En el extremo sur de Nueva Zelanda, donde el continente se disuelve en el océano Antártico, hay una isla cuyo nombre māori lo dice todo: Rakiura, 'los cielos que brillan', en referencia a la aurora austral que a veces incendia sus noches. Es la tercera isla del país, y también una de las más antiguamente habitadas: la arqueología indica que fue ocupada ya en el siglo XIV, poco después de que los māori se asentaran en la Isla Sur.
Según la tradición, los primeros en llegar fueron los Waitaha, seguidos por los Kāti Māmoe y, más tarde, por Kāi Tahu (Ngāi Tahu), el iwi que llegaría a tener autoridad tradicional sobre casi toda Te Waipounamu (la Isla Sur) y sus islas. Hay otra explicación poética para el nombre: algunos dicen que Rakiura es la forma abreviada de 'Te Rakiura a Te Rakitamau', el 'gran rubor de Rakitamau', por la vergüenza de un jefe rechazado al pedir en matrimonio a dos hijas de un jefe local. Sea cual sea el origen, el nombre habla de cielos, luz y leyenda.
Para los māori, Rakiura no era un lugar de paso, sino un territorio rico y valioso, sobre todo por un recurso extraordinario que definiría su historia durante siglos: el tītī, el ave que en las islas vecinas se convertiría en el corazón de la vida de Rakiura Māori.
Alrededor de la Isla Stewart, sobre todo en las costas noreste y suroeste, hay tres grupos de islotes conocidos colectivamente como las Islas Tītī o Muttonbird Islands. Allí anida en enormes colonias la pardela sombría (sooty shearwater, Ardenna grisea), el ave que los māori llaman tītī y los europeos 'muttonbird'. Cada otoño, los pichones gordos y listos para volar son cosechados en una tradición estacional que Rakiura Māori practican desde tiempos inmemoriales: el 'muttonbirding' o hopu tītī.
Esta cosecha es mucho más que una fuente de alimento: es un pilar de la identidad, el calendario y el derecho consuetudinario de Kāi Tahu en el sur. Y tiene una particularidad histórica notable: cuando en el siglo XIX la Corona compró casi toda la tierra māori del sur, las Islas Tītī quedaron reservadas para Rakiura Māori, que conservaron el derecho exclusivo a cosechar los tītī. Es una de las pocas excepciones a la lógica colonial de despojo: el acceso a las islas de aves quedó, y sigue, en manos de las familias con whakapapa (genealogía) que las conecta a ellas.
Hasta hoy, cada temporada, los 'birders' con derechos hereditarios viajan a estos islotes -cerrados al público- para continuar la práctica bajo reglas estrictas de manejo sostenible. El muttonbirding es un ejemplo vivo de cómo un pueblo mantuvo su relación con el territorio y sus recursos a lo largo de la colonización, un hilo que conecta el siglo XIV con el presente sin romperse.
El contacto europeo con Rakiura empezó, como en gran parte del sur, con la explotación de sus recursos marinos. A comienzos del siglo XIX, cazadores de focas (sealers) llegaron al estrecho de Foveaux y a las costas de la isla atraídos por las colonias de lobos y elefantes marinos, cuyas pieles se vendían a buen precio en los mercados de China y Europa. Fueron algunos de los primeros europeos en pisar estas costas, y su caza fue tan intensa que casi extinguió a las focas del sur en pocas décadas.
Tras los foqueros vinieron los balleneros, y con ellos, como en Ōtākou y en toda la región, se formaron pequeñas comunidades mixtas: hombres europeos que se casaban con mujeres māori y echaban raíces en la isla, dando origen a familias cuyos descendientes son parte de la comunidad de Rakiura hasta hoy. La isla recibió su nombre inglés, Stewart Island, por William Stewart, un oficial que cartografió parte de su costa a comienzos del siglo XIX.
Más tarde, la economía de la isla giró hacia la madera. Durante décadas, los aserraderos explotaron los bosques de rimu y otras maderas nativas, y hubo también minería, pesca y hasta un intento de industria del estaño. Pequeños asentamientos surgieron y desaparecieron. Pero Rakiura, remota y de clima duro, nunca se pobló masivamente: su aislamiento, que en otros lugares fue una desventaja, aquí terminó preservando una naturaleza que en el resto del país se perdió.
El siglo XX marcó un cambio profundo en la relación de Rakiura con su naturaleza: de la explotación a la conservación. A medida que los aserraderos cerraban y la industria maderera declinaba, la isla empezó a valorarse por lo que la hacía única: sus bosques intactos, sus aves y su condición de refugio libre de muchos de los depredadores introducidos que devastaron la fauna del continente.
Un hito clave fue Ulva Island, en Paterson Inlet, que se convirtió en un santuario libre de ratas y otros depredadores, permitiendo que aves rarísimas -kākā, tīeke (saddleback), mohua, weka- prosperaran en un bosque como el de antaño. Rakiura entera se volvió uno de los últimos bastiones del kiwi salvaje: aquí el tokoeka de Rakiura supera en número a las personas y puede verse incluso de día, algo casi imposible en el resto del país.
El reconocimiento culminó en 2002, cuando se creó el Rakiura National Park, el decimocuarto parque nacional de Nueva Zelanda, que abarca cerca del 85% de la superficie de la isla. Ese mismo espíritu de protección llevó, años después, a que Rakiura fuera declarada Santuario Internacional de Cielo Oscuro, uno de los pocos del mundo, por la excepcional oscuridad de sus noches. La isla que empezó siendo cazadero de focas terminó convertida en uno de los santuarios naturales más preciados del país.
El Rakiura contemporáneo vive, sobre todo, de su naturaleza y de su aislamiento. Su único pueblo, Oban, en Halfmoon Bay, tiene unos 400 habitantes y un ritmo de vida lento y comunitario que gira en torno al muelle, la tienda general y el histórico South Sea Hotel, con su célebre quiz de los domingos. La economía combina la pesca -sobre todo el codiciado blue cod y la acuicultura- con un turismo de naturaleza que atrae a quienes buscan kiwis salvajes, aves, senderos remotos y cielos estrellados.
La isla es hoy destino del Rakiura Track, una de las nueve Great Walks del país -la más remota y tranquila-, de tours nocturnos de kiwis con altísimas tasas de avistaje, de excursiones a Ulva Island y de la caza de la aurora austral que le dio su nombre. Es un lugar para desconectarse de verdad, sin la multitud de otros destinos neozelandeses, donde la naturaleza sigue mandando.
Y, como en toda la Isla Sur, la presencia de Kāi Tahu sigue viva. El derecho a cosechar los tītī en las islas vecinas continúa en manos de Rakiura Māori, y el acuerdo del Tratado de Waitangi de 1998 reconoció los agravios históricos del iwi y reforzó su rol como kaitiaki (guardianes) de este territorio. Rakiura condensa así una historia rara y hermosa: la de un lugar tan remoto que preservó tanto su naturaleza como el hilo ininterrumpido de la relación de un pueblo con su tierra y su cielo. Llegar cuesta un poco, y precisamente por eso vale tanto la pena.