Antes de llamarse Nelson en honor a un almirante británico, esta bahía soleada del extremo norte de la Isla Sur era Whakatū, un lugar habitado y valorado por los maoríes durante siglos. El puerto natural -Te Whakatū, Nelson Haven- protegido por un largo espigón de arena, y las llanuras fértiles regadas por el río Maitai eran ricas en recursos: pesca, mariscos, aves, y acceso a las rutas del pounamu (jade) de la costa oeste. El clima luminoso y templado hacía de la zona un buen sitio para vivir.
La región de Te Tau Ihu, 'la proa de la canoa de Māui' (el norte de la Isla Sur), fue habitada por sucesivos pueblos. Iwi como Ngāti Kuia, Ngāti Apa y Rangitāne tienen raíces antiguas en la zona. A comienzos del siglo XIX, en el marco de las grandes migraciones lideradas desde el norte por Te Rauparaha y sus aliados durante las guerras del mosquete, llegaron y se establecieron otros iwi: Ngāti Koata, Ngāti Rārua, Ngāti Tama y Te Ātiawa. Todos estos pueblos son hoy tangata whenua (gente de la tierra) de la región de Nelson.
Cuando los europeos llegaron en 1841, el sitio de la futura ciudad no tenía residentes maoríes permanentes, pero sus recursos eran aprovechados estacionalmente por varios iwi, que tenían derechos y presencia en toda la zona. Esa distinción -entre un lugar 'sin habitantes fijos' y un territorio con dueños- estaría en el centro de los conflictos que vendrían. La tierra que la New Zealand Company creía comprar libremente era, en realidad, parte de un paisaje maorí complejo y disputado.
Nelson nació de un proyecto de colonización sistemática. La New Zealand Company, la misma empresa que había fundado Wellington, buscaba establecer asentamientos organizados en los que se vendía tierra a inversores en Inglaterra antes incluso de haberla asegurado. En 1841, el capitán Arthur Wakefield lideró una expedición para encontrar el sitio de la segunda colonia de la Company y eligió las llanuras del río Maitai, junto a Nelson Haven, tras descartar otras opciones.
El barco Arrow entró al puerto el 1 de noviembre de 1841, y el asentamiento se bautizó Nelson en honor al almirante Lord Nelson, héroe de Trafalgar; muchas de sus calles llevan nombres ligados a sus campañas navales. La colonia se fundó formalmente con la llegada de los primeros barcos de colonos: el Fifeshire arribó el 1 de febrero de 1842, seguido por el Mary Ann. Para abril de 1842, la ciudad ya estaba trazada, con 1.100 parcelas de un acre numeradas que los inversores o sus agentes elegían según un orden decidido por sorteo en Londres.
El problema de fondo era la tierra. La Company necesitaba mucha más tierra de la que legítimamente había adquirido para satisfacer a sus inversores, y presionó para expandirse sobre territorios cuya compra era, en el mejor de los casos, dudosa. Los maoríes de la región no habían vendido -ni pensaban vender- buena parte de esas tierras. La ambición de la Company y la desatención a los derechos maoríes crearon una tensión que pronto estallaría en violencia.
El 17 de junio de 1843 ocurrió, en el valle de Wairau -al este de Nelson, en lo que hoy es Marlborough-, el primer choque armado serio entre colonos británicos y maoríes tras la firma del Tratado de Waitangi, y el único que tuvo lugar en la Isla Sur. Fue un episodio traumático para la joven colonia de Nelson y un aviso brutal de las consecuencias de ignorar los derechos maoríes sobre la tierra.
La New Zealand Company reclamaba tierras en el valle de Wairau que los jefes ngāti toa Te Rauparaha y Te Rangihaeata consideraban suyas y no vendidas. Cuando agrimensores de la Company empezaron a medir el valle, los jefes los expulsaron pacíficamente y quemaron una choza construida con material del lugar. En respuesta, un magistrado y el capitán Arthur Wakefield encabezaron una partida armada de colonos de Nelson para 'arrestar' a Te Rauparaha por incendio. En el enfrentamiento que siguió, un disparo -que mató a Te Rongo, esposa de Te Rangihaeata- desató la tragedia: murieron 22 colonos, varios de ellos ejecutados tras rendirse, incluido el propio Arthur Wakefield, y cuatro maoríes.
La investigación oficial posterior, encabezada por el gobernador Robert FitzRoy, concluyó que los colonos de la Company habían actuado ilegalmente al intentar arrestar a los jefes por una disputa de tierras que no les correspondía, y no culpó a los maoríes. Fue un veredicto sorprendente para la época y muy impopular entre los colonos, pero jurídicamente sólido. El enfrentamiento de Wairau marcó a fuego a Nelson, frenó temporalmente la expansión de la Company y dejó en claro que la colonización no sería el proceso pacífico y ordenado que sus promotores imaginaban.
A pesar del golpe de Wairau y de las dificultades económicas de la New Zealand Company, Nelson sobrevivió y se consolidó. Los colonos, muchos de ellos artesanos, agricultores y disidentes religiosos, se aferraron a su tierra soleada. La colonia diversificó su economía con la agricultura, la fruticultura -las manzanas y el lúpulo encontraron aquí un clima ideal-, la ganadería y, más tarde, la minería en la región. El puerto sirvió al comercio, y la ciudad fue ganando instituciones: escuelas, iglesias, el histórico Nelson College.
En 1858, Nelson recibió su carta de ciudad por decreto real, convirtiéndose en la segunda ciudad más antigua de Nueva Zelanda y la más antigua de la Isla Sur. La construcción de la Christ Church Cathedral sobre la colina del centro -en varias etapas a lo largo de décadas- le dio su hito arquitectónico más reconocible. Nelson se desarrolló como una ciudad de escala humana, próspera pero sin la agitación de los grandes centros, con una fuerte tradición educativa y una vida cultural notable para su tamaño.
El siglo XX trajo consolidación y también los primeros pasos hacia la reparación histórica. El sistema de las 'Nelson Tenths' -las reservas del 10% de la tierra que la Company debía haber apartado para los maoríes y que en gran medida nunca se respetaron- se convirtió en uno de los agravios que, mucho después, el Tribunal de Waitangi examinaría. La ciudad soleada creció sobre una historia de despojo que recién en las últimas décadas empezó a reconocerse plenamente.
El Nelson contemporáneo es una de las ciudades con más personalidad de Nueva Zelanda: soleada, relajada, creativa y sabrosa. Su fama de ciudad más soleada del país -más de 2.500 horas de sol al año- sostiene una vida al aire libre de playas, mercados y viñedos, y un clima ideal para la fruta, el lúpulo y la vid. Es la capital neozelandesa de la cerveza artesanal y un importante centro vitivinícola y de horticultura, además de puerta de entrada a tres parques nacionales: Abel Tasman, Kahurangi y Nelson Lakes.
Pero lo que más distingue a Nelson es su alma artística. Aquí nació en 1987 el World of WearableArt, el extraordinario concurso de arte usable que hoy deslumbra en Wellington, y la ciudad sigue siendo un imán para artistas: ceramistas, sopladores de vidrio, joyeros del jade, pintores. Galerías como The Suter, el mercado de los sábados y decenas de estudios de artesanos por toda la región mantienen viva esa reputación. La luz de Nelson -esa que atrajo a los creadores- es también la que atrae a los viajeros.
Y la historia sigue en diálogo. El settlement del Tribunal de Waitangi para los iwi de Te Tau Ihu, alcanzado en años recientes, reconoció los agravios históricos -incluidos los de las Nelson Tenths y de Wairau- y devolvió a los pueblos maoríes de la región un lugar más justo en el relato. Whakatū vuelve a ser nombrada; la cultura de Ngāti Koata, Ngāti Rārua, Ngāti Tama, Te Ātiawa y los demás iwi recupera visibilidad. La ciudad más antigua de la Isla Sur, soleada y creativa, aprende a contar toda su historia.