De estas islas salió una de las perlas más famosas de la historia. La llamaron La Peregrina: una perla en forma de lágrima, del tamaño de un huevo de paloma, hallada por un esclavo en los bancos de ostras del archipiélago a mediados del siglo XVI. Ese esclavo obtuvo su libertad a cambio de la joya, que cruzó el océano para adornar a reinas de España, a Napoleón III y, cuatro siglos después, el cuello de la actriz Elizabeth Taylor, a quien Richard Burton se la regaló tras comprarla en una subasta de Sotheby's en 1969 (la joya volvería a rematarse por más de 11 millones de dólares en 2011). Detrás de esa historia deslumbrante hay otra, mucho más oscura, que explica por qué estas islas del golfo de Panamá llevan el nombre de Las Perlas.
El Archipiélago de Las Perlas se formó geológicamente como una prolongación del relieve del istmo panameño, dando lugar a más de un centenar de islas e islotes dispersos en el golfo de Panamá, en el Pacífico. Antes de la llegada europea, estas islas eran conocidas y frecuentadas por pueblos indígenas del área, emparentados con las culturas del Pacífico central de Panamá, que las visitaban para pescar y recolectar los grandes bancos de ostras perlíferas que allí abundaban.
Los primeros exploradores españoles, ya instalados en el istmo tras la fundación de Santa María la Antigua del Darién, tuvieron noticia de estas islas ricas en perlas a través de los relatos indígenas, mucho antes de que Vasco Núñez de Balboa las contemplara en persona. Esa fama de riqueza perlera precedió a la llegada de los conquistadores y sería determinante en la historia posterior del archipiélago.
El nombre 'Las Perlas' se consolidó rápidamente en la cartografía y la documentación colonial, reemplazando cualquier denominación indígena previa, en un patrón repetido en gran parte de la conquista americana: el valor comercial de un recurso terminó bautizando al territorio que lo contenía.
El Archipiélago de Las Perlas, en el golfo de Panamá, debe su nombre a la enorme riqueza de sus bancos de ostras perlíferas, conocida por los españoles muy poco después de la llegada de Vasco Núñez de Balboa al océano Pacífico, en 1513. El descubrimiento de estas perlas desató una intensa explotación que marcaría la historia del archipiélago durante siglos.
La extracción de perlas se basó en el trabajo forzado: primero de la población indígena, diezmada por la violencia y las enfermedades, y luego, de manera masiva, de personas africanas esclavizadas, obligadas a bucear a grandes profundidades en condiciones extremadamente peligrosas. Esta historia de explotación y sufrimiento es una parte sombría e ineludible del pasado del archipiélago, ligada al sistema colonial y a la trata de esclavos.
De estas aguas salieron perlas legendarias que llegaron a las cortes europeas, entre ellas ejemplares de gran tamaño que se incorporaron a joyas reales españolas. El comercio perlero hizo del archipiélago un enclave de importancia, con islas como Contadora —donde se contaban las perlas— o San Miguel, en Isla del Rey. Esa herencia perlera, con su esplendor y su tragedia, es el trasfondo histórico de un lugar hoy asociado a la belleza natural y al turismo.
Más allá de la actividad perlera, el archipiélago fue poblándose con comunidades dedicadas a la pesca y a la vida del mar. Isla del Rey, la mayor del conjunto y una de las islas más extensas de Panamá, alberga pueblos como San Miguel, de raíz afrodescendiente y tradición pesquera, que conservan un modo de vida ligado al océano y a los manglares.
La geografía del archipiélago —más de un centenar de islas e islotes, muchos deshabitados— configuró un territorio de gran belleza y a la vez de relativa lejanía respecto del desarrollo del istmo, concentrado en la franja del Canal. Esa condición ayudó a preservar buena parte de sus playas y ecosistemas en estado natural hasta tiempos recientes.
La cercanía a la Ciudad de Panamá, sin embargo, hizo del archipiélago un escenario propicio para el turismo y la segunda residencia, especialmente a partir del siglo XX. Mientras algunas islas se mantuvieron como comunidades pesqueras tradicionales, otras —Contadora a la cabeza— se orientaron al turismo, conformando el contraste actual entre islas vírgenes, pueblos pesqueros y enclaves turísticos.
En 1979, Isla Contadora ganó notoriedad internacional al convertirse en refugio temporal del shah de Irán, Mohammad Reza Pahlaví, depuesto tras la Revolución Islámica, quien pasó un tiempo en la isla por invitación del entonces gobernante panameño Omar Torrijos. Ese episodio puso a la pequeña isla en la primera plana de la prensa mundial y comenzó a asociarla con la diplomacia internacional.
Pocos años después, en 1983, Contadora volvió a ser escenario de la política internacional al albergar la creación del 'Grupo de Contadora', una iniciativa diplomática impulsada por Panamá, México, Colombia y Venezuela para buscar una salida negociada a los conflictos armados que sacudían a Centroamérica (particularmente Nicaragua, El Salvador y Guatemala) en plena Guerra Fría. El grupo sentó bases para procesos de paz posteriores en la región y le dio a la isla un lugar en la historia diplomática latinoamericana.
Esa doble fama —de refugio exclusivo y de sede de diplomacia regional— consolidó a Contadora como la isla más conocida y desarrollada del archipiélago, atrayendo inversión hotelera y convirtiéndola en la puerta de entrada turística al resto de Las Perlas.
Más recientemente, varias islas del archipiélago se hicieron mundialmente conocidas por haber servido de escenario a programas de televisión de supervivencia, que mostraron sus playas vírgenes y sus aguas cristalinas a audiencias internacionales, incluyendo temporadas de formatos como 'Survivor' rodadas en distintas islas del conjunto. Esa exposición mediática reforzó la imagen del archipiélago como un paraíso natural del Pacífico panameño y atrajo un nuevo interés turístico global.
Hoy, el turismo del archipiélago se apoya en sus playas, su vida marina —ideal para el snorkel y el buceo— y en el avistamiento de ballenas jorobadas, que entre julio y octubre cruzan estas aguas para reproducirse tras migrar desde el hemisferio sur. Contadora concentra la mayor infraestructura hotelera, mientras que islas como Saboga o partes de Isla del Rey mantienen un perfil más rural y pesquero.
El desafío para el futuro es desarrollar ese turismo de forma sostenible, preservando los ecosistemas marinos y de manglar y beneficiando a las comunidades isleñas, en un entorno que conserva, en buena medida, el carácter virgen que lo hace tan atractivo frente a otros destinos de playa más masificados del país.