 135), reconociendo el valor excepcional de estas obras como muestra de la arquitectura militar española de los siglos XVII y XVIII y del sistema defensivo del comercio transatlántico. De este modo, la provincia de Colón comparte con Portobelo uno de los grandes tesoros patrimoniales de Panamá, que convive con su historia más reciente del ferrocarril y el Canal.
En el siglo XXI, Colón y su provincia siguen siendo estratégicos para Panamá, sobre todo por su papel en el Canal y el comercio. La gran ampliación del Canal, inaugurada en 2016, sumó del lado Caribe las modernas esclusas de Agua Clara, capaces de recibir a los gigantescos buques neopanamax, reafirmando a la zona de Colón como la puerta atlántica de una de las arterias comerciales más importantes del mundo. La Zona Libre, los puertos de contenedores y la actividad logística mantienen a la provincia en el centro de la economía panameña.
La ciudad ha desarrollado también una vocación turística ligada al Caribe y al Canal. El puerto de cruceros (con terminales como Colón 2000) recibe barcos que recorren el Caribe, y la zona ofrece a los visitantes un conjunto de atractivos de primer nivel: las esclusas de Agua Clara, el fuerte de San Lorenzo (Patrimonio de la Unesco), el tren panorámico que bordea el Canal, el Lago Gatún con su naturaleza y fauna, y el cercano y encantador Portobelo, con su historia y su cultura congo.
Colón sigue cargando, sin embargo, con el desafío de sus contrastes: la enorme riqueza que mueve el Canal y la Zona Libre frente a las dificultades sociales de buena parte de su población y el deterioro de muchos de sus barrios. Para el viajero, la clave está en aprovechar con criterio el extraordinario entorno de la provincia —historia colonial, Canal, naturaleza y cultura afrocaribeña— usando la ciudad como base o puerta de entrada al Caribe panameño, con conciencia de su realidad. Colón es, ante todo, la otra cara de Panamá: la atlántica, la caribeña, la del Canal y la herencia africana.