La idea de unir los dos océanos a través del istmo de Panamá es casi tan antigua como la propia conquista española. Apenas Vasco Núñez de Balboa avistó el océano Pacífico en 1513, quedó claro que Panamá era el punto donde los dos grandes mares quedaban más cerca, separados solo por una estrecha franja de tierra. Ya en el siglo XVI, el emperador Carlos V llegó a ordenar estudios sobre la posibilidad de abrir un paso, aunque la tecnología de la época lo hacía impensable.
Durante siglos, en lugar de un canal, el istmo funcionó como una ruta de tránsito por tierra. Las mercancías y, sobre todo, el oro y la plata del Perú cruzaban Panamá por el Camino Real y el Camino de Cruces, desde el Pacífico hasta los puertos caribeños como Nombre de Dios y Portobelo, donde se cargaban en las flotas rumbo a España. Esa función de puente entre los océanos definió la historia panameña.
En el siglo XIX, la ruta de tránsito vivió un nuevo auge con la fiebre del oro de California (1848), que llenó el istmo de viajeros, y con la construcción del Ferrocarril de Panamá, inaugurado en 1855, uno de los primeros ferrocarriles transcontinentales del mundo. El éxito de ese ferrocarril demostró el inmenso valor estratégico y comercial de un paso permanente por Panamá, y reavivó con fuerza el viejo sueño de excavar, por fin, un canal entre los dos océanos.
Los primeros en intentar construir el canal en serio fueron los franceses, y su empresa terminó en uno de los mayores desastres de la historia de la ingeniería. En 1881, una compañía dirigida por Ferdinand de Lesseps, el héroe nacional que había construido con éxito el Canal de Suez en Egipto, comenzó las obras en Panamá. Lesseps, confiado por su triunfo en el desierto, insistió en construir un canal 'a nivel del mar', sin esclusas, una decisión que se revelaría fatal en el terreno selvático y montañoso del istmo.
El proyecto francés se estrelló contra una combinación de obstáculos terribles. El peor de todos fueron las enfermedades tropicales: la malaria y, sobre todo, la fiebre amarilla mataron a decenas de miles de trabajadores, ya que en aquella época no se conocía que ambas eran transmitidas por mosquitos. A eso se sumaron las dificultades técnicas de excavar a través de la cordillera (los deslizamientos del Corte Culebra), las inundaciones del río Chagres y los enormes sobrecostos.
El resultado fue la catástrofe. La compañía de Lesseps quebró hacia 1889 en medio de un colosal escándalo financiero y político que sacudió a Francia, arruinando a miles de pequeños inversores. La obra quedó inconclusa, y el balance fue trágico: miles de muertos y un fracaso rotundo. Aquella experiencia, sin embargo, dejó lecciones valiosas (y maquinaria, estudios y excavaciones parciales) que más tarde aprovecharían los estadounidenses.
Tras el fracaso francés, Estados Unidos tomó la posta del proyecto, decidido a construir el canal que conectaría sus costas este y oeste y reforzaría su poder naval y comercial. Pero la negociación con Colombia, de la que Panamá formaba parte, se trabó cuando el Senado colombiano rechazó el tratado propuesto. En ese contexto, el 3 de noviembre de 1903, Panamá proclamó su separación de Colombia y nació como república independiente, con el respaldo decisivo de Estados Unidos. Pocos días después se firmó el Tratado Hay-Bunau-Varilla, que otorgó a Washington el control a perpetuidad de una franja de territorio —la Zona del Canal— para construir y administrar la vía.
Los estadounidenses comenzaron las obras en 1904 y, esta vez, acertaron en las dos grandes decisiones. La primera fue sanitaria: el médico William Gorgas, aplicando los descubrimientos sobre la transmisión de la fiebre amarilla y la malaria por mosquitos, lanzó una campaña masiva de saneamiento que erradicó prácticamente esas enfermedades de la zona, salvando incontables vidas y haciendo posible la obra. La segunda fue de ingeniería: en lugar del canal a nivel del mar de Lesseps, optaron por un canal con esclusas y un gran lago artificial.
La solución consistió en represar el río Chagres para crear el enorme Lago Gatún, elevar los barcos hasta su nivel mediante esclusas, hacerlos navegar a través del lago y el Corte Culebra, y descenderlos por otras esclusas al otro océano. Tras una década de trabajo titánico, en el que aun así murieron miles de obreros (muchos de ellos antillanos, llegados de las islas del Caribe), el Canal de Panamá se inauguró el 15 de agosto de 1914. El mundo quedó conectado de una forma nueva.
Durante buena parte del siglo XX, el Canal funcionó bajo administración estadounidense, y la Zona del Canal —una franja de territorio que cruzaba Panamá de océano a océano— quedó bajo control de Estados Unidos, como un país dentro del país. Para los panameños, esa presencia extranjera en el corazón de su territorio era una herida abierta y una afrenta a su soberanía, y el reclamo por la recuperación del Canal se convirtió en la gran causa nacional.
Las tensiones estallaron en varios momentos. El más doloroso fue el 9 de enero de 1964, recordado como el Día de los Mártires: enfrentamientos desatados por el derecho a izar la bandera panameña en la Zona del Canal dejaron una veintena de muertos panameños y marcaron profundamente la memoria del país, intensificando el reclamo de soberanía.
El punto de inflexión llegó en 1977, cuando el líder panameño Omar Torrijos y el presidente estadounidense Jimmy Carter firmaron los Tratados Torrijos-Carter. Estos acuerdos históricos establecieron que Estados Unidos transferiría progresivamente el control del Canal a Panamá, que la Zona del Canal se iría reintegrando al territorio nacional y que el Canal pasaría a manos panameñas al terminar el siglo, garantizando además su neutralidad permanente. Fue un triunfo diplomático para Panamá y el principio del fin de casi un siglo de presencia estadounidense.
El momento más esperado de la historia moderna de Panamá llegó el 31 de diciembre de 1999. Ese día, en cumplimiento de los Tratados Torrijos-Carter, el Canal de Panamá pasó por completo a manos panameñas, y con él toda la antigua Zona del Canal, que se reintegró definitivamente al territorio nacional. Fue un acontecimiento de enorme carga simbólica y emocional: por primera vez en casi un siglo, los panameños eran dueños de la gran obra que atravesaba su país y que tanto había marcado su destino.
La administración quedó en manos de la Autoridad del Canal de Panamá (ACP), una entidad estatal panameña que asumió la operación de la vía con criterios de eficiencia y rentabilidad. Lejos de los temores de algunos escépticos, la gestión panameña del Canal resultó un éxito, convirtiéndolo en una de las principales fuentes de ingresos del país y en motivo de orgullo nacional.
El gran salto siguiente fue la ampliación del Canal. Frente al crecimiento del tamaño de los buques mundiales, que ya superaban la capacidad de las esclusas originales de 1914, Panamá emprendió una obra monumental: un tercer juego de esclusas, mucho más grandes, para recibir a los gigantescos barcos de la clase neopanamax. La ampliación se inauguró en 2016, con las nuevas esclusas de Cocolí (lado Pacífico) y Agua Clara (lado Caribe), que incorporan tinas para reutilizar el agua. Con ella, el Canal reafirmó su lugar como una de las arterias más importantes del comercio mundial, ahora plenamente panameña, más de un siglo después de su apertura.