La Haya tiene un origen aristocrático que la distingue de otras ciudades holandesas, surgidas en torno a puertos o cruces de comercio. Su historia comienza en el siglo XIII como residencia de los condes de Holanda. Hacia 1230, el conde Floris IV adquirió unos terrenos junto a un bosque y una zona de estanques, en un lugar apropiado para la caza, y allí se empezó a desarrollar una residencia condal. El paraje, con su bosque y su laguna, era ideal para que la nobleza descansara y cazara.
El gran impulso vino con Guillermo II de Holanda, que llegó a ser rey de romanos (rey electo del Sacro Imperio), y con su hijo Floris V. Hacia 1280, Floris V mandó construir el Ridderzaal, la imponente Sala de los Caballeros, que se convertiría en el núcleo del actual Binnenhof. Alrededor de esa residencia condal fue creciendo un asentamiento que servía a la corte: artesanos, sirvientes, funcionarios y comerciantes que abastecían al conde y a su séquito.
De ese origen procede el nombre oficial de la ciudad: 's-Gravenhage, que significa 'el seto del conde' o 'el bosque del conde' (haag/hage como recinto cercado o seto, y graaf como conde). El nombre cotidiano, Den Haag, es una forma abreviada. Esa raíz noble marcaría para siempre el destino de La Haya como ciudad ligada al poder y la corte, más que al comercio o la industria.
La Haya creció de un modo peculiar. A diferencia de ciudades como Ámsterdam, Haarlem o Delft, que obtuvieron derechos de ciudad y se rodearon de murallas en la Edad Media, La Haya nunca recibió formalmente esos derechos urbanos en aquella época. Técnicamente seguía siendo una 'aldea', aunque en la práctica fuera uno de los lugares más importantes del condado de Holanda por ser sede de la corte condal y, más tarde, de la administración.
Esta ausencia de murallas tuvo consecuencias. Por un lado, dio a La Haya su trazado abierto y desahogado, con bulevares amplios y zonas verdes, muy distinto del entramado apretado de las ciudades amuralladas. Por otro, la dejó más expuesta militarmente, algo que se haría sentir en distintos conflictos. Pese a ello, su rol político fue creciendo de manera imparable a lo largo de los siglos.
Con el tiempo, La Haya se consolidó como sede de los órganos de gobierno del condado de Holanda y, durante la Guerra de los Ochenta Años y el nacimiento de la República de las Provincias Unidas, como sede de instituciones clave. Allí se reunían los Estados de Holanda y, sobre todo, los Estados Generales, el órgano de gobierno de la joven república. La ciudad pasó así de ser el pabellón de caza de un conde a convertirse en el corazón administrativo y diplomático de un nuevo Estado.
Durante el siglo XVII, la Edad de Oro neerlandesa, La Haya vivió uno de sus períodos de mayor esplendor. Mientras Ámsterdam concentraba el comercio mundial y la riqueza mercantil, La Haya era la ciudad del poder político, la diplomacia y la corte. Allí residían los estatúderes de la casa de Orange-Nassau, líderes militares y políticos de la República, y allí se concentraban las embajadas y las negociaciones internacionales.
Este carácter cortesano y diplomático dio a la ciudad una fisonomía elegante y señorial. Se construyeron palacetes, mansiones y edificios públicos de gran calidad, como el Mauritshuis, levantado a mediados de siglo como residencia del conde Johan Maurits de Nassau-Siegen y hoy uno de los museos más célebres del mundo. La presencia de la corte atrajo artistas, arquitectos y artesanos de primer nivel, y la ciudad se llenó de obras de arte y arquitectura refinada.
La Haya también fue escenario de momentos dramáticos de la historia neerlandesa. Aquí se vivieron las tensiones entre los partidarios de la casa de Orange y los regentes republicanos, que en 1672 —el llamado 'Año del Desastre' (Rampjaar)— culminaron con el linchamiento de los hermanos Johan y Cornelis de Witt, líderes del bando republicano, en un episodio sangriento ocurrido en la propia ciudad. La política y la corte marcaban el pulso de La Haya.
Tras el convulso período de las guerras napoleónicas, durante el cual los Países Bajos fueron incorporados al imperio francés, la caída de Napoleón abrió una nueva etapa. En 1815, el Congreso de Viena dio forma al Reino Unido de los Países Bajos, bajo la casa de Orange-Nassau, con Guillermo I como rey. En ese nuevo orden se consolidó una solución que persiste hasta hoy: Ámsterdam quedó como capital constitucional del reino, mientras que La Haya se convirtió en la sede del Gobierno, del Parlamento y en residencia de la familia real.
Esta peculiar división explica por qué, todavía hoy, el rey trabaja y reside en La Haya (en palacios como el Noordeinde y el Huis ten Bosch), el Parlamento se reúne en el Binnenhof y los ministerios tienen allí su sede, aunque la capital oficial sea Ámsterdam. La Haya recuperó y reforzó así su histórico papel como centro del poder político neerlandés, ahora ya como ciudad plenamente reconocida.
A lo largo del siglo XIX, la ciudad creció y se modernizó manteniendo su carácter señorial. Se desarrollaron barrios elegantes, se consolidó el balneario de Scheveningen como destino de moda —con la construcción del gran hotel Kurhaus— y floreció una vida cultural propia, con la llamada Escuela de La Haya, una corriente de pintores paisajistas y marinistas, entre ellos Hendrik Willem Mesdag, autor del famoso Panorama Mesdag.
El destino internacional de La Haya quedó sellado a comienzos del siglo XX. En 1899 y 1907, la ciudad acogió las Conferencias de Paz de La Haya, dos encuentros internacionales pioneros, impulsados en parte por iniciativa del zar Nicolás II de Rusia, en los que las grandes potencias debatieron sobre el desarme, las leyes de la guerra y, sobre todo, sobre mecanismos para resolver los conflictos entre Estados sin recurrir a las armas. De esas conferencias surgieron acuerdos fundacionales del derecho internacional moderno y la Corte Permanente de Arbitraje.
En ese clima de optimismo pacifista, el magnate del acero y filántropo estadounidense Andrew Carnegie financió la construcción de una sede digna para estas instituciones: el Vredespaleis o Palacio de la Paz, inaugurado en 1913. Distintos países contribuyeron con obras de arte y materiales, convirtiendo el edificio en un símbolo de la cooperación internacional. El palacio se convirtió en el corazón de la vocación de La Haya como sede de la justicia entre las naciones.
A lo largo del siglo XX y XXI, esa vocación se profundizó. Tras la Segunda Guerra Mundial, el Palacio de la Paz pasó a albergar la Corte Internacional de Justicia, el principal órgano judicial de las Naciones Unidas. Más tarde, La Haya se convirtió en sede de la Corte Penal Internacional, de tribunales especiales para crímenes de guerra, de la OPAQ, de Europol y de decenas de organismos internacionales, ganándose con pleno derecho el título de 'capital mundial de la paz y la justicia'.
El siglo XX trajo a La Haya pruebas duras y profundas transformaciones. Durante la Segunda Guerra Mundial, los Países Bajos fueron ocupados por la Alemania nazi entre 1940 y 1945, y La Haya sufrió de manera especial. Por su posición costera, los ocupantes construyeron parte del 'Muro Atlántico' de defensas en la zona, lo que implicó la demolición de barrios enteros y el desplazamiento de población. En 1945, un bombardeo aliado destinado a instalaciones militares alemanas erró su objetivo y devastó el barrio del Bezuidenhout, causando numerosas víctimas civiles, en una de las páginas más trágicas de la historia local.
Tras la guerra, la ciudad se reconstruyó y siguió creciendo. Se desarrollaron nuevos barrios, se modernizó la infraestructura y La Haya reforzó su doble identidad: por un lado, ciudad de gobierno, residencia real y administración del país; por otro, centro internacional de organizaciones, tribunales y embajadas. Esa segunda faceta se expandió notablemente con la creación de nuevos organismos de justicia internacional en las décadas finales del siglo XX.
Hoy La Haya es una ciudad cosmopolita y diversa, con una notable población internacional ligada a las instituciones, las embajadas y las empresas globales. Combina su patrimonio histórico —el Binnenhof, el Mauritshuis, los palacios reales— con una vida cultural rica, museos de primer nivel, una larga costa con el balneario de Scheveningen y su singular condición de capital mundial de la paz y la justicia, un legado que la hace única entre las ciudades de los Países Bajos.