Viajá con Gus
InicioPaíses BajosDelftHistoria
Historia · origen · formación

Historia de Delft

Un canal excavado a mano y una ciudad medieval

El nombre de Delft lo dice todo: viene del neerlandés antiguo 'delf', que significa zanja o canal excavado. La ciudad nació, literalmente, de un canal cavado a pala en la turba de la baja Holanda, el Oude Delft, en torno al cual se fue formando un asentamiento hacia los siglos XI y XII. En una tierra plana, húmeda y ganada al agua, esos canales no eran un adorno: servían para drenar el suelo, defender la ciudad y, sobre todo, para transportar mercancías. El agua fue desde el principio la razón de ser de Delft.

El 15 de abril de 1246, el conde Guillermo II de Holanda concedió a Delft los derechos de ciudad (stadsrechten). Esa carta le permitía gobernarse a sí misma, celebrar mercados y cobrar peajes, y marcó el arranque de su crecimiento. En la Edad Media, Delft prosperó con dos industrias: la cerveza —llegó a tener cientos de cervecerías que abastecían buena parte de Holanda— y los paños de lana. La ciudad se ordenó alrededor de dos ejes de agua, el Oude Delft y el Nieuwe Delft, y de la gran plaza del mercado, la Markt, donde se levantaron el Ayuntamiento y la Nieuwe Kerk.

En 1536, un incendio devastador arrasó buena parte de la ciudad de madera, que fue reconstruida en ladrillo, el material que le da hoy su carácter. Para entonces Delft era ya una de las principales ciudades de Holanda, con murallas, puertas fortificadas —de las que solo sobrevive la Oostpoort— y un casco compacto de canales que, sorprendentemente, ha llegado casi intacto hasta nuestros días. Ese trazado medieval es el mismo que caminamos ahora y el que, un siglo después, pintaría Vermeer.

Guillermo de Orange y la Revuelta de los Países Bajos

En el siglo XVI, los Países Bajos formaban parte del vasto imperio de los Habsburgo y estaban gobernados por Felipe II de España, un monarca católico y centralizador. La combinación de impuestos aplastantes, la persecución de los protestantes y el recorte de las libertades locales encendió una rebelión que desembocaría en la Guerra de los Ochenta Años (1568-1648), la larga lucha por la independencia de las Provincias Unidas.

El líder de esa revuelta fue Guillermo de Orange (Willem van Oranje), llamado 'el Taciturno' (el Callado), el noble más rico de los Países Bajos, que pasó de ser hombre de confianza del rey a encabezar la resistencia. Para los neerlandeses es, hasta hoy, el 'Vader des Vaderlands', el Padre de la Patria: de su casa, la de Orange-Nassau, desciende la monarquía actual, y de su lema y sus colores nacieron los símbolos nacionales (el naranja que tiñe el país en las fiestas viene de 'Oranje').

Delft tuvo en esa guerra un papel central. Convertida en uno de los bastiones de la rebelión, la ciudad se transformó de hecho en la capital política de la Holanda insurgente. Guillermo de Orange fijó allí su residencia en el antiguo convento de Santa Águeda, un edificio que pasó a llamarse Prinsenhof ('la corte del príncipe'). Desde ese palacio de ladrillo, junto a la Oude Kerk, Guillermo dirigió buena parte de la resistencia contra las tropas españolas en los años más difíciles de la guerra. Delft era relativamente segura y leal, y por eso se convirtió en el cuartel general del hombre al que Felipe II consideraba su peor enemigo.

El magnicidio de 1584: los agujeros de bala del Prinsenhof

Felipe II puso precio a la cabeza de Guillermo de Orange: ofreció 25.000 escudos de oro y un título nobiliario a quien lo matara. El cebo funcionó. Un joven católico francoborgoñón llamado Balthasar Gérard, ferviente admirador del rey de España, se ganó durante meses la confianza del entorno del príncipe haciéndose pasar por un protestante devoto.

El 10 de julio de 1584, Guillermo bajaba la escalera principal del Prinsenhof tras el almuerzo cuando Gérard, que lo esperaba escondido, le disparó a quemarropa con dos pistolas cargadas. El príncipe, herido en el pecho, se desplomó y murió casi de inmediato; según la tradición, sus últimas palabras fueron una súplica por su pueblo. Fue uno de los primeros magnicidios de la historia cometidos con un arma de fuego portátil, un hecho que conmocionó a toda Europa. En la pared de aquella escalera se conservan todavía hoy, protegidos, los agujeros que dejaron las balas: uno de los testimonios históricos más impactantes que pueden verse en los Países Bajos.

Balthasar Gérard fue capturado en el acto, juzgado y ejecutado cuatro días después en la plaza Markt de Delft con una crueldad extrema, propia de la época. La muerte de Guillermo, lejos de apagar la rebelión, la reforzó: su hijo Mauricio de Nassau continuó la lucha y las Provincias Unidas terminaron por consolidar su independencia. Como Breda, la ciudad natal de la familia, estaba en manos españolas, Guillermo fue sepultado provisoriamente en la Nieuwe Kerk de Delft. Aquella solución de emergencia se volvió permanente y cargada de símbolo: la Nieuwe Kerk pasó a ser el panteón oficial de la Casa de Orange-Nassau. Bajo su suelo, en la cripta real, descansan desde entonces casi todos los reyes y reinas de los Países Bajos, y sobre él se alza el monumento funerario de mármol que el escultor Hendrick de Keyser terminó hacia 1623 en honor del Padre de la Patria.

El Siglo de Oro: Vermeer, Fabritius y el Trueno de Delft

El siglo XVII fue el Siglo de Oro de los Países Bajos y también el de Delft. La joven República se convirtió en la mayor potencia comercial del mundo, y Delft participó del auge: tuvo una de las seis cámaras de la Compañía de las Indias Orientales (la VOC, la primera multinacional con acciones en bolsa), con su sede, el Oostindisch Huis, sobre el Oude Delft. Los ciudadanos de Delft invirtieron fortunas en la VOC, y de sus muelles zarparon decenas de barcos rumbo a Asia. Con el comercio llegaron la riqueza, las especias y las mercancías exóticas, entre ellas la porcelana china.

Esa prosperidad alimentó un florecimiento artístico extraordinario. Delft tuvo una escuela de pintura propia, agrupada en el Gremio de San Lucas (fundado en 1611), y de ella salió el más grande de todos: Johannes Vermeer (1632-1675). Nacido y muerto en la ciudad, maestro absoluto de la luz y del silencio doméstico, Vermeer pintó apenas unas 35 obras conocidas, entre ellas 'La joven de la perla', 'La lechera' y esa 'Vista de Delft' que retrata su ciudad desde el otro lado del agua y que Marcel Proust consideró el cuadro más bello del mundo. Vivió con dificultades económicas, cayó pronto en el olvido y no fue redescubierto y encumbrado hasta el siglo XIX. Hoy es enterrado en la Oude Kerk de Delft.

Otro gran pintor delftés fue Carel Fabritius, el discípulo más talentoso de Rembrandt y probable maestro o inspiración de Vermeer. Su carrera se truncó de golpe el 12 de octubre de 1654, el día del 'Trueno de Delft' (Delftse Donderslag): el polvorín municipal, que guardaba unas 40 toneladas de pólvora en un antiguo convento del Paardenmarkt, estalló por accidente. La explosión, oída a decenas de kilómetros, arrasó todo el noreste de la ciudad, mató a unas cien personas e hirió a miles, y destruyó cientos de casas. Fabritius, que vivía cerca, murió a los 32 años a causa de sus heridas, y con él se perdió gran parte de su obra. Delft se reconstruyó en pocos años, esta vez en ladrillo y piedra, y siguió creciendo, pero el desastre quedó grabado como la tragedia más grande de su historia después del asesinato de 1584.

La loza azul: cómo Delft imitó la porcelana china

La imagen más universal de Delft es su cerámica azul y blanca, el 'Delftsblauw' o loza de Delft. Su origen está directamente ligado al comercio del Siglo de Oro. Los barcos de la VOC traían de China una porcelana finísima, blanca con decoración azul (el llamado kraak), que en Europa se pagaba a precio de oro y que solo las clases altas podían permitirse. Los alfareros neerlandeses se propusieron imitarla con los medios locales.

No lograban la verdadera porcelana —les faltaba el caolín—, pero perfeccionaron una loza de barro cubierta con un esmalte blanco de estaño sobre el que pintaban a mano, en azul de cobalto, escenas chinas, paisajes holandeses, flores, molinos y barcos. El resultado, más barato que la porcelana oriental pero de gran belleza, se volvió un éxito rotundo. Cuando a mediados del siglo XVII las guerras en China interrumpieron la llegada de porcelana auténtica, la producción de Delft se disparó para llenar el hueco del mercado europeo. Ayudó también la crisis de la industria cervecera local: muchas cervecerías vacías, con sus grandes locales, se reconvirtieron en talleres de loza. Hacia 1700, en pleno apogeo, había en Delft más de 30 fábricas y talleres, y la 'porcelana de Delft' se exportaba a toda Europa como símbolo de lujo y buen gusto.

En el siglo XVIII, la competencia de la porcelana inglesa y alemana, más fina y barata, hundió poco a poco la industria delftesa. Una tras otra, las fábricas fueron cerrando. De todas aquellas del Siglo de Oro solo sobrevivió una, fundada en 1653: De Porceleyne Fles, hoy Royal Delft (Koninklijke Porceleyne Fles), que sigue produciendo loza pintada a mano, pieza por pieza, y mantiene viva una tradición de casi cuatro siglos. Es el último eslabón directo con la Delft del oro y el cobalto.

De la decadencia a la ciudad de la ingeniería

Tras el esplendor del siglo XVII, Delft vivió un largo declive. La República entró en decadencia, el comercio se desplazó a Ámsterdam y a Róterdam, la industria de la loza se apagó y la ciudad quedó al margen de las grandes transformaciones, casi dormida. Paradójicamente, ese estancamiento fue una bendición para su patrimonio: al no crecer ni derribar para modernizarse, Delft conservó casi intacto su casco histórico de canales y casas del Siglo de Oro, mientras otras ciudades se transformaban.

El renacimiento llegó por otro camino: la ciencia. En 1842, el rey Guillermo II fundó en Delft una Academia Real para formar a los ingenieros civiles que necesitaba el Estado y las colonias. Aquella institución fue creciendo hasta convertirse en la Technische Universiteit Delft (TU Delft), hoy la universidad técnica más grande de los Países Bajos y una de las mejores del mundo en ingeniería, arquitectura y ciencia aplicada. La presencia de decenas de miles de estudiantes le dio a la vieja ciudad de Vermeer una energía joven, internacional e innovadora que convive con sus canales medievales.

Hoy Delft es una síntesis feliz de esos mundos. Es, a la vez, la ciudad-museo del Siglo de Oro —con la tumba de Guillermo de Orange, los pasos de Vermeer y la loza azul— y una pujante ciudad universitaria y tecnológica. Su tamaño humano, su casco perfectamente conservado y su cercanía a La Haya y Róterdam la convierten en una de las escapadas más gratas de los Países Bajos: un lugar donde la historia que cambió el rumbo de una nación todavía se puede tocar en los agujeros de bala de una escalera.

📚 Bibliografía

← Volver a la guía de Delft