Mucho antes de que Cerro Punta fuera el valle agrícola que conocemos hoy, las tierras altas de Chiriquí estaban habitadas por pueblos originarios que aprovechaban la riqueza de estos ecosistemas de montaña. La región del occidente panameño es uno de los territorios históricos de los pueblos de la familia ngäbe (guaymí) y buglé, cuyo legado sigue presente en la cercana Comarca Ngäbe-Buglé, una de las grandes áreas indígenas autónomas del país.
La arqueología de Chiriquí ha revelado una larga ocupación humana, con culturas que dejaron cerámica, petroglifos y objetos de piedra y oro. Las tierras altas, con su clima fresco y sus suelos fértiles de origen volcánico, ofrecían recursos para la caza, la recolección y la agricultura, y formaban parte de un mundo indígena conectado con el resto del istmo y con las regiones vecinas.
Esa presencia originaria es el sustrato sobre el que, mucho más tarde, se asentaría el poblamiento moderno. La cercanía a la comarca y la persistencia de comunidades indígenas en la región recuerdan que estas montañas tienen una historia humana muy anterior a la llegada de los colonos del siglo XX.
El Cerro Punta actual es, en buena medida, producto del siglo XX. A medida que la provincia de Chiriquí se desarrollaba —con David como ciudad principal y la expansión de la agricultura y la ganadería—, las tierras altas atrajeron a colonos que vieron en su clima templado y sus suelos volcánicos una oportunidad agrícola única en un país predominantemente tropical y cálido.
A este poblamiento se sumaron familias de inmigrantes de distintos orígenes, entre ellos europeos, atraídos por un entorno que recordaba a sus tierras de origen por el clima fresco, las montañas y la posibilidad de cultivar productos de zonas templadas. Esa influencia se nota todavía en la fisonomía del valle, en sus chalets y jardines, y en la fama de Cerro Punta como un rincón con aire 'europeo' o de altura dentro de Panamá.
Los colonos transformaron las laderas en huertas y campos de cultivo, introdujeron la cría de ganado lechero y de caballos de fina raza, y fueron dando forma al paisaje ordenado de granjas e invernaderos que caracteriza hoy a la zona. Así, en pocas décadas, un valle de montaña relativamente apartado se convirtió en uno de los polos agrícolas más productivos del país.
La gran transformación de Cerro Punta fue convertirse en el centro hortícola más importante del país. Gracias a una combinación poco común en Panamá —gran altura (en torno a 1.800-2.000 m), clima fresco y húmedo y suelos volcánicos muy fértiles—, el valle resultó ideal para cultivar hortalizas y verduras de clima templado que en las tierras bajas tropicales no prosperan: papas, cebollas, zanahorias, lechugas, repollos, fresas y flores, entre muchos otros productos.
Con el correr de las décadas, Cerro Punta y las tierras altas se especializaron en esta agricultura intensiva, abasteciendo a buena parte del mercado nacional de hortalizas frescas. El paisaje de huertas en terrazas sobre las laderas, los invernaderos y los campos prolijamente cultivados se volvió la imagen característica de la zona, que muchos llaman 'la huerta de Panamá'. A esto se sumaron la lechería y la cría de caballos de fina raza, otra actividad emblemática del valle.
Esta vocación agrícola moldeó la economía, la sociedad y el paisaje de Cerro Punta, y explica su densidad de granjas y fincas. Al mismo tiempo, la presión de la agricultura sobre las laderas y los bosques planteó, con el tiempo, desafíos ambientales en una zona de gran valor natural, lo que hace especialmente relevante la existencia de las áreas protegidas vecinas.
El entorno natural de Cerro Punta es de una riqueza excepcional, y su reconocimiento llegó con la creación de grandes áreas protegidas. La más importante es el Parque Internacional La Amistad (PILA), un parque binacional compartido entre Panamá y Costa Rica que protege un vasto territorio de bosques nubosos y de altura en la Cordillera de Talamanca. Cerro Punta es una de sus puertas de entrada por el lado panameño, a través del sector de Las Nubes.
En 1983, la Unesco inscribió este conjunto en la lista de Patrimonio Mundial —primero por el lado costarricense (Reservas de la Cordillera de Talamanca-La Amistad) y luego ampliado con el Parque Nacional La Amistad de Panamá—, reconociendo la extraordinaria biodiversidad de estos bosques. La región alberga una enorme variedad de especies de flora y fauna, muchas endémicas o amenazadas, y es uno de los reservorios de vida silvestre más importantes de toda Centroamérica.
Cerca de Cerro Punta también se extiende el Parque Nacional Volcán Barú, que protege el entorno del punto más alto de Panamá y por el que corre el famoso sendero Los Quetzales. La conjunción de estas áreas hace de las tierras altas chiricanas un destino privilegiado para la observación de aves —en especial el quetzal— y para el ecoturismo. Así, el mismo valle que es la huerta de Panamá es también la antesala de algunos de los bosques más valiosos del continente.
En el plano administrativo, Cerro Punta forma parte del distrito de Tierras Altas, una división creada para gestionar específicamente esta zona montañosa de la provincia de Chiriquí, que incluye también pueblos como Volcán y Guadalupe. La creación de este distrito reflejó el peso e identidad propia que las tierras altas habían adquirido dentro de Chiriquí, tanto por su agricultura como por su carácter geográfico y cultural particular.
A la histórica vocación agrícola se sumó, en las últimas décadas, un creciente turismo de naturaleza. El clima fresco, los paisajes de montaña, los jardines y, sobre todo, la cercanía a La Amistad y al Volcán Barú convirtieron a Cerro Punta y sus alrededores en un destino apreciado por quienes buscan senderismo, observación de aves y un Panamá distinto al de las playas. El sendero Los Quetzales y la fama de la zona como uno de los mejores lugares para ver al quetzal atrajeron a observadores de aves de todo el mundo.
Hoy Cerro Punta combina las dos almas que lo definen: la del valle agrícola que alimenta al país y la del pueblo de montaña que sirve de base al ecoturismo. Esa dualidad, junto con su clima fresco y su entorno verde, lo ha consolidado como uno de los rincones más singulares y queridos de las tierras altas de Chiriquí.