El lago Taupo no es un lago cualquiera: es la cicatriz, llena de agua, de una de las mayores explosiones de la historia de la Tierra. Bajo su superficie serena de 616 km² —del tamaño de Singapur— duerme un supervolcán que ha remodelado el centro de la Isla Norte una y otra vez a lo largo de milenios. Entender Taupo empieza por entender que uno está, literalmente, dentro del cráter.
La erupción más colosal fue la de Oruanui, hace unos 26.500 años: la mayor erupción volcánica del mundo en los últimos 70.000 años. Expulsó cientos de kilómetros cúbicos de material, cubrió gran parte de Nueva Zelanda de ceniza y colapsó el terreno, formando la caldera que hoy llena el lago. Miles de años después, hacia el año 232 d.C., la erupción de Hatepe volvió a estremecer la región con una de las erupciones más violentas registradas en la historia humana: su columna eruptiva alcanzó decenas de kilómetros de altura y sus flujos arrasaron el paisaje. Curiosamente, se cree que esa erupción tiñó cielos tan lejanos como los de la antigua China y Roma, donde cronistas describieron atardeceres rojos anómalos.
Esa herencia de fuego lo explica todo en Taupo: las cataratas Huka de agua turquesa, los campos humeantes de los Craters of the Moon y Wairakei, las aguas termales, la central geotérmica. El volcán sigue clasificado como activo, aunque su última erupción fue hace casi dos milenios. Para el viajero, saber que ese lago tranquilo es la boca dormida de un gigante añade una capa de asombro a cada paisaje de la región.
Mucho antes de que la ciencia midiera calderas y erupciones, los maoríes ya tenían su propia explicación —y su propio dominio— sobre esta tierra de fuego. La región de Taupo y las montañas del centro de la Isla Norte son el corazón del iwi Ngāti Tūwharetoa, uno de los grandes pueblos maoríes, cuyo linaje se remonta más de treinta generaciones y cuya autoridad (mana) sobre el lago y los volcanes es central en toda la historia de la zona.
Según la tradición, el gran navegante y tohunga (sacerdote) Ngātoroirangi, que llegó a Aotearoa en la canoa Te Arawa, exploró el interior de la Isla Norte y reclamó estas tierras. Un relato célebre cuenta que, atrapado por el frío mortal en las cumbres del Tongariro, Ngātoroirangi clamó a sus hermanas espirituales en Hawaiki que le enviaran fuego para salvarse. El fuego viajó bajo tierra desde el lejano Pacífico y emergió en una cadena de puntos volcánicos —el volcán de la isla White Island, Rotorua, Taupo, el Tongariro—, dando origen, según esta tradición, a toda la actividad geotermal de la región. Ese fuego ancestral es la explicación maorí de los géiseres y las fumarolas que la geología atribuye a la zona volcánica.
De Ngātoroirangi desciende Tūwharetoa, epónimo del iwi. El nombre completo del lago, Taupō-nui-a-Tia, honra a otro ancestro, Tia, que exploró la zona: significa 'la gran capa (o manto) de Tia'. Las tallas monumentales de Mine Bay, esculpidas en la roca a fines de los años 70, representan precisamente a Ngātoroirangi, recordando a todos que estas aguas y estas montañas tienen dueños ancestrales y un relato sagrado que precede en siglos a cualquier mapa europeo.
Los primeros europeos llegaron al interior de la Isla Norte en el siglo XIX, mucho después que a las costas. El explorador y misionero llegaron a la región del lago cuando Ngāti Tūwharetoa era una potencia consolidada. La firma del Tratado de Waitangi en 1840 —el acuerdo fundacional entre la Corona británica y los jefes maoríes— marcó el inicio formal de la relación con el Estado colonial, aunque en el interior el poder real siguió mucho tiempo en manos de los iwi. Durante las Guerras de Nueva Zelanda (New Zealand Wars) de las décadas de 1860 y 1870, la región vivió tensiones y conflictos, y en Taupo se instaló un puesto militar (redoubt) que dio origen al asentamiento europeo del actual pueblo.
El episodio más luminoso y visionario de esta época llegó en 1887. El jefe supremo de Ngāti Tūwharetoa, Te Heuheu Tūkino IV (Horonuku), enfrentaba una amenaza: la presión de los colonos para dividir y vender las tierras podía terminar fragmentando las cumbres sagradas de los volcanes Tongariro, Ngāuruhoe y Ruapehu, corazón espiritual de su pueblo. Para protegerlas de manera permanente, Horonuku tomó una decisión sin precedentes: donó las cimas de esas montañas a la Corona con la condición de que se conservaran como un parque protegido para toda la nación, maorí y pākehā por igual.
Aquel gesto —uno de los primeros ejemplos en el mundo de conservación liderada por un pueblo indígena— dio origen, en 1894, al Parque Nacional Tongariro, el primer parque nacional de Nueva Zelanda y el cuarto del planeta. Fue una forma brillante de blindar lo sagrado usando las propias herramientas legales del colonizador. Hoy ese parque, a un paso de Taupo, es Patrimonio de la Humanidad tanto por su naturaleza volcánica como por su valor cultural maorí, y sigue recordando la sabiduría de la decisión de Horonuku.
A fines del siglo XIX y comienzos del XX, Taupo empezó a transformarse en el destino que es hoy, impulsado por dos recursos: sus peces y su energía. La introducción de la trucha arcoíris y marrón en el lago y sus ríos, en las últimas décadas del siglo XIX, creó una pesquería de fama mundial. El lago Taupo se convirtió en uno de los mejores lugares del planeta para pescar truchas, atrayendo a pescadores deportivos de todo el mundo —incluidas figuras como el escritor estadounidense Zane Grey— y sentando las bases de la economía turística del pueblo, que aún hoy vive en buena parte de la pesca.
El otro gran recurso fue el vapor. En 1958 se inauguró en el cercano valle de Wairakei la central geotérmica de Wairakei, una de las primeras del mundo en generar electricidad a partir del vapor del subsuelo, pionera a nivel global. Su construcción alteró la presión de la zona y, entre otras cosas, intensificó la actividad de los Craters of the Moon, hoy una atracción. Taupo se afirmó así como capital de la energía geotermal del país, mostrando cómo la fuerza volcánica podía aprovecharse.
Con la mejora de las rutas que unen Auckland y Wellington —y que pasan por Taupo, en el centro exacto de la Isla Norte—, el pueblo creció como parada obligada de viajeros. A las cataratas Huka, el lago y las termas se sumaron, en las últimas décadas, las actividades de adrenalina que hicieron célebre a Nueva Zelanda: Taupo se convirtió en la capital mundial del paracaidismo, con saltos sobre el lago y los volcanes, y sumó bungy, jet boat y más. De pueblo de pescadores y puesto militar pasó a ser un centro de aventura y naturaleza de primer nivel.
El Taupo del siglo XXI combina el relax del lago con la energía de la aventura. Es un pueblo próspero y muy visitado, base ideal para explorar el centro de la Isla Norte: desde su costanera se sale a pescar truchas, a navegar hasta las tallas maoríes, a saltar en paracaídas o a caminar el legendario Tongariro Alpine Crossing, considerado la mejor caminata de un día del país. En invierno, las pistas de esquí del Ruapehu están a poco más de una hora. Todo eso hace de Taupo un destino de cuatro estaciones.
La presencia de Ngāti Tūwharetoa sigue siendo profunda y viva. El iwi mantiene su mana sobre el lago Taupo: en un acuerdo histórico, el lecho del lago y muchos de sus ríos son propiedad de Ngāti Tūwharetoa, que participa en su gestión y conservación. Las tallas de Mine Bay, la toponimia en te reo, las celebraciones culturales y el papel del iwi en la vida regional recuerdan que esta es, ante todo, tierra Tūwharetoa. El histórico gesto de Horonuku de 1887 se mantiene como símbolo de una relación entre pueblo y montaña que precede a cualquier turista.
Para el viajero, conocer esta historia enriquece cada paisaje. El lago sereno es la boca de un supervolcán que ayudó a moldear el país; el agua turquesa de las cataratas Huka y el vapor de los Craters of the Moon son manifestaciones del mismo fuego que, según Ngāti Tūwharetoa, envió Ngātoroirangi desde Hawaiki; y los volcanes que se ven al sur son un regalo que un jefe maorí hizo a la nación entera para protegerlos. Taupo es agua, adrenalina y volcanes, sí, pero también es una de las lecciones más elocuentes de cómo, en Aotearoa, la naturaleza y la cultura de los Primeros Pueblos son inseparables.