Para entender Zaanse Schans hay que mirar la región que la rodea: la Zaanstreek, el área a orillas del río Zaan, al norte de Ámsterdam. Esta zona protagonizó, entre los siglos XVII y XVIII, una de las primeras revoluciones industriales de la historia, mucho antes de la era del carbón y el vapor. Su motor no fue otro que el viento, aprovechado a través de cientos de molinos.
En su momento de máximo apogeo, durante el siglo XVIII, se calcula que en la región del Zaan funcionaban simultáneamente alrededor de 600 molinos de viento (algunas fuentes elevan la cifra histórica acumulada a más de mil), lo que la convertía probablemente en la mayor concentración industrial impulsada por energía eólica del planeta. Lo notable es que estos molinos no se dedicaban principalmente a drenar tierras (como en otras partes de Holanda), sino a la producción industrial: aserraban madera, prensaban aceite de semillas, molían especias, fabricaban papel, pigmentos para pintura, mostaza, tabaco y mucho más.
Esta extraordinaria capacidad industrial estuvo íntimamente ligada al auge de los Países Bajos en la Edad de Oro. Los aserraderos de viento del Zaan, por ejemplo, cortaban a gran velocidad los tablones necesarios para construir la enorme flota mercante y militar neerlandesa, base del poderío comercial de la VOC y del país. La región del Zaan fue, así, un engranaje fundamental de la maquinaria económica que hizo de los Países Bajos una potencia mundial.
Lo que hacía única a la región del Zaan no era solo la cantidad de molinos, sino su asombrosa diversidad de funciones. Cada molino era, en esencia, una fábrica movida por el viento, especializada en un oficio concreto. Los aserraderos (zaagmolens) revolucionaron la construcción naval: un molino podía cortar tablones muchísimo más rápido que un equipo de hombres con sierras manuales, lo que permitió a los astilleros neerlandeses construir barcos a una velocidad y un coste sin precedentes.
Los molinos de aceite (oliemolens) prensaban semillas de lino, colza o cáñamo para extraer aceites usados en alimentación, iluminación, jabones y pinturas. Los molinos de pigmentos y pintura (verfmolens) molían minerales, maderas tintóreas y otros materiales para producir los colores que usaban pintores y artesanos; De Kat, conservado en Zaanse Schans, es el último de su tipo en funcionamiento en el mundo. Los molinos de especias y mostaza (specerijmolens) trituraban pimienta, mostaza, canela y otras especias que llegaban de Asia a través del comercio colonial. Había también molinos de papel, de tabaco, de cebada y de muchos otros productos.
Además de la energía, la región desarrolló una arquitectura propia y reconocible: las casas y graneros de madera pintados del característico verde del Zaan (un tono obtenido históricamente con pigmentos locales), con sus gabletes decorativos y sus tejados a dos aguas. Esta combinación de molinos industriales y caserío de madera definió un paisaje cultural singular, que es precisamente lo que Zaanse Schans buscó preservar.
El reinado de los molinos de viento del Zaan, que parecía eterno, se quebró en el siglo XIX con la llegada de una nueva fuente de energía: la máquina de vapor. Frente a la potencia constante y controlable del vapor (y más tarde de la electricidad y los motores de combustión), los molinos de viento, dependientes de los caprichos del clima, quedaron progresivamente obsoletos. Las fábricas modernas, alimentadas por carbón, podían producir más, de forma más regular y a menor coste.
Uno tras otro, los cientos de molinos que habían hecho próspera a la región fueron cerrando, cayendo en desuso, ardiendo en incendios o siendo demolidos para aprovechar su madera y su terreno. De los aproximadamente 600 molinos del apogeo, fueron quedando apenas unas decenas a comienzos del siglo XX, y su número siguió cayendo. La región del Zaan, eso sí, no se desindustrializó: al contrario, se transformó en un importante centro de industria moderna (alimentaria, de cacao y chocolate —con marcas como Verkade—, de papel y otras), pero el paisaje de molinos de viento que la había caracterizado durante siglos estaba desapareciendo.
Este declive generó, ya en el siglo XX, una creciente conciencia de que se estaba perdiendo un patrimonio irrepetible. Los pocos molinos supervivientes y las casas de madera tradicionales corrían el riesgo de desaparecer del todo, arrasados por la expansión urbana e industrial. Fue esa amenaza la que dio origen a la idea de crear un lugar donde salvarlos y preservarlos: el germen de Zaanse Schans.
Ante el riesgo de perder para siempre el patrimonio de los molinos y las casas de madera del Zaan, a partir de 1961 se puso en marcha un proyecto pionero de conservación: la creación de Zaanse Schans. La idea era reunir en un solo lugar, a orillas del Zaan en la zona de Zaandijk, una selección de molinos y edificios históricos auténticos que estaban en peligro en distintos puntos de la región, trasladándolos físicamente hasta allí para salvarlos y mostrarlos al público.
Durante las décadas siguientes se desmontaron y reconstruyeron cuidadosamente casas de madera, graneros, almacenes y molinos, recreando el aspecto de una aldea típica del Zaan de los siglos XVIII y XIX. El resultado no fue un decorado vacío, sino un conjunto vivo: algunas casas se destinaron a vivienda (Zaanse Schans es, de hecho, un barrio habitado), otras a talleres artesanales en funcionamiento, museos, tiendas y cafés. Los molinos volvieron a girar y a trabajar, manteniendo vivos los oficios tradicionales.
Con el tiempo, Zaanse Schans se convirtió en uno de los destinos turísticos más visitados de los Países Bajos, recibiendo cada año a millones de visitantes de todo el mundo atraídos por su estampa de molinos verdes, queserías, talleres de zuecos y casas de cuento. El éxito tiene también su reverso: la enorme afluencia plantea hoy retos de gestión y sostenibilidad para conservar el carácter del lugar y la calidad de vida de sus vecinos. Aun así, Zaanse Schans sigue cumpliendo su misión original: ser una ventana abierta a la fascinante historia industrial del Zaan, esa región que un día movió al mundo con la sola fuerza del viento.