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Historia de Milford Sound

Piopiotahi: el pájaro que voló al fiordo en duelo

Antes de que ningún europeo pusiera un pie —o un remo— en estas aguas negras, el fiordo ya tenía un nombre cargado de tristeza y de mito: Piopiotahi. Para el pueblo Ngāi Tahu, la principal iwi (tribu) de la Isla Sur y tangata whenua (dueños de la tierra) de todo Fiordland, este lugar guarda una de las historias más poéticas de su cosmología. 'Piopiotahi' significa, literalmente, 'un solo piopio'. El piopio era un ave nativa parecida a un tordo, hoy tristemente extinta. Según la tradición, cuando el gran héroe y semidiós Māui murió en su intento de conquistar la inmortalidad para la humanidad, un único piopio voló hasta este fiordo remoto para llorar su muerte. El nombre es, entonces, un monumento al duelo por el sueño imposible de vencer a la muerte.

Los Ngāi Tahu no vivían de forma permanente en el fiordo —el clima es extremo y la lluvia, brutal—, pero lo conocían íntimamente y lo usaban como un corredor estacional. Venían por mar y por tierra en busca de recursos, y sobre todo de un tesoro: el pounamu (jade o greenstone), el material más sagrado de la cultura māori. En Anita Bay, cerca de la boca del fiordo, había un afloramiento de takiwai, una variedad translúcida de pounamu muy valorada para colgantes y adornos. Las rutas de comercio del jade cruzaban toda la Isla Sur, y este rincón salvaje era uno de sus nudos.

Que el fiordo lleve hoy oficialmente el nombre dual de Milford Sound / Piopiotahi no es casual. En 1998, tras años de reclamos, el gobierno neozelandés firmó con Ngāi Tahu un histórico acuerdo del Tratado de Waitangi que, entre muchas reparaciones, restauró los nombres māori de unos 90 lugares de la Isla Sur, reconociendo por fin la profundidad de la conexión entre esta iwi y su tierra. Piopiotahi volvió a figurar en los mapas junto al nombre europeo, y con él, la memoria del pájaro en duelo.

Grono, Sutherland y los primeros europeos

Curiosamente, uno de los fiordos más impresionantes del mundo pasó casi desapercibido para los primeros exploradores europeos. James Cook, que recorrió esta costa en 1770 y 1773, navegó frente a la entrada de Milford pero no entró: la boca del fiordo es estrecha y engañosa, y desde el mar parece una simple hendidura en los acantilados. Cook siguió de largo, sin sospechar la maravilla que se escondía detrás.

El primer europeo del que se tiene registro que sí entró fue el sellador (cazador de focas) galés John Grono, alrededor de 1823. Grono, que venía de las islas del Pacífico persiguiendo focas, encontró refugio en el fiordo y lo bautizó Milford Haven, en honor a Milford Haven, el puerto de su Gales natal. Con el tiempo, el nombre derivó en Milford Sound. Durante décadas, el fiordo siguió siendo territorio casi exclusivo de selladores y balleneros que aprovechaban su abrigo natural.

El personaje que le puso rostro humano a Milford fue Donald Sutherland, un aventurero escocés de vida novelesca —había sido soldado y buscador de fortuna— que en 1877 se instaló en el fiordo dispuesto a vivir en soledad. Se lo conoció como 'el ermitaño de Milford'. Sutherland exploró la zona, descubrió las espectaculares cataratas que hoy llevan su nombre (Sutherland Falls, de las más altas del país) y, junto al guía Quintin McKinnon, empezó a llevar a los primeros turistas por lo que se convertiría en la célebre Milford Track. Para fines del siglo XIX, las historias sobre la belieza sobrenatural de Piopiotahi ya se contaban en todo el mundo, y llegó incluso a oídos de Rudyard Kipling, que lo consagró como 'la octava maravilla del mundo'.

Cavar una montaña: el Homer Tunnel y el camino a Milford

Durante casi toda su historia moderna, Milford Sound solo se podía alcanzar a pie, por la extenuante Milford Track de varios días, o por mar. Llegar en auto era imposible: entre el mundo habitado y el fiordo se levantaba la muralla de la cordillera de los Darran, sin paso posible. La idea de abrir un camino parecía una locura, hasta que un hombre se obsesionó con ella.

En 1889 se identificó un punto donde la montaña era más 'delgada': la divisoria entre los valles del río Hollyford y el río Cleddau. Pero recién en 1935, en plena Gran Depresión, el gobierno neozelandés puso en marcha el proyecto para atravesarla con un túnel, en parte como plan de trabajo para desempleados. La obra fue épica y trágica. Cuadrillas de hombres empezaron a excavar el granito durísimo a mano, con picos, palas y explosivos, viviendo en campamentos aislados bajo lluvias torrenciales y avalanchas que mataron a varios trabajadores. El avance era de pocos metros por mes.

El Homer Tunnel —bautizado así por William Homer, uno de los primeros en proponer la ruta— tardó 19 años en completarse. Interrumpido por la Segunda Guerra Mundial y por las condiciones brutales, recién se abrió al tráfico en 1954: 1,2 km de túnel oscuro, angosto y en pendiente, excavado en el corazón de la montaña. De golpe, Milford Sound quedó conectado por carretera con Te Anau y el resto del país, y el fiordo dejó de ser un privilegio de caminantes y marineros para volverse accesible a cualquiera con un auto.

El túnel cambió Milford para siempre, pero no lo domesticó del todo: sigue siendo de una sola mano regulada por semáforos, la ruta que lleva a él se cierra a menudo en invierno por peligro de avalanchas, y el fiordo conserva su carácter salvaje. Cada visitante que hoy cruza el Homer Tunnel en pocos minutos pasa, sin saberlo, sobre el esfuerzo y las vidas de los hombres que le abrieron paso a la montaña.

De maravilla escondida a Patrimonio de la Humanidad

El siglo XX transformó a Milford Sound de secreto de exploradores en uno de los íconos turísticos de Nueva Zelanda, pero también trajo una creciente conciencia de que había que protegerlo. En 1952 se creó el Parque Nacional Fiordland, hoy el más grande del país con más de 12.500 km², un territorio inmenso de fiordos, montañas, lagos y selva templada casi virgen. Milford es apenas su rincón más famoso y accesible.

El reconocimiento culminó en 1990, cuando Fiordland pasó a formar parte de Te Wāhipounamu – South West New Zealand, un área declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO por sus valores naturales excepcionales: paisajes glaciares de importancia mundial, bosques antiguos y especies únicas como el kea (el loro alpino más inteligente del mundo), el takahē (un ave que se creyó extinta y se redescubrió en Fiordland en 1948) y el raro pingüino de Fiordland. El nombre 'Te Wāhipounamu' significa 'el lugar del pounamu', un guiño directo a la conexión ancestral māori con esta tierra.

Hoy Milford Sound / Piopiotahi recibe entre medio millón y un millón de visitantes por año, lo que plantea un desafío enorme: cómo compartir un lugar tan frágil y sagrado con tanta gente sin arruinarlo. Se debaten límites al número de barcos, mejoras en la ruta y una gestión que respete tanto la naturaleza como los valores Ngāi Tahu. La iwi, socia en la administración del área, impulsa una visión de 'reimaginar Piopiotahi' que ponga en el centro la historia y la espiritualidad māori del fiordo, no solo su postal. Porque detrás del pico Mitre y las cascadas hay una historia mucho más honda: la del pájaro que voló hasta aquí a llorar, la del jade sagrado, la de los hombres que cavaron una montaña, y la de un lugar que sigue recordándonos lo pequeños que somos frente a la naturaleza.

📚 Bibliografía

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