Mucho antes de que existieran los diques, la gente del norte de los Países Bajos aprendió a convivir con un enemigo permanente: el mar. En las llanuras de arcilla salobre que hoy forman la provincia de Groninga, batidas por las mareas y las tormentas del mar del Norte, la única forma de vivir a salvo del agua era, literalmente, levantar el suelo. Así nacieron los terpen, que en tierra groninguesa se llaman wierden: montículos artificiales sobre los que se construían las casas y, más tarde, aldeas enteras.
Los primeros se empezaron a levantar hace más de dos mil años, alrededor del siglo VI o VII antes de Cristo, cuando los pobladores colonizaron las marismas costeras. Empezaban con una pequeña plataforma para una o dos casas y, generación tras generación, la iban ampliando y elevando con capas de césped, arcilla, estiércol y desechos domésticos, hasta formar colinas de varios metros de altura. En lo alto vivían personas y animales cuando la marea inundaba todo alrededor. Todavía hoy quedan cientos de estos montículos en el campo groningués, muchos coronados por una robusta iglesia medieval de ladrillo: son los característicos pueblos-montículo del norte, un paisaje único en Europa.
En ese mundo anfibio, entre el río Hunze y el Drentse Aa, surgió un asentamiento algo más elevado y protegido que los demás, sobre una lengua de tierra arenosa (una morrena) que se adentraba en las marismas desde el sur. Ese punto seguro, en el cruce de caminos y aguas, sería el germen de la ciudad de Groninga. A partir del siglo XIII, cuando la técnica de los diques permitió por fin encerrar las marismas y ganar tierra firme, los wierden dejaron de ser imprescindibles para sobrevivir, pero la ciudad que había crecido sobre aquel montículo elevado ya estaba en marcha hacia la grandeza.
Durante la Edad Media, Groninga creció hasta convertirse en la ciudad más poderosa de todo el norte de los Países Bajos. Su posición era privilegiada: estaba en el punto donde el comercio del interior de Drente se encontraba con las rutas del mar, y desde muy pronto supo aprovecharlo. Alrededor de 1282 se sumó a la Liga Hanseática, la gran red de ciudades comerciales del norte de Europa, y a través de ella exportaba grano, pescado y turba e importaba productos de lujo.
Su verdadera fuente de poder, sin embargo, fue el control férreo del campo que la rodeaba, las llamadas Ommelanden ('tierras de alrededor'), un territorio de aldeas frisonas sobre wierden y suelos fértiles de arcilla. Groninga impuso a esa región un monopolio comercial: el derecho de mercado o 'derecho de etapa' (staple right), que obligaba a que todo el grano y las mercancías de las Ommelanden pasaran por su mercado y su balanza antes de venderse. Esa palanca económica la volvió inmensamente rica y prácticamente independiente. Para los siglos XIV y XV, Groninga funcionaba como una república aristocrática, casi una ciudad-estado, que gobernaba de hecho un amplio territorio entre el río Ems y el Lauwerszee y mantenía una tensa relación de dominio con los campesinos libres de las Ommelanden.
De aquellos siglos de esplendor queda su monumento mayor: la iglesia de San Martín (Martinikerk) y, sobre todo, su torre, la Martinitoren, levantada en varias etapas hasta alcanzar cerca de 97 metros de altura, una de las más altas de los Países Bajos. Los groningueses la bautizaron 'd'Olle Grieze', la vieja gris, y sigue siendo el símbolo indiscutible de la ciudad. En torno a su plaza, la Grote Markt, latía el corazón político y comercial de una urbe que se sentía dueña de su destino. Con la Reforma y la Guerra de los Ochenta Años contra España, Groninga terminó integrándose, tras algunas vacilaciones, en la joven República de las Provincias Unidas, conservando buena parte de su orgullosa autonomía.
En 1614, el gobierno de la provincia de Groninga y las Ommelanden fundó su propia universidad, la segunda más antigua de los Países Bajos después de la de Leiden. El 23 de agosto de aquel año abrió sus puertas con apenas unas decenas de estudiantes, instalada en un antiguo convento del centro. Fue una decisión trascendental: cuatro siglos después, esa universidad sigue siendo el motor de la ciudad y la razón de que Groninga sea hoy la urbe de menor edad promedio de todo el país, con decenas de miles de estudiantes que le dan su energía inconfundible.
Pocas décadas después, la ciudad vivió su epopeya más celebrada. Corría 1672, el 'Año del Desastre' (Rampjaar) para la República neerlandesa, atacada al mismo tiempo por Francia, Inglaterra y los obispados de Colonia y Münster. Sobre el norte se lanzó el belicoso obispo-príncipe de Münster, Christoph Bernhard von Galen, que reclamaba para sí buena parte de la provincia. El 24 de julio de 1672, su ejército de unos 24.000 hombres puso sitio a Groninga.
La ciudad, bien fortificada con murallas y fosos, y con parte del entorno deliberadamente inundado abriendo diques y esclusas, resistió. Al frente de la defensa estaba el veterano militar bohemio Carl von Rabenhaupt. Durante poco más de un mes, el obispo bombardeó Groninga con miles de balas de cañón y bombas incendiarias —tantas que se ganó el apodo burlón de 'Bommen Berend', 'Berend el de las bombas'—, pero no logró tomarla. La deserción y las enfermedades diezmaron su campamento, y a fines de agosto el obispo ordenó la retirada. La ciudad se salvó. Desde entonces, cada 28 de agosto Groninga celebra su liberación, el 'Gronings Ontzet', como su gran fiesta local, con música, ferias y fuegos artificiales.
El capítulo más trágico y decisivo de la historia moderna de la ciudad se escribió en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial. Tras casi cinco años de ocupación nazi, la liberación del norte de los Países Bajos quedó en manos del ejército canadiense. En abril de 1945, con la guerra ya casi perdida para Alemania, Groninga se convirtió en un punto de resistencia feroz: la 2.ª División de Infantería canadiense tuvo que tomar la ciudad casa por casa contra una guarnición de varios miles de soldados alemanes reforzada por tropas de las SS holandesas y belgas.
La batalla de Groninga se libró entre el 13 y el 16 de abril de 1945. Fue un combate urbano durísimo, poco conocido fuera de Canadá y los Países Bajos, en el que los canadienses avanzaron por las calles estrechas del centro bajo fuego de ametralladoras y francotiradores. El punto más encarnizado fue, precisamente, la Grote Markt: los alemanes se habían atrincherado en los edificios del lado norte de la plaza, y los tanques canadienses tuvieron que destruirlos a cañonazos para desalojarlos. Cuando el humo se disipó, los lados norte y este de la plaza mayor, el corazón histórico de la ciudad, habían quedado arrasados. En total se destruyeron cientos de edificios.
El 16 de abril, cuando toda resistencia era ya inútil, el comandante alemán se rindió. La liberación tuvo un precio en sangre: decenas de soldados canadienses muertos y más de un centenar de heridos, y alrededor de un centenar de civiles groningueses caídos en el fuego cruzado. La ciudad recibió su libertad con alivio y gratitud, pero con su plaza central en ruinas. Todavía hoy Groninga mantiene un vínculo especial de reconocimiento con Canadá, cuyos soldados descansan en cementerios de guerra de la región.
Con la paz llegó la difícil tarea de reconstruir el corazón destruido de la ciudad. La Grote Markt, arrasada en su lado norte y este, se levantó de nuevo en las décadas de posguerra, pero no como una copia fiel de lo perdido. Se optó por edificar en el gusto de la época, más moderno y funcional, lo que dio a la plaza un aspecto híbrido: la vieja Martinitoren y el Ayuntamiento clásico conviviendo con fachadas de mediados del siglo XX. Esa decisión fue, y sigue siendo, motivo de debate entre los groningueses, muchos de los cuales lamentan que no se reconstruyera la plaza tal como era antes de la guerra.
En las décadas siguientes, Groninga se reinventó como una moderna capital regional. En los años setenta tomó una decisión urbanística audaz y pionera: reorganizó por completo el tránsito del centro para expulsar el automóvil y dar prioridad absoluta a peatones y bicicletas, dividiendo el casco antiguo en sectores por los que los autos no podían atravesar de lado a lado. El resultado fue espectacular y convirtió a Groninga en un modelo mundial: hoy es una de las ciudades más ciclistas del planeta, con cerca de la mitad de todos los viajes urbanos hechos en bicicleta.
La ciudad apostó también por la cultura y la arquitectura de vanguardia. En 1994 inauguró el llamativo Groninger Museum, un audaz edificio posmoderno de colores flotando sobre el canal frente a la estación, obra de un equipo de arquitectos y diseñadores coordinado por el italiano Alessandro Mendini. Y en 2019 abrió el Forum Groningen, un espectacular centro cultural junto a la Grote Markt cuya azotea, de acceso libre, regala hoy las mejores vistas de la ciudad. La antigua ciudad hanseática se había transformado en una capital joven, verde y creativa.
Ninguna historia de Groninga estaría completa sin el capítulo que más ha marcado a la provincia en las últimas décadas: el gas. En 1959, cerca del pueblo de Slochteren, se descubrió bajo el suelo groningués uno de los mayores yacimientos de gas natural del mundo y el más grande de Europa. El hallazgo transformó la economía de los Países Bajos: durante más de medio siglo, el gas de Groninga calefaccionó millones de hogares neerlandeses, alimentó la industria y llenó las arcas del Estado con ingresos enormes.
Pero esa riqueza tuvo un costo que recayó, sobre todo, en la propia gente de la provincia. La extracción continua de gas fue vaciando el subsuelo y provocando su hundimiento, y con el tiempo aparecieron los terremotos inducidos: temblores causados por la actividad humana, no por fallas naturales. Desde comienzos de los años noventa se multiplicaron los seísmos, y en 2012 uno de magnitud 3,6 cerca de Huizinge, el más fuerte registrado en la región, encendió todas las alarmas. Aunque son temblores de intensidad moderada para los estándares mundiales, ocurren muy cerca de la superficie y en una zona no preparada para ellos, de modo que dañaron miles de casas, agrietaron paredes, dejaron viviendas inseguras y generaron años de angustia, mudanzas forzadas y una larga y frustrante lucha de los vecinos por ser reparados e indemnizados.
La presión social y política terminó imponiéndose sobre los intereses económicos. El gobierno neerlandés decidió cerrar el campo: la producción se redujo año tras año y se detuvo definitivamente el 1 de octubre de 2023, y en 2024 el cierre quedó formalizado por ley, incluso en medio de la crisis energética europea. Para muchos groningueses fue una victoria agridulce, porque el daño ya estaba hecho y las reparaciones siguen su curso. La historia del gas es hoy parte de la identidad de la provincia: el reverso oscuro de una prosperidad nacional que unas comunidades del norte pagaron con las grietas en sus propias paredes.