En el año 997, un rey vikingo llamado Olaf Tryggvason plantó los cimientos de lo que sería la primera capital de Noruega. Eligió un recodo del río Nidelva, donde el agua formaba un meandro que ofrecía un puerto resguardado y una línea de defensa natural, con acceso hacia el interior de la región. Allí fundó un puesto comercial que llamó Kaupangen ('el mercado') y que pronto tomó el nombre de Nidaros: la desembocadura del Nid. El lugar era ideal para el comercio, el transporte y el control del territorio, y no tardó en crecer.
Olaf Tryggvason es una figura a caballo entre la historia y la saga. Guerrero, navegante y converso ferviente, se propuso cristianizar Noruega a sangre y fuego, y aunque su reinado fue breve —murió hacia el año 1000 en la batalla naval de Svolder—, dejó fundada la ciudad que se convertiría en el corazón espiritual del país. Todavía hoy, una columna en la plaza central de Trondheim, coronada por su estatua, recuerda al rey fundador.
En aquellos primeros siglos, Nidaros era un enclave de madera junto al agua, un puerto en el confín norte de la Europa cristiana. Nada anticipaba que ese modesto mercado vikingo acabaría siendo la meta de peregrinos que llegarían desde toda Europa. Para que eso ocurriera hacía falta un santo. Y el santo estaba a punto de nacer, en el campo de batalla.
El 29 de julio de 1030, en la batalla de Stiklestad, a unos 100 kilómetros al norte de Nidaros, cayó el rey Olaf II Haraldsson. Había regresado del exilio para reconquistar su trono y consolidar la cristianización de Noruega, y encontró la muerte a manos de un ejército de campesinos y nobles opuestos a su poder. En términos militares, fue una derrota. En términos históricos, fue el comienzo de todo.
Poco después de su muerte, empezaron a circular relatos de milagros asociados a su cuerpo: heridas que sanaban, prodigios junto a su tumba. En 1031, apenas un año después de la batalla, Olaf fue proclamado santo, y su cuerpo trasladado a Nidaros. San Olav (Olav den Hellige) se convirtió en el santo patrón de Noruega, el 'rey eterno' del país, y su sepultura en un imán espiritual. A lo largo de la Edad Media, peregrinos de Noruega, Suecia, Dinamarca, las islas Británicas y toda Europa del norte emprendieron el camino hacia su tumba: Nidaros se transformó en el mayor centro de peregrinación del norte de Europa, comparable en su ámbito a lo que Santiago de Compostela era para el sur.
Esas rutas de peregrinación no se han perdido: hoy conforman el Camino de San Olav (Pilegrimsleden), una red de senderos —nueve rutas reconocidas— que terminan, todos, a las puertas de la catedral de Nidaros. Reconocido como Itinerario Cultural del Consejo de Europa, el Camino de San Olav vive un renacimiento, y cada verano cientos de caminantes repiten, a pie, el viaje que hicieron los peregrinos medievales hacia la tumba del rey santo.
Sobre esa tumba se levantó, piedra a piedra, entre 1070 y 1300, la catedral de Nidaros, la iglesia más grande de Escandinavia. En 1152 se creó el arzobispado de Nidaros, que puso a la ciudad a la cabeza de la Iglesia noruega. Nidaros era, a la vez, capital política del reino y capital religiosa: el lugar donde se coronaba a los reyes y donde latía la fe de toda una nación.
El poder de Nidaros como capital religiosa terminó de golpe con la Reforma protestante. En 1537, el reino de Dinamarca-Noruega adoptó el luteranismo, se abolió el arzobispado católico, el último arzobispo huyó al exilio y las peregrinaciones a la tumba de San Olav quedaron prohibidas. La catedral pasó a ser un templo luterano, el relicario del santo desapareció y la ciudad perdió el papel que la había hecho grande durante cinco siglos. Nidaros, que ya venía cediendo protagonismo político a otras ciudades, quedó como una capital regional del norte.
A la crisis religiosa se sumó un enemigo constante: el fuego. Como casi todas las ciudades noruegas, Nidaros —que con el tiempo pasó a llamarse Trondheim— estaba construida en madera, y ardió una y otra vez a lo largo de su historia. El más devastador fue el gran incendio de 1681, que empezó el 18 de abril cerca del río y arrasó buena parte del centro. Aquella catástrofe, sin embargo, dio pie a una reinvención. El rey Cristián V encargó al ingeniero militar de origen luxemburgués Johan Caspar von Cicignon un nuevo plano para la ciudad.
Cicignon rediseñó Trondheim con anchas avenidas rectas trazadas en cuadrícula, pensadas como cortafuegos para impedir que las llamas volvieran a propagarse con tanta facilidad. Ese plano barroco, sorprendentemente moderno, es el que todavía define el centro de Trondheim, con su amplitud inusual para una ciudad noruega. Cicignon fue también el autor de la fortaleza de Kristiansten, levantada en la colina para defender la ciudad de los ataques por el este; en 1718 resistió un asedio sueco. Del mismo periodo data el Gamle Bybro, el viejo puente de madera con portales rojos que hoy es uno de los símbolos de la ciudad, situado de modo que quedaba bajo la protección de los cañones de la fortaleza.
Así, del fuego y de la guerra, nació la Trondheim de calles anchas y casas de madera que conocemos hoy: una ciudad reconstruida sobre sus cenizas, una y otra vez, sin perder nunca su perfil de madera.
Pese a haber perdido su papel de capital, Trondheim conservó una función simbólica de primer orden: la catedral de Nidaros siguió siendo el lugar donde se coronaba a los reyes de Noruega. Las coronaciones se celebraron en el país entre 1164 y 1906, en su mayoría en Nidaros. Cuando Noruega recuperó su plena independencia en 1905, tras disolver la unión con Suecia, el nuevo rey Haakon VII fue coronado en la catedral de Trondheim en 1906, en un gesto cargado de historia que ataba la joven monarquía a las raíces medievales del reino. Más tarde, la Constitución sustituyó la coronación por una 'bendición real', que sigue celebrándose en Nidaros: por eso las joyas de la Corona noruega —corona, cetro, orbe y espada— se guardan y exhiben, precisamente, en el Palacio del Arzobispo, junto a la catedral.
En paralelo, Trondheim se convirtió en un gran centro del saber. La fundación del Instituto Noruego de Tecnología (NTH) a principios del siglo XX definió el futuro de la ciudad para un siglo. De aquella raíz creció la actual NTNU (Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología), la mayor universidad del país, con unos 40.000 estudiantes: es ella la que le da a Trondheim su ambiente joven, su vida cultural y su vocación tecnológica, y la que explica pequeñas rarezas tan simpáticas como el Trampe, el único ascensor de bicicletas del mundo, inventado en 1993 por un vecino para ayudar a subir la cuesta de Bakklandet.
El siglo XX dejó en Trondheim una cicatriz de hormigón. Durante la Segunda Guerra Mundial, la Alemania nazi ocupó Noruega desde 1940, y Trondheim, por su posición estratégica en el Atlántico Norte, se convirtió en una base naval clave para la Kriegsmarine. Los ocupantes construyeron allí los gigantescos búnkeres de submarinos Dora. Dora I, terminado y entregado a la marina alemana el 20 de junio de 1943, sirvió de base a la 13ª flotilla de U-Boots: tenía capacidad para 16 submarinos y muros de hormigón tan macizos que podían sellarse herméticamente y resistir los bombardeos aliados.
Terminada la guerra, aquella mole resultó prácticamente imposible de demoler, así que la ciudad hizo lo más sensato: reutilizarla. Hoy Dora I alberga los archivos municipal y estatal, además de negocios y actividades diversas, y se ha convertido en un lugar de memoria que recuerda, sin dramatismo pero con crudeza, los años de la ocupación. Los planes alemanes para Trondheim habían sido aún más ambiciosos y siniestros —incluían convertirla en una gran base naval del Reich con una ciudad nueva para cientos de miles de colonos alemanes—, un proyecto que la derrota nazi dejó, afortunadamente, en el papel.
Superada la guerra, Trondheim creció como la próspera ciudad universitaria, tecnológica y cultural que es hoy. Sus viejos almacenes de madera sobre el Nidelva se reconvirtieron en viviendas y restaurantes; el barrio de Bakklandet, que estuvo a punto de ser demolido, se salvó y se volvió el rincón más querido de la ciudad; la catedral sigue recibiendo peregrinos del Camino de San Olav. Tercera ciudad de Noruega, capital de la región central, Trondheim conserva su alma medieval —la del rey fundador, la del santo, la de la catedral— y la combina con la energía de decenas de miles de estudiantes. Pocas ciudades reúnen, en tan poco espacio, mil años de historia noruega tan visibles.