Antes de la historia humana, Punakaiki es una historia de piedra, agua y tiempo profundo. Las Pancake Rocks -esas formaciones que parecen pilas de panqueques apiladas- nacieron hace unos 30 millones de años, cuando en el fondo del mar se depositaron capa tras capa de restos de organismos marinos y sedimentos, que se comprimieron formando caliza. Con el tiempo, movimientos tectónicos elevaron esos estratos sobre el nivel del mar, y la erosión del océano, la lluvia y el viento hicieron el resto.
El fenómeno que da a Punakaiki su aspecto tan peculiar se llama 'stylobedding', y sigue sin estar del todo explicado por los geólogos: por razones aún debatidas, la caliza se erosiona de forma diferencial en capas horizontales, tallando las delgadas láminas que parecen panqueques. El mar de Tasmania, uno de los más bravos del planeta, se encargó de esculpir el resto: cavernas, arcos, chimeneas y los famosos blowholes -respiraderos por donde, con marea alta y oleaje, el agua estalla hacia arriba en chorros y bramidos-.
Ese espectáculo -la fuerza del océano rugiendo entre la piedra estratificada, con el bosque de palmeras nikau detrás- es lo que atrae a los visitantes a Dolomite Point. Pero la geología es solo la primera capa. Sobre esta costa dramática, batida por el mar y cubierta de selva templada, se desplegó también una larga historia humana, empezando por los pueblos que conocieron esta costa mucho antes de que nadie la llamara 'panqueques'.
La costa oeste de la Isla Sur -Te Tai Poutini en te reo māori- tiene un valor especial en el mundo maorí: es la tierra del pounamu, el jade o piedra verde (greenstone) que fue el material más precioso de la cultura maorí. Con el pounamu se hacían herramientas, armas -como las temidas mere-, y adornos sagrados como los hei-tiki, cargados de mana (prestigio espiritual). El jade era tan valioso que se comerciaba a lo largo y ancho del país y motivaba expediciones y rutas a través de los pasos alpinos.
La región de Paparoa, donde está Punakaiki, formaba parte de este territorio del pounamu. Los tangata whenua (gente de la tierra) de esta parte de la costa son Ngāti Waewae, un hapū (subtribu) de Ngāi Tahu, el gran iwi de la Isla Sur. Ngāti Waewae eran guardianes y comerciantes del jade, y su conocimiento de los ríos, playas y montañas de la costa oeste -dónde encontrar la piedra, cómo trabajarla, qué sitios eran sagrados- se transmitió durante generaciones.
La costa oeste era, además, una tierra dura y exigente: lluviosa, cubierta de selva densa, con ríos caudalosos y un mar peligroso. Vivir y viajar por Te Tai Poutini requería un conocimiento profundo del entorno. Cuando los europeos llegaron buscando oro y madera, encontraron una costa que para ellos parecía salvaje y vacía, pero que los maoríes conocían íntimamente desde hacía siglos, como fuente del tesoro verde más codiciado de su mundo.
La llegada europea a la costa oeste, a mediados del siglo XIX, estuvo marcada por la fiebre. La fiebre del oro de la década de 1860 atrajo a miles de buscadores a los ríos y playas de Te Tai Poutini: pueblos surgieron de la noche a la mañana, se levantaron campamentos, y la costa -antes remota- se pobló de mineros de Europa, Australia y China en busca de fortuna. La región de Paparoa y sus alrededores vivieron ese frenesí, con explotaciones auríferas en ríos y terrazas.
Cuando el oro se agotó, llegó el carbón. La costa oeste resultó tener enormes yacimientos de carbón de alta calidad, y la minería carbonífera se convirtió en el sostén económico de la región durante más de un siglo, con pueblos mineros, ferrocarriles y puertos dedicados a sacar el mineral. Al mismo tiempo, la industria maderera explotaba los bosques de tierras bajas, con caminos de tala que penetraban valles que mucho después serían protegidos. Fue una era de trabajo duro, comunidades resilientes y una relación intensa -y a menudo destructiva- con una naturaleza generosa pero peligrosa.
Esa herencia minera dejó marcas por toda la región: restos de infraestructura, pueblos fantasma, memorias de accidentes. La costa oeste forjó una identidad propia, orgullosa y ruda, la de la gente de la 'Coast': independiente, curtida por el clima y el trabajo. Punakaiki, con su asentamiento pequeño junto al mar bravo, es parte de ese mundo de la costa oeste, donde la belleza salvaje del paisaje convive con una historia de esfuerzo humano y, a veces, de tragedia.
A medida que avanzaba el siglo XX, la mirada sobre esta costa fue cambiando: lo que antes era un recurso a explotar empezó a verse como un patrimonio natural a proteger. En 1987, la extraordinaria combinación de paisajes de caliza, bosque templado, ríos color jade, cuevas y costa salvaje llevó a la creación del Parque Nacional Paparoa, el duodécimo parque nacional del país, específicamente para proteger este entorno único. Punakaiki y sus Pancake Rocks quedaron en el corazón del nuevo parque.
Pero la historia minera de la región tuvo un capítulo final trágico. El 19 de noviembre de 2010, una serie de explosiones en la mina de carbón de Pike River, en tierras adyacentes al parque, mató a 29 hombres. Fue el peor desastre minero de Nueva Zelanda en casi un siglo, y una herida profunda para la comunidad de la costa oeste y para todo el país. Los cuerpos de la mayoría de los mineros nunca pudieron ser recuperados de forma segura, y el caso desató años de investigación, dolor y reclamos de justicia por parte de las familias.
De esa tragedia surgió, con el tiempo, un homenaje vivo. En 2015 se amplió el Parque Nacional Paparoa, incorporando unas 3.580 hectáreas que incluían Pike River y sus alrededores. Esa ampliación hizo posible la creación de la Paparoa Track, inaugurada el 1 de diciembre de 2019 como el Great Walk más nuevo de Nueva Zelanda y el primero diseñado tanto para caminantes como para ciclistas. El sendero incorpora el Pike29 Memorial Track, en memoria de los 29 mineros: caminar o pedalear por él es, también, un acto de recuerdo.
El Punakaiki contemporáneo es una de las paradas imperdibles de la costa oeste y de cualquier road trip por la Isla Sur. El paseo a las Pancake Rocks -corto, gratuito y accesible- atrae a viajeros de todo el mundo que llegan a ver las formaciones de caliza y, con suerte y buena marea, los blowholes rugiendo. Alrededor, el Parque Nacional Paparoa ofrece el Truman Track hasta una playa salvaje, el Pororari River Track por su desfiladero de aguas color jade, la Paparoa Track para los más aventureros, y aventuras de cuevas y cañoning en la caliza.
Es, además, un lugar de fauna: el petrel de Westland (tāiko), especie endémica, anida en esta costa y regresa a sus colonias al anochecer; el bosque de nikau y rātā alberga aves nativas; y el mar de Tasmania pone su espectáculo permanente de oleaje y luz. La Great Coast Road (SH6) que pasa por Punakaiki está considerada una de las carreteras costeras más bellas del planeta. Recientemente, el DOC introdujo una tarifa de estacionamiento en las Pancake Rocks -señal de cómo gestionar la creciente afluencia sin dañar el sitio-.
Y bajo la postal, la historia sigue presente en todas sus capas: los 30 millones de años de la piedra; el pounamu sagrado de Ngāti Waewae y Ngāi Tahu; el oro, el carbón y la tala que forjaron la identidad ruda de la costa oeste; la tragedia de Pike River convertida en memoria viva sobre un sendero. Punakaiki no es solo una curiosidad geológica: es una ventana a la fuerza de la naturaleza y a la larga, dura y hermosa historia de Te Tai Poutini, la costa del jade.