Para entender Taranaki hay que empezar por la montaña, porque en esta región el volcán no es un paisaje: es un ser vivo, un ancestro. Para las ocho iwi (tribus) māori del territorio —Te Ātiawa, Ngāti Maru, Ngāti Mutunga, Ngāti Ruanui, Ngāti Tama, Ngāruahine, Ngā Rauru y Taranaki iwi— el monte Taranaki es un tupuna, un antepasado del que descienden y con el que están unidos por whakapapa (genealogía). Un dicho tradicional lo resume: 'Ko Taranaki te maunga' ('Taranaki es la montaña'), la primera frase con la que muchos se presentan.
Una hermosa historia (pūrākau) explica su ubicación. Cuenta la tradición que Taranaki vivía antes en el centro de la Isla Norte, entre los otros grandes volcanes: Tongariro, Ngāuruhoe y Ruapehu. Taranaki se enamoró de Pīhanga, la montaña esposa de Tongariro, y estalló una batalla titánica entre los dos montes. Derrotado, Taranaki huyó hacia el oeste, herido y furioso, abriendo con su cuerpo el cauce del río Whanganui, hasta detenerse donde está hoy, mirando de espaldas a su rival, solitario junto al mar. Por eso el volcán está aislado, lejos de los otros, con un río que baja hacia el centro de la isla: es el rastro de su huida.
Durante siglos, las iwi vivieron a la sombra del maunga, en aldeas fortificadas (pā) a lo largo de la costa fértil, cultivando kūmara (batata), pescando y recolectando. La montaña era sagrada: se ascendía solo por razones rituales, y los muertos de alto rango eran llevados a sus laderas. Esa relación milenaria entre el pueblo y la montaña sería, siglos después, la base de una de las reparaciones históricas más notables de Nueva Zelanda.
El 11 de enero de 1770, el capitán James Cook avistó desde el mar el imponente cono nevado y lo bautizó Mount Egmont, en honor a John Perceval, segundo conde de Egmont, un lord del Almirantazgo británico. Con ese nombre europeo entró la montaña —y la región— en los mapas del imperio, borrando de un plumazo el nombre que le habían dado sus dueños durante generaciones. Fue el primer acto de una larga historia de despojo.
La colonización europea llegó en serio en 1841, cuando la New Plymouth Company, una filial de la New Zealand Company, fundó la ciudad de New Plymouth. El primer barco de colonos, el William Bryan, ancló frente a la costa el 31 de marzo de 1841, con 21 matrimonios, 22 adultos solteros y 70 niños, muchos de ellos provenientes de Devon y Cornualles, en el suroeste de Inglaterra (de ahí el nombre 'New Plymouth', por el puerto de Plymouth). Los colonos venían atraídos por la promesa de tierra fértil junto al volcán.
El problema era que esa tierra tenía dueños. Las compras de tierra a los māori fueron confusas, apresuradas y muchas veces fraudulentas, hechas a jefes que no tenían autoridad para vender o sin el consentimiento de toda la comunidad. La presión de los colonos por más tierra chocó de frente con la negativa de muchas iwi a desprenderse de su territorio ancestral. La tensión creció durante casi dos décadas, hasta que estalló en una de las guerras más largas y dolorosas de la historia neozelandesa.
En 1860 estalló la Primera Guerra de Taranaki, cuando el gobierno colonial intentó forzar la compra del bloque de Waitara pese a la oposición del jefe Wiremu Kīngi. El conflicto se extendió, con treguas y reanudaciones, durante más de dos décadas (las llamadas Guerras de Nueva Zelanda o New Zealand Wars), y Taranaki fue uno de sus epicentros más sangrientos. Miles de soldados imperiales y coloniales combatieron a las iwi, que resistieron con pā ingeniosos y tácticas de guerrilla.
En 1865, el gobierno cometió un acto de una injusticia descomunal: bajo el pretexto de castigar la 'rebelión', proclamó la confiscación de 1,2 millones de acres de tierra māori en Taranaki, incluyendo territorios de iwi que ni siquiera habían combatido. Fue un despojo masivo e indiscriminado que arrancó a los pueblos māori de sus tierras ancestrales y sembró un agravio que duraría más de un siglo.
Frente a la violencia, surgió en Taranaki una de las respuestas más notables de la historia mundial de la resistencia no violenta. En 1866, los líderes espirituales Te Whiti o Rongomai y Tohu Kākahi fundaron la aldea de Parihaka, al pie del volcán, y construyeron una comunidad próspera basada en la resistencia pacífica: cuando los agrimensores del gobierno venían a lotear las tierras confiscadas, los habitantes de Parihaka, sin violencia, araban los caminos y arrancaban las estacas de los topógrafos, dejándose arrestar por cientos. El 5 de noviembre de 1881, más de 1.500 soldados invadieron Parihaka. No encontraron resistencia: los niños los recibieron cantando y ofreciéndoles pan. Aun así, las tropas arrasaron la aldea, expulsaron a sus habitantes y arrestaron a Te Whiti y Tohu, que pasaron 16 meses presos sin juicio. Parihaka quedó como un símbolo mundial de la dignidad frente a la injusticia, medio siglo antes de Gandhi.
El siglo XX transformó a Taranaki en una región próspera, pero sobre las heridas del pasado. La ganadería lechera convirtió a la región en una de las cuencas de leche más ricas del país, con sus praderas verdes rodeando el volcán. Y en 1959 se descubrió gas y petróleo en el yacimiento de Kapuni, seguido por el enorme campo marino de Maui: Taranaki se volvió el corazón de la industria energética neozelandesa, con refinerías, plantas de gas y una economía pujante que impulsó a New Plymouth.
Mientras la región crecía, la ciudad se reinventaba como un destino cultural inesperado: heredó y celebró la obra de Len Lye, pionero mundial del arte cinético; construyó el premiado Coastal Walkway con su Wind Wand; y desarrolló uno de los mejores conjuntos de jardines botánicos del país. New Plymouth pasó de ser un puerto colonial a una ciudad de arte, surf y naturaleza a la sombra del volcán.
Pero la historia más importante de las últimas décadas es la reparación. Tras años de negociaciones y de acuerdos del Tratado de Waitangi con las distintas iwi (como el Taranaki Iwi Claims Settlement Act de 2016), el proceso culminó en enero de 2025 con una ley histórica: Te Pire Whakatupua mō Te Kāhui Tupua. La ley hizo dos cosas extraordinarias. Primero, devolvió al volcán su nombre māori: ya no es oficialmente Mount Egmont, sino Taranaki Maunga. Y segundo, le otorgó personalidad jurídica: la montaña y sus picos vecinos son ahora legalmente una persona, Te Kāhui Tupua, con derechos propios, representada por una entidad conjunta de las iwi y la Corona. Es el mismo camino que antes recorrieron el río Whanganui y el bosque de Te Urewera.
Con esa ley, la montaña ancestro dejó de ser 'propiedad' de nadie y volvió a ser lo que siempre fue para los māori: un tupuna vivo, con voz y derechos. Es el broche de una historia larga y dolorosa —del despojo de Waitara y la confiscación de 1865, del arado pacífico de Parihaka— que hoy se reescribe con reconocimiento y reparación. Cuando mirás el cono perfecto de Taranaki asomando entre las nubes, estás mirando, en el sentido más literal y legal, a un ancestro.