Mucho antes de que un ingeniero le pusiera nombre inglés, este paso alpino ya era una autopista. Para los māori de Ngāi Tahu -y para los pueblos que los precedieron en la Isla Sur, Te Waipounamu- los pliegues de los Alpes del Sur no eran una barrera sino una red de rutas conocidas, transitadas durante siglos para acarrear el tesoro más preciado del país: el pounamu, el jade verde que solo se encuentra en la Costa Oeste.
El nombre māori del propio jade, Te Waipounamu ('las aguas del pounamu'), da nombre a toda la Isla Sur, y su origen se cuenta en la historia de Poutini, el taniwha guardián que recorre la Costa Oeste protegiendo el mauri, la fuerza vital, de la piedra. Los ríos de la vertiente occidental -el Arahura, el Taramakau- eran las fuentes del jade, y los senderos que cruzaban la divisoria alpina, como este paso, servían para llevarlo hacia los asentamientos del este, donde se trabajaba en adzes, anzuelos, armas y hei-tiki. El pounamu era moneda, herencia y objeto sagrado a la vez; controlar sus rutas era controlar el poder.
El paso que hoy llamamos Arthur's era uno de esos corredores. No era una ruta cómoda ni muy transitada -las partidas de caza y comercio lo usaban de manera ocasional, según le contaría más tarde el jefe Tarapuhi a los agrimensores europeos- pero formaba parte de un conocimiento del territorio afinado a lo largo de generaciones. Cuando los primeros colonos 'descubrieron' el paso, en realidad estaban siendo guiados por ese saber ancestral. La montaña nunca estuvo vacía: estaba cartografiada en la memoria de quienes la habían caminado mucho antes.
A comienzos de la década de 1860, la joven provincia de Canterbury tenía un problema urgente. En la Costa Oeste, al otro lado de los Alpes, se había descubierto oro, y miles de buscadores llegaban por mar a una costa salvaje y aislada. Canterbury necesitaba una ruta terrestre para conectar Christchurch con los yacimientos y no perder ese comercio frente a otras provincias.
En 1864, el agrimensor jefe de Canterbury, Thomas Cass, encargó al joven ingeniero Arthur Dudley Dobson (1841-1934) que buscara un paso desde la cuenca del río Waimakariri hacia la Costa Oeste. Fue el jefe māori Tarapuhi quien le indicó dónde estaba el paso que las partidas māori usaban. Acompañado por su hermano Edward, Arthur Dobson cruzó la divisoria y bajó al valle del río Otira. El paso llevaría su nombre. Cuando la fiebre del oro estalló con toda su fuerza ese mismo año, la provincia ofreció una recompensa de 200 libras a quien hallara el mejor cruce directo; otro de los Dobson, George, evaluó varios pasos y confirmó que el de Arthur era, con diferencia, el más apto.
Lo que siguió fue una hazaña de ingeniería vertiginosa. En apenas un año, cuadrillas de cientos de obreros abrieron a pico y pala un camino de diligencias sobre el paso, inaugurado en 1866, para llevar pasajeros, correo y mercancías entre Christchurch y los campos auríferos de la Costa Oeste. Las diligencias tiradas por caballos cruzaban un terreno brutal, con ríos crecidos y pendientes temibles. Durante décadas, ese camino fue el cordón umbilical entre las dos caras de la isla, y el pequeño asentamiento del paso -entonces llamado Bealey Flats- vivió al ritmo del oro y las diligencias.
El siglo XX trajo la ambición del ferrocarril. Conectar Canterbury con la Costa Oeste por tren exigía perforar la montaña, y la obra elegida -el túnel de Otira- se convirtió en una de las epopeyas de ingeniería más duras de la historia neozelandesa. Los trabajos comenzaron el 14 de enero de 1908, y el pueblo de Arthur's Pass, que había nacido como campamento de diligencias, se transformó en aldea de construcción para el proyecto.
El túnel de Otira, de 8,5 kilómetros, atravesaría la divisoria de los Alpes del Sur en una pendiente pronunciada. La construcción fue exasperantemente lenta: roca dura, filtraciones de agua, la Primera Guerra Mundial que se llevó a los obreros y encareció los materiales. El ferrocarril alcanzó la aldea de Arthur's Pass en 1914, pero el túnel recién se completó en 1923, quince años después de empezado. Cuando por fin se inauguró, era uno de los túneles ferroviarios más largos del Imperio Británico y del hemisferio sur, y estaba electrificado por la fuerte pendiente y la ventilación.
Esa línea es la que hoy recorre el TranzAlpine, considerado uno de los grandes viajes en tren del mundo. El pasajero moderno que cruza cómodamente en un vagón panorámico rara vez imagina el precio humano de la vía bajo sus pies: décadas de trabajo, vidas perdidas, familias enteras que vivieron y murieron en estos campamentos de montaña para unir las dos costas. La naturaleza tampoco dio tregua: el 9 de marzo de 1929 un terremoto de magnitud 7,1 sacudió Arthur's Pass, dañó la línea y cerró caminos, un recordatorio de que estos Alpes siguen vivos y en movimiento.
En 1929, el mismo año del gran terremoto, Arthur's Pass fue declarado parque nacional por el gobernador general, el tercero de Nueva Zelanda tras Tongariro y Egmont. La declaración reconocía lo que caminantes, científicos y montañistas ya sabían: que este cruce alpino guardaba un mundo natural extraordinario, con bosques de hayas del sur, praderas alpinas de ranúnculos gigantes, glaciares, y una fauna única.
El símbolo del parque es el kea, el único loro alpino del mundo, verde oliva con destellos naranjas bajo las alas y una inteligencia asombrosa. Los kea fascinaron y a la vez irritaron a los colonos -durante décadas se los cazó acusándolos de atacar ovejas, con recompensas por sus picos- hasta que la ciencia demostró su valor y rareza. Hoy están protegidos y en peligro, con apenas unos miles en libertad, y en Arthur's Pass son las estrellas traviesas que abren mochilas y roban gomas de los autos en los estacionamientos.
A lo largo del siglo XX, el parque se convirtió en un centro de montañismo y senderismo, con una red de cabañas (huts) del DOC, rutas clásicas como Avalanche Peak y el Bealey Valley, y un centro de visitantes que hoy es de los más completos del país. La montaña que antes se cruzaba lo más rápido posible pasó a ser un destino en sí mismo: un lugar donde detenerse, caminar y mirar.
El último gran capítulo de ingeniería llegó en 1999, con la inauguración del viaducto de Otira, una estructura de 440 metros que salva la ladera occidental del paso, notoriamente inestable por los derrumbes. Antes del viaducto, el descenso hacia Otira era uno de los tramos de camino más temidos de Nueva Zelanda, con desprendimientos frecuentes que cortaban la ruta. Hoy el viaducto es una parada fotográfica clásica de la Great Alpine Highway, casi siempre con algún kea posado sobre los autos.
En 1998, el Tratado de Waitangi tuvo aquí un eco tardío pero importante: el Ngāi Tahu Claims Settlement Act reconoció los agravios históricos sufridos por Ngāi Tahu, el iwi de la Isla Sur, cuyas tierras -incluidos estos pasos y las fuentes de pounamu- habían sido adquiridas por la Corona en el siglo XIX por sumas irrisorias y con promesas incumplidas. Un año antes, la Ngāi Tahu (Pounamu Vesting) Act de 1997 devolvió a Ngāi Tahu la propiedad legal de todo el pounamu en estado natural de su territorio tribal. El jade que en otro tiempo cruzaba estos pasos volvió, en términos legales, a manos de sus guardianes ancestrales.
El Arthur's Pass de hoy es a la vez una aldea diminuta, un parque nacional venerado y un cruce histórico donde conviven varias capas de tiempo: los senderos del pounamu de Ngāi Tahu, las diligencias del oro, el heroico túnel de Otira, el parque de 1929 y el moderno viaducto. El pasajero que cruza en el TranzAlpine, o el caminante que sube a Avalanche Peak, recorre no solo un paisaje sino una historia de conexiones -entre dos costas, entre pueblos y montañas- que empezó mucho antes de que existiera un mapa.