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Historia de Wanaka

Wānaka: el lago de los viajeros del pounamu

El lago que hoy atrae a caminantes y fotógrafos de todo el mundo fue durante siglos un punto de paso en una de las grandes redes de comercio de la Nueva Zelanda māori. Para el pueblo Ngāi Tahu, la iwi (tribu) que domina la Isla Sur, y para las tribus que lo precedieron (Waitaha y Kāti Māmoe, absorbidas luego por Ngāi Tahu), este lago era Wānaka, y formaba parte de un mundo de senderos estacionales que conectaban el interior montañoso con la costa.

Los māori no vivían todo el año junto al lago: el invierno del interior es duro. Venían en verano, en expediciones organizadas, para cazar aves (incluida la gran moa, antes de su extinción), pescar y recolectar mahika kai (recursos naturales y culturales, desde peces hasta plantas). Pero el gran motor de estos viajes era el pounamu, el jade neozelandés, el material más preciado de toda su cultura, con el que se hacían herramientas, armas y adornos sagrados como el hei-tiki. El pounamu solo se encontraba en la costa oeste (Te Tai Poutini), y Wānaka estaba en el camino: los ríos y valles de la región, especialmente el gran río Clutha / Mata-au que nace en el lago, eran rutas para llevar el jade de vuelta hacia el este y el sur.

Esa vida de tránsito estacional se interrumpió de forma abrupta y violenta. En 1836, una partida guerrera del norte —parte de las llamadas Guerras de los Mosquetes, que asolaron toda Nueva Zelanda cuando algunas iwi consiguieron armas de fuego europeas— llegó hasta la zona y atacó los campamentos. Tras la incursión, los Ngāi Tahu abandonaron sus asentamientos estacionales del lago Wānaka, y cuando llegaron los primeros europeos, pocos años después, encontraron un paisaje que parecía vacío, sin darse cuenta de que estaban pisando una tierra habitada y recorrida desde hacía siglos.

Las estancias, el oro y el pueblo llamado Pembroke

El primer europeo en ver esta región fue Nathanael Chalmers, guiado tierra adentro en 1853 por los jefes Reko y Kaikōura, el mismo Chalmers que también vio por primera vez el lago Wakatipu. Detrás de los exploradores vinieron, como en todo el interior de la Isla Sur, los runholders: colonos que tomaban enormes concesiones de tierra para criar ovejas. Desde la década de 1850, el valle alto del Clutha se fue llenando de grandes estancias (high country stations), y el paisaje de pastos y montañas empezó a poblarse de rebaños.

Como en tantos lugares de Otago, lo que aceleró todo fue el oro. En 1862 se descubrió oro en el cercano valle de Cardrona, y muchos mineros llegaron a probar suerte, dando vida a pequeños asentamientos en la zona. El sitio actual de Wanaka se relevó (survey) en 1863, y pronto surgió un pueblo para abastecer a mineros y estancieros. Curiosamente, apenas fundado con el nombre de Wanaka, el asentamiento fue rebautizado un mes después como Pembroke, en honor al hijo menor del conde de Pembroke, un noble británico sin ninguna relación con el lugar.

Durante décadas, el pueblo se llamó Pembroke y creció despacio como centro rural y de servicios, a la sombra del ocaso del oro. Recién en 1940 recuperó oficialmente su nombre original māori, Wanaka, devolviéndole al lugar el nombre que le habían dado sus primeros habitantes. Fue un cambio pequeño en los papeles, pero significativo: el reconocimiento de que la historia de este lago no empezaba con los colonos británicos, sino mucho antes, con los viajeros del pounamu.

La montaña, el parque nacional y el reconocimiento māori

Detrás de Wanaka se levanta un mundo de montañas que definió buena parte de su historia posterior: el macizo que culmina en el Tititea / Mount Aspiring (3.033 m), la 'Materhorn del sur', una de las cumbres más elegantes y codiciadas del país. A fines del siglo XIX y comienzos del XX, mientras el pueblo dormitaba como centro rural, estas montañas empezaron a atraer a exploradores, pastores de altura y los primeros montañistas, que abrieron rutas por valles glaciares casi inexplorados. La región se ganó, poco a poco, una fama de territorio de aventura seria, muy anterior a la del turismo masivo.

Esa riqueza natural se protegió formalmente en 1964, cuando se creó el Parque Nacional Mount Aspiring / Tititea, un vasto territorio de más de 3.500 km² de montañas, glaciares, valles y bosque nativo que rodea Wanaka por el norte y el oeste. Con el parque, la zona se consolidó como una de las grandes puertas de entrada al mundo alpino de la Isla Sur, con caminatas legendarias como la Routeburn (compartida con Fiordland), el Rob Roy Glacier o el ascenso al Roys Peak, y con el nombre māori Tititea ('pico reluciente') recuperando su lugar junto al europeo.

El reconocimiento de la historia māori de la región dio un salto decisivo en 1998, con el Ngāi Tahu Claims Settlement Act, uno de los grandes acuerdos del Tratado de Waitangi. Ese acuerdo reparó, aunque parcialmente, siglos de despojo: reconoció formalmente los agravios sufridos por Ngāi Tahu en toda la Isla Sur, incluyó una disculpa de la Corona, una compensación económica y, muy importante para lugares como Wanaka, la restauración de nombres māori y el reconocimiento del vínculo ancestral de la iwi con lagos, ríos y montañas. El lago Wānaka y su entorno dejaron de ser solo un paisaje 'descubierto' por colonos para volver a inscribirse en la larga memoria de los viajeros del pounamu que lo cruzaban rumbo a la costa del jade.

De pueblo tranquilo a capital de la calma alpina

Durante casi todo el siglo XX, Wanaka fue exactamente lo que su fama actual promete: un pueblo tranquilo. Mientras su vecina Queenstown, a una hora de montaña, se lanzaba a construir un imperio turístico de adrenalina, Wanaka siguió siendo sobre todo un destino de veraneo familiar neozelandés. Los kiwis venían con sus lanchas y sus carpas a pasar las vacaciones de verano junto al lago, en un ambiente relajado de bach (la casa de veraneo neozelandesa), pesca y baños en el agua fría. Era un secreto local, sin aeropuerto ni grandes hoteles.

Dos cosas cambiaron el destino de Wanaka en las últimas décadas. La primera fue el esquí: el desarrollo de las estaciones de Treble Cone (la más grande de la Isla Sur) y Cardrona convirtió a la región en una de las mejores bases de deportes de invierno del país, atrayendo esquiadores y snowboarders de Australia y del mundo, y llenando de vida el pueblo en la temporada fría. La segunda fue, sencillamente, la belleza del lugar y las redes sociales: el humilde sauce del lago, #ThatWanakaTree, y la vista desde Roys Peak se volvieron imágenes virales que dieron la vuelta al planeta y pusieron a Wanaka en el mapa de millones de viajeros.

Hoy Wanaka vive una tensión que le resulta familiar a muchos pueblos hermosos: cómo crecer sin perder el alma. El turismo y la migración de neozelandeses que buscan calidad de vida han disparado la población y los precios de la vivienda, y en temporada alta el pueblo se llena. Pero Wanaka sigue defendiendo, con cierto orgullo, su identidad de alternativa serena a Queenstown: el lugar donde se viene a caminar por las montañas del Parque Nacional Mount Aspiring, a esquiar, a tomar un café frente al lago sin apuro. En el fondo, sigue siendo lo que siempre fue: un lugar de paso obligado hacia la belleza, como cuando los viajeros del pounamu cruzaban sus orillas rumbo a la costa del jade.

📚 Bibliografía

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