Mucho antes de que existieran los saltos de bungy y las góndolas, este lago de aguas frías y forma de rayo ya tenía nombre y dueños. Para el pueblo Ngāi Tahu, la principal iwi (tribu) de la Isla Sur, el lugar donde hoy está Queenstown es Tāhuna, que en te reo māori significa 'bajío' o 'playa de aguas poco profundas'. El lago es Whakatipu Waimāori, y su origen se cuenta en uno de los relatos más queridos de todo el sur de Nueva Zelanda.
Según la tradición Ngāi Tahu, un gigante malvado llamado Matau raptó a Manata, la hija de un jefe. El padre prometió a su hija en matrimonio a quien la rescatara, y un joven valiente llamado Matakauri fue tras ella. La encontró mientras el gigante dormía profundamente, la liberó y, para asegurarse de que Matau nunca volviera a molestar a nadie, le prendió fuego mientras dormía. El calor fue tan intenso que derritió la nieve de las montañas y el cuerpo del gigante se hundió en la tierra, dejando una enorme depresión con forma de 'S': las rodillas dobladas, la cabeza en un extremo, los pies en el otro. Esa depresión se llenó de agua y se convirtió en el lago Whakatipu.
Lo asombroso es que la geografía real acompaña la leyenda: el lago Wakatipu tiene, en efecto, una forma quebrada en 'S'. Y hay un detalle que los Ngāi Tahu explican con la historia: las aguas del lago suben y bajan unos 12 centímetros cada cierto tiempo, un fenómeno real (una oscilación llamada seiche, causada por el viento y la presión). Para la tradición, es el corazón de Matau, que todavía late en el fondo del lago. Los Ngāi Tahu no vivían de forma permanente en el lago, pero lo visitaban en expediciones estacionales para cazar aves y peces, recolectar y, sobre todo, buscar pounamu (jade o greenstone), el material más valioso de su cultura, con el que hacían herramientas y adornos sagrados. Toda la región de los lagos del sur era parte de su takiwā (territorio), atravesada por antiguas rutas de comercio del pounamu.
El primer europeo en ver el lago Wakatipu fue Nathanael Chalmers, en septiembre de 1853, guiado por Reko, un jefe māori, a través de las llanuras de Waimea. Pero el hombre que fundó Queenstown fue William Gilbert Rees, un pastoralista y explorador galés que en 1860 estableció una gran estancia ganadera de ovejas exactamente donde hoy está el centro de la ciudad. Rees construyó su casa mirando hacia lo que hoy es Queenstown Bay y tuvo apenas dos años de tranquilidad antes de que su vida cambiara para siempre.
En 1862 se descubrió oro en el río Arrow y en el Shotover, y estalló una de las fiebres del oro más frenéticas de la historia neozelandesa. El Shotover llegó a ser conocido como 'el río más rico del mundo' por la cantidad de oro que se sacaba. Miles de mineros llegaron de todas partes —incluidos muchos que venían de los yacimientos agotados de California y Victoria (Australia)— y el tranquilo valle ganadero de Rees se transformó de golpe en un hervidero. El propio Rees, con sentido práctico, convirtió su galpón de esquila en un hotel: el Queen's Arms, que todavía existe hoy como el elegante Eichardt's, frente al lago.
El pueblo creció a una velocidad vertiginosa. A comienzos de 1864 Queenstown ya tenía varios comercios, bares, una oficina de correos, un periódico local, iglesias anglicana y católica y un aserradero. El 5 de enero de 1863 el asentamiento adoptó oficialmente el nombre de Queenstown, probablemente en homenaje a Queenstown, en Irlanda (hoy Cobh), un puerto que había sido rebautizado tras una visita de la reina Victoria. En la fiebre del oro también llegaron miles de mineros chinos, que trabajaron los yacimientos abandonados por los europeos en condiciones durísimas y sufriendo un fuerte racismo; su historia se recuerda hoy en el conmovedor Chinese Settlement de Arrowtown, el pueblo minero vecino que se conservó como una cápsula del tiempo.
Cuando el oro superficial se agotó, hacia fines del siglo XIX, la fiebre se apagó tan rápido como había empezado. Muchos mineros se fueron y Queenstown se reconvirtió en un tranquilo pueblo de servicios rodeado de grandes estancias de ovejas (las high country stations), como Ben Lomond Station, que llegó a tener 32.000 acres. La economía pasó a girar en torno a la lana, la agricultura de montaña y un turismo incipiente de gente que venía a disfrutar del lago y las montañas.
El gran símbolo de esa época es el TSS Earnslaw, un vapor de carbón de doble hélice botado en 1912, apodado 'la Dama del Lago'. Antes de que hubiera buenas rutas, el Earnslaw era el cordón umbilical de la región: llevaba pasajeros, ovejas, correo y provisiones a las estancias remotas repartidas por las orillas del inmenso lago Wakatipu. Más de un siglo después, sigue navegando, ahora como una de las atracciones turísticas más queridas de la ciudad, cruzando a los visitantes hasta la estancia de Walter Peak.
Durante buena parte del siglo XX, Queenstown fue un destino de veraneo tranquilo y algo aislado, conocido por sus paisajes pero lejos del bullicio. La ciudad crecía lento, la población era pequeña y pocos habrían imaginado que ese pueblo de montaña, escondido entre lagos y estancias, estaba a punto de convertirse en la meca mundial de la adrenalina. El aislamiento que la había mantenido dormida terminaría siendo, paradójicamente, su mayor activo: montañas vírgenes, ríos salvajes y una naturaleza intacta esperando a una generación que buscara emociones fuertes.
El punto de inflexión tiene fecha y lugar precisos: el 12 de noviembre de 1988, en el histórico puente de Kawarau, a las afueras de Queenstown, el neozelandés AJ Hackett y el esquiador Henry van Asch abrieron el primer sitio de bungy jumping comercial del mundo. Hackett se había inspirado en los saltos rituales con lianas de los 'land divers' de la isla de Pentecostés (Vanuatu) y, tras un salto ilegal y espectacular desde la Torre Eiffel en 1987 que lo hizo famoso, buscó un lugar para comercializar la idea. El viejo puente colgante de Kawarau, sobre un cañón de aguas turquesas, resultó perfecto.
El bungy fue apenas el comienzo. Sobre esa base, Queenstown se reinventó por completo como la 'capital mundial de la aventura'. En pocos años florecieron el jet boat por los cañones del Shotover (aprovechando otra invención neozelandesa), el rafting, el paracaidismo, el parapente, la tirolesa y decenas de otras formas de asustarse por dinero. La ciudad supo vender no solo la adrenalina, sino el escenario incomparable en el que ocurre: cada salto, cada vuelo y cada descenso tiene de fondo el lago y las montañas de The Remarkables.
Al mismo tiempo, Queenstown desarrolló una fuerte industria del esquí (Coronet Peak, The Remarkables, Cardrona y Treble Cone cerca), una escena gastronómica y vitivinícola de primer nivel —Central Otago es hoy la región de Pinot Noir más austral y prestigiosa del mundo— y un turismo cinematográfico enorme: los paisajes de Glenorchy y alrededores aparecen en El Señor de los Anillos, El Hobbit, Las Crónicas de Narnia y Mission: Impossible, entre muchas otras. La ciudad se volvió también un imán para el trabajo estacional de jóvenes de todo el mundo.
Ese éxito trajo sus propias tensiones. El crecimiento explosivo disparó los precios: en 2022 una casa promedio en el distrito de los Lagos superaba los NZ$1,7 millones y alquilar tres dormitorios costaba desde NZ$800 por semana, lo que generó una aguda crisis de vivienda para los trabajadores que sostienen el turismo. La masificación y la presión sobre el medio ambiente son debates constantes. Hoy Queenstown vive el desafío de cualquier lugar demasiado exitoso: cómo seguir creciendo sin destruir aquello que la hizo mágica. Y, cada vez más, cómo devolver protagonismo a la historia y la cultura Ngāi Tahu, los verdaderos tangata whenua (dueños de la tierra) del lago del gigante dormido, cuyo nombre —Tāhuna— vuelve poco a poco a escucharse junto al de la reina que le dio su nombre europeo.