Mucho antes de que los mapas europeos dibujaran fiordos y montañas, la vasta tierra que hoy llamamos Fiordland ya era conocida, nombrada y recorrida por los maoríes. Según la tradición, los primeros en llegar a la Isla Sur (Te Waipounamu) fueron los pueblos Waitaha, seguidos por Kāti Māmoe y finalmente por Ngāi Tahu, el iwi (nación tribal) que hoy tiene el reconocimiento oficial de mana whenua (autoridad ancestral) sobre casi toda la Isla Sur, incluida Fiordland. Para ellos, estos fiordos no eran un paisaje vacío, sino un territorio vivo cargado de significado, historia y recursos.
La cosmología maorí explica el origen de los fiordos con una de las historias más bellas del país: fue el gigante Tū Te Rakiwhānoa quien talló la costa a golpes de azuela (toki), creando los fiordos como lugares para que la gente pudiera vivir y encontrar refugio. El primero que hizo, dice la leyenda, fue Piopiotahi (Milford Sound), y las montañas y valles son la obra inacabada de esa titánica escultura. Este relato no es un simple mito: expresa un conocimiento profundo del paisaje y una relación espiritual con la tierra que se transmite de generación en generación.
Los maoríes viajaban a Fiordland siguiendo rutas estacionales, atravesando pasos de montaña y remando por lagos y fiordos en busca de recursos preciados: el pounamu (jade o piedra verde), material sagrado usado para herramientas y adornos; el tītī (pardela o muttonbird), un ave marina que se recolectaba como alimento; y el kai moana (marisco y pescado). Piopiotahi, el nombre maorí de Milford Sound, evoca al piopio, un ave hoy extinta, en una historia ligada al héroe Māui. Reconocer esta presencia y este conocimiento maorí milenario es el punto de partida imprescindible para contar la historia de Fiordland.
El primer europeo en avistar esta costa fue el capitán James Cook, durante sus viajes de exploración del Pacífico. En 1770, navegando frente a la costa de Fiordland, Cook observó la entrada de un fiordo pero decidió no entrar: temía que, una vez dentro, los vientos no le permitieran volver a salir a mar abierto. Por eso lo bautizó 'Doubtful Harbour' ('puerto dudoso'), nombre que derivó en el actual Doubtful Sound. La ironía es que Cook, tan meticuloso cartógrafo, dejó sin explorar uno de los fiordos más espectaculares por pura prudencia marinera. En un viaje posterior, en 1773, ancló en Dusky Sound, más al sur, en una de las primeras estancias prolongadas de europeos en Nueva Zelanda.
Tras Cook llegaron los cazadores de focas (sealers) y los balleneros, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, atraídos por las colonias de focas peleteras de los fiordos. Fue una época dura y violenta: los sealers establecieron campamentos temporales en lugares remotos, a veces quedando abandonados durante meses, y su explotación diezmó las poblaciones de focas. Estos primeros contactos también trajeron consecuencias para los maoríes, con intercambios comerciales pero también enfermedades y conflictos.
A mediados del siglo XIX, con la fiebre del oro que sacudió Otago y la costa oeste, algunos buscadores se aventuraron por los márgenes de Fiordland, aunque el terreno abrupto, la lluvia constante y la densa selva hicieron que la región permaneciera en gran medida inexplorada e inhabitada por los europeos. Fiordland era, y en buena parte sigue siendo, uno de los últimos grandes territorios salvajes del país: demasiado escarpado, húmedo y remoto para la colonización agrícola que transformó otras regiones.
La historia moderna de Milford Sound está ligada a un personaje singular: Donald Sutherland, un escocés aventurero y solitario apodado 'el ermitaño de Milford'. Sutherland se estableció en Milford Sound en 1877, convirtiéndose en su primer poblador europeo permanente, y vivió allí durante décadas explorando la zona. En 1880, junto con John Mackay, descubrió las espectaculares Sutherland Falls, una de las cascadas más altas de Nueva Zelanda (unos 580 metros), que llevan su nombre.
El paso que conecta el valle del río Clinton con el de Arthur —el Mackinnon Pass— fue cruzado por primera vez por Quintin McKinnon y Ernest Mitchell en 1888, abriendo la ruta que se convertiría en el legendario Milford Track. En 1908, un artículo en un periódico de Londres calificó a esta ruta como 'the finest walk in the world' ('la caminata más fina del mundo'), un apodo que la acompaña hasta hoy. El Milford Track, de 53,5 km, atraviesa valles glaciares, cascadas y el Mackinnon Pass, y sigue siendo una de las Great Walks más codiciadas del país, con cupo estrictamente limitado.
Mientras tanto, en la orilla del lago Te Anau, otro capítulo se abría bajo tierra: aunque los maoríes ya conocían la existencia de cuevas en la zona, las Te Anau Glowworm Caves (cuevas de luciérnagas) fueron 'redescubiertas' en 1948 por Lawson Burrows, tras seguir pistas en registros maoríes antiguos. Su apertura al turismo convirtió a Te Anau en un destino y consolidó al pueblo como la puerta de entrada a Fiordland. Poco a poco, lo que había sido un territorio impenetrable empezó a atraer a viajeros de todo el mundo, deseosos de ver con sus propios ojos la belleza sobrecogedora de los fiordos.
La protección formal de Fiordland llegó en el siglo XX. En 1952 se estableció el Fiordland National Park, que con más de 12.500 km² es el parque nacional más grande de Nueva Zelanda y uno de los mayores del mundo. Su creación reconoció lo que ya era evidente: que esta era una de las últimas grandes extensiones de naturaleza salvaje intacta del planeta, con valores ecológicos, geológicos y paisajísticos únicos. En 1990, Fiordland pasó a formar parte del Área de Patrimonio Mundial Te Wāhipounamu ('las aguas de la piedra verde'), junto con los parques nacionales de Aoraki/Mount Cook, Westland y Mount Aspiring, reconocida por la UNESCO por su valor natural excepcional.
Uno de los episodios más emocionantes de la historia natural de Fiordland ocurrió también en 1948, el mismo año del redescubrimiento de las cuevas: el takahē, un ave no voladora de plumaje azul y verde que se creía extinta desde hacía décadas, fue redescubierto vivo por el médico Geoffrey Orbell en las remotas montañas Murchison, cerca de Te Anau. Fue uno de los grandes acontecimientos de la conservación mundial: una especie dada por perdida que resucitaba en las montañas de Fiordland. Desde entonces, un intenso programa de conservación ha luchado por salvar al takahē de la extinción, y hoy se lo puede ver en el santuario de aves de Te Anau.
Fiordland es hoy un bastión de la biodiversidad neozelandesa: alberga poblaciones del kākāpō (el loro no volador nocturno, uno de los animales más raros del mundo), del kea (el loro alpino), pingüinos crestados de Fiordland, delfines mulares residentes en Doubtful Sound y focas. La lucha contra las especies invasoras (armiños, ratas, zarigüeyas) es constante para proteger a estas aves nativas. El parque combina así una naturaleza asombrosa con una de las historias de conservación más inspiradoras del planeta.
La historia de Fiordland no estaría completa sin reconocer el largo camino de reparación y resurgimiento del pueblo Ngāi Tahu. Durante el siglo XIX, las compras de tierras por parte de la Corona británica se hicieron a menudo de forma injusta, incompleta o incumpliendo lo prometido, despojando a Ngāi Tahu de gran parte de su territorio y sus recursos. Durante más de un siglo, el iwi reclamó reparación por estos agravios, en uno de los procesos de reclamación más largos de la historia del país.
Ese largo reclamo culminó en 1998 con el Ngāi Tahu Claims Settlement Act, un acuerdo histórico entre Ngāi Tahu y la Corona que incluyó una disculpa formal del Estado neozelandés, una compensación económica y el reconocimiento de la relación especial del iwi con lugares de gran valor cultural (los llamados tōpuni y statutory acknowledgements), muchos de ellos en Fiordland. El acuerdo devolvió a Ngāi Tahu un papel activo en la gestión y protección de su rohe (territorio) y reconoció oficialmente su condición de mana whenua sobre la Isla Sur. Nombres maoríes oficiales como Aoraki, Piopiotahi o Patea son parte de este reconocimiento y del resurgimiento del te reo māori (la lengua maorí).
Hoy, Fiordland vive un delicado equilibrio entre la conservación y el turismo. Milford Sound recibe cientos de miles de visitantes al año, y las autoridades trabajan para gestionar ese flujo sin dañar el frágil ecosistema ni la experiencia de naturaleza salvaje que hace único al lugar. Se debaten mejoras de infraestructura, límites de visitantes y una mayor integración del conocimiento y la voz de Ngāi Tahu en la gestión del parque. Para el viajero, saber que estos fiordos fueron tallados —según los ancestros— por el gigante Tū Te Rakiwhānoa, recorridos durante siglos por los maoríes en busca de pounamu, y protegidos hoy como Patrimonio Mundial, convierte un crucero por Milford o Doubtful en algo mucho más profundo que una simple excursión: es asomarse a una de las grandes historias naturales y humanas del planeta.