De todos los lugares de Nueva Zelanda, ninguno es tan sagrado para los maoríes como el Cabo Reinga. Su nombre en te reo maorí, Te Rerenga Wairua, significa 'el lugar del salto de las almas', y su función en la cosmovisión maorí (Te Ao Māori) es nada menos que la puerta entre este mundo y el más allá. Según la tradición, cuando una persona muere, su espíritu (wairua) emprende un largo viaje hacia el norte, siguiendo un camino invisible llamado Te Ara Wairua, 'el sendero de los espíritus'.
Ese camino recorre la costa de la larga playa que hoy llamamos de los Noventa Millas —Te Oneroa-a-Tōhē— y culmina en la punta del cabo. Allí, el espíritu desciende por las raíces de un antiguo pōhutukawa, un árbol de más de 800 años aferrado al acantilado que, precisamente por su papel sagrado, nunca florece. Desde el mar, el alma viaja bajo el agua hasta las islas Three Kings (Manawatāwhi), sube a su punto más alto para echar una última mirada a Aotearoa y luego parte definitivamente hacia Hawaiki, la patria ancestral de la Polinesia oriental de donde vinieron los maoríes.
Esta creencia no es una leyenda del pasado: sigue viva. Para los maoríes, el Cabo Reinga es un lugar profundamente tapu (sagrado), y por eso está prohibido comer y beber en él. Comprender esto transforma por completo la visita: uno no está solo ante un paisaje escénico, sino ante el punto donde, para todo un pueblo, las almas dejan este mundo. Es la geografía de la muerte y del regreso al origen.
Los maoríes llegaron a Aotearoa (Nueva Zelanda) desde la Polinesia oriental alrededor de los años 1250-1300, navegando en grandes waka (canoas oceánicas) a través del Pacífico. El extremo norte, por su cercanía a las rutas de llegada y su clima subtropical, fue de las primeras zonas pobladas. Los pueblos que se asentaron en la península de Aupōuri y sus alrededores se conocen colectivamente como los iwi de Muriwhenua ('la tierra del fin'), entre ellos Te Aupōuri, Ngāti Kurī, Te Rarawa y Ngāi Takoto.
Estos pueblos vivían de la pesca en las aguas ricas de dos mares, la recolección de mariscos, la caza de aves y el cultivo del kūmara (batata) en la tierra arenosa del norte. Su vínculo con la tierra y el mar era total, articulado por el whakapapa (la genealogía que conecta a las personas con sus ancestros y su entorno) y por figuras ancestrales fundacionales. La larga playa occidental, por ejemplo, lleva el nombre de Te Oneroa-a-Tōhē, 'la larga playa de Tōhē', en honor a un ancestro que la recorrió en busca de su hija y fue nombrando cada lugar del camino.
Para los iwi de Muriwhenua, el Cabo Reinga no era un sitio cualquiera de su territorio, sino el más importante de todos: el pasaje de las almas. Ngāti Kurī, en particular, tiene un rol especial como kaitiaki (guardianes) que ayudan a los espíritus a iniciar su viaje por Te Ara Wairua y a mantener 'abiertas las puertas de Hawaiki'. Ese papel de custodia espiritual se transmite de generación en generación hasta hoy.
El primer europeo en avistar esta costa fue el neerlandés Abel Tasman en 1642, aunque no desembarcó. Más de un siglo después, en 1769, el capitán británico James Cook cartografió la zona durante su primer viaje a Nueva Zelanda; fue él quien, al medir mal las distancias a lo largo de la playa occidental, contribuyó al mito de las 'noventa millas' (la playa en realidad mide unos 88 km, no 90 millas). El extremo norte, remoto y expuesto, quedó al margen de la colonización intensa que vivieron otras regiones.
A lo largo del siglo XIX, tras la firma del Tratado de Waitangi en 1840, los pueblos de Muriwhenua sufrieron —como todos los maoríes— la pérdida de gran parte de sus tierras a través de compras dudosas, confiscaciones y las decisiones del Tribunal de Tierras Maoríes. Aun así, la lejanía del Far North preservó en buena medida el carácter maorí de la zona y la fuerza de sus tradiciones.
La marca más visible de la presencia europea en el cabo es el faro, construido en 1941 para guiar a los barcos en un punto de mares peligrosos, donde chocan las corrientes del Tasmania y el Pacífico. Reemplazó a un faro anterior que estaba en la isla Motuopao, cercana. Automatizado en 1987, el faro blanco del Cabo Reinga se convirtió con el tiempo en la imagen icónica del extremo norte, y su cartel con las distancias al mundo es una de las fotos más repetidas de Nueva Zelanda.
Durante el siglo XX, la relación entre los pueblos de Muriwhenua y el Estado neozelandés estuvo marcada por los reclamos derivados del incumplimiento del Tratado de Waitangi. En 1975 se creó el Tribunal de Waitangi (Waitangi Tribunal) para investigar las violaciones históricas del tratado, y los iwi del Far North presentaron algunos de los reclamos más importantes del país, conocidos como los Muriwhenua claims, por las tierras y pesquerías perdidas.
Esos procesos culminaron en las últimas décadas con acuerdos de reparación (Treaty settlements) que devolvieron a los iwi tierras, recursos, disculpas oficiales de la Corona y, sobre todo, un reconocimiento de su relación ancestral con lugares sagrados como el Cabo Reinga. Hoy el manejo del área del cabo y de la reserva de Te Paki es una cogestión entre el Departamento de Conservación (DOC) y los iwi locales, que participan en las decisiones sobre este sitio tan especial.
Ese reconocimiento se ve en el terreno: la señalización usa los nombres maoríes junto a los ingleses (Cape Reinga / Te Rerenga Wairua, Ninety Mile Beach / Te Oneroa-a-Tōhē), se explica a los visitantes el significado espiritual del lugar y se les pide respetar el tapu no comiendo ni bebiendo en el cabo. Es un ejemplo del proceso más amplio de resurgimiento maorí y reconciliación que atraviesa a Nueva Zelanda.
Hoy el Cabo Reinga recibe a miles de visitantes al año, la mayoría en excursiones de día completo que combinan el faro, la playa de los Noventa Millas y las dunas gigantes de Te Paki. Para muchos, es el punto final —o el comienzo— de un viaje por Nueva Zelanda: el extremo geográfico del país, donde no queda tierra hacia el norte, solo el océano y, más allá, la lejana Polinesia de donde vinieron los primeros habitantes.
Es también el punto de partida (o llegada) del Te Araroa, el gran sendero de larga distancia que recorre toda Nueva Zelanda a lo largo de más de 3.000 km, desde el Cabo Reinga hasta Bluff, en el extremo sur de la Isla Sur. Quienes lo caminan entero empiezan o terminan aquí, en este acantilado batido por el viento.
Pero por encima de todo, el Cabo Reinga sigue siendo lo que siempre fue para los maoríes: Te Rerenga Wairua, el salto de las almas. Contemplar el choque de los dos mares desde el faro, saber que ese pōhutukawa retorcido es la puerta por la que parten los espíritus y respetar el silencio y el tapu del lugar es una experiencia que va mucho más allá del turismo. Es asomarse, aunque sea por un momento, a la manera en que un pueblo entiende la vida, la muerte y el regreso al origen.