Cuenta la leyenda que un troll, esos gigantes de la mitología noruega que odian la luz del sol, se confió una madrugada. Seguro de que el amanecer no lo alcanzaría, sacó la lengua para burlarse del día que llegaba. Pero el sol lo sorprendió y, como a todos los trolls que se dejan tocar por sus rayos, lo convirtió en piedra. La lengua quedó ahí, petrificada, proyectándose sobre el vacío: eso es Trolltunga, 'la lengua del troll'.
La geología cuenta una historia menos poética pero igual de espectacular. Trolltunga es un saliente de roca, de gneis antiguo, que se proyecta casi horizontal desde la ladera de una montaña a 1.180 metros sobre el nivel del mar, colgado a unos 700 metros por encima del lago Ringedalsvatnet, en la región de Hardanger, al oeste de Noruega. Su forma no la talló ningún troll, sino el hielo: se formó por la erosión glaciar durante la última glaciación, cuando enormes masas de hielo cubrían Escandinavia y esculpieron los valles, los fiordos y las paredes pulidas de todo el paisaje de Hardanger. Cuando el hielo se retiró, hace unos 10.000 años, dejó al descubierto esta plancha de roca fracturada según las líneas naturales de la piedra, sobre el abismo.
Durante milenios, la 'lengua' estuvo ahí, muda, mirando el lago glaciar y, a lo lejos, la masa blanca del glaciar Folgefonna. No había nadie para fotografiarla. Era apenas un accidente geográfico más en una región de accidentes geográficos sobrecogedores. Que esa roca perdida en la montaña terminara siendo una de las imágenes más famosas de Noruega —y uno de los símbolos globales del turismo de aventura del siglo XXI— es una historia que no empieza en la naturaleza, sino en las chimeneas de una fábrica.
Antes de ser un páramo de aventura, la zona al pie de Trolltunga fue un destino turístico de moda. A mediados del siglo XIX, cuando Odda era apenas una aldea de campesinos —tenía 59 habitantes en 1801—, empezaron a llegar viajeros europeos, sobre todo británicos, atraídos por el paisaje dramático del Hardangerfjord, sus cascadas como la Vøringsfossen y la posibilidad de recorrer la montaña. Odda se llenó de hoteles y se convirtió en una parada elegante del 'Grand Tour' escandinavo, un lugar al que los turistas victorianos iban a maravillarse con la naturaleza noruega.
Todo cambió a principios del siglo XX, con la llegada de la industria. La región tenía un recurso que valía oro en la era de la electricidad: agua cayendo desde gran altura. El río Tysso se despeñaba desde el lago Ringedalsvatnet con una fuerza colosal, y esa energía podía transformarse en electricidad barata y abundante. En 1906 se fundó la empresa A/S Tyssefaldene —con el ingeniero y empresario Sam Eyde, fundador de Norsk Hydro, como primer director general— para aprovechar esa caída de agua. En 1908 entró en funcionamiento la central hidroeléctrica de Tyssedal, un edificio monumental diseñado por el arquitecto Thorvald Astrup, que con el tiempo alcanzó una potencia de unos 100 MW.
Esa electricidad tenía un destino: las fábricas de Odda. También en 1906 empezaron a levantarse allí plantas industriales financiadas con capital británico. La fábrica de carburo de calcio, de la Alby United Carbide Factories, arrancó en 1908; la de cianamida, en 1910. Odda dejó de ser un pueblo turístico para convertirse en una ciudad fabril humeante. La transformación fue tan brusca que los dueños de los hoteles llegaron a llevar a la fábrica de carburo a juicio, quejándose de que 'Odda es pintoresca, pero está arruinada por la actividad fabril', por 'su hedor y su humo'. La Primera Guerra Mundial terminó de ahuyentar a los turistas extranjeros, y para cuando la guerra acabó, Odda ya era, del todo, una ciudad industrial. En 1924 las plantas se fusionaron bajo el nombre de Odda Smelteverk; el conjunto industrial fue protegido como patrimonio nacional en 2011.
Esto es clave para entender Trolltunga: la montaña sobre la que hoy los caminantes buscan una foto de naturaleza salvaje fue, durante décadas, la trastienda de una de las grandes hazañas de la industrialización noruega. No es un paisaje virgen: es un paisaje de trabajo.
Para domar el agua de la montaña hacía falta subir hombres, máquinas y materiales a alturas donde no llegaba ningún camino. Así nació, entre 1911 y 1912, el funicular Mågelibanen: la empresa A/S Tyssefaldene lo tendió por la empinada ladera de Skjeggedal para transportar obreros y equipos durante la construcción de túneles y presas en las montañas de Tyssedal, entre ellos un túnel de transferencia de agua de 600 metros entre lagos de altura. Aquel funicular fue, durante años, una herramienta industrial más, tan poco 'turística' como una grúa.
En lo alto, los ingenieros levantaron obras hidráulicas imponentes. La presa de Ringedalsdammen, una gran muralla de piedra construida a principios del siglo XX, embalsó el lago Ringedalsvatnet —el mismo sobre el que cuelga Trolltunga— para regular el caudal que alimentaba las turbinas de Tyssedal. Toda esa infraestructura de presas, tuberías forzadas, túneles y cables convirtió a la montaña en una máquina de producir electricidad, mucho antes de que a nadie se le ocurriera venir a hacer senderismo.
El funicular Mågelibanen tuvo un segundo acto más amable: en 1956, al cumplirse el 50º aniversario de la empresa, A/S Tyssefaldene lo regaló al pueblo de Tyssedal, y durante décadas fue un paseo querido por los locales. Dejó de funcionar en 2012 por razones de seguridad, y hoy sus vías oxidadas siguen ahí, en Skjeggedal, justo al lado del punto donde arranca el sendero a Trolltunga. Los primeros caminantes que buscaron la 'lengua del troll', de hecho, subían en parte siguiendo esta infraestructura industrial. Durante casi todo el siglo XX, Trolltunga fue un secreto de montañeros locales: un lugar conocido, sí, pero al que llegaban unos pocos cientos de personas por año. Nadie imaginaba lo que estaba por venir.
Hasta 2010, menos de 800 personas caminaban a Trolltunga cada año. Era una ruta dura, larga y poco publicitada, reservada a montañeros con experiencia y a algún viajero curioso. La roca colgada sobre el vacío existía desde el fin de la última glaciación, pero prácticamente nadie la conocía fuera de la región.
Lo que cambió todo no fue una obra, ni una carretera, ni una campaña de gobierno: fueron las redes sociales. A lo largo de la década de 2010, la fotografía de una persona parada en la punta de Trolltunga, con el paisaje glaciar de fondo y 700 metros de vacío bajo los pies, empezó a circular primero por catálogos de operadores turísticos y después, masivamente, por Instagram y Facebook. Esa imagen tenía todo lo que las redes premian: vértigo, belleza sobrecogedora, la posibilidad de una foto irrepetible. Se volvió una de las postales virales de Noruega, junto con el Preikestolen (el 'púlpito') y el Kjeragbolten.
Las cifras del cambio son mareantes. De menos de 800 caminantes al año antes de 2010, se pasó a unos 21.000 en 2013, que se duplicaron a 40.000 en 2014, treparon a unos 75.000 en 2016 y llegaron a unas 80.000 a 90.000 personas hacia 2018. En plena temporada alta, en un solo día de verano llegaban a subir el doble de personas de las que antes visitaban la roca en un año entero. Un rincón de montaña que había sido industrial y después olvidado se convirtió, en menos de una década, en uno de los grandes iconos del turismo de aventura del mundo, empujado por un algoritmo.
Ese crecimiento explosivo tuvo una cara luminosa —dio vida turística y económica a una Odda golpeada por el cierre de sus viejas fábricas— y una cara complicada, que la región tuvo que aprender a gestionar sobre la marcha.
La avalancha de visitantes trajo problemas que una montaña acostumbrada a unos pocos cientos de caminantes no estaba preparada para absorber. El primero fue la seguridad. Muchos de los recién llegados no eran montañeros: subían atraídos por una foto, con zapatillas de ciudad, sin agua suficiente, sin abrigo y sin idea de que la ruta son 27 o 28 kilómetros y hasta 12 horas de marcha. El resultado fue un aumento de los rescates: agotamiento, lesiones, gente sorprendida por la niebla o por la noche a mitad de camino. En el verano de 2016 se llegó a unos 40 rescates de emergencia. En 2015 se registró la primera muerte en la roca, cuando una turista australiana cayó al vacío.
El segundo problema fue ambiental. El pisoteo de decenas de miles de botas sobre un terreno frágil de turba y roca ensanchó y erosionó los senderos, hasta el punto de que en algunos tramos se formaban dos o tres huellas paralelas comiéndose la vegetación. A eso se sumaron la basura y los desechos humanos dejados por gente sin cultura de montaña. La 'lengua del troll' corría el riesgo de morir de éxito.
La respuesta fue organizar lo que antes se hacía solo. Se construyeron refugios de emergencia a lo largo de la ruta (en Floren, Endåen y Tyssehøl), con mantas y suministros. Se puso un vigía de montaña en Trolltunga durante la temporada de verano, presente día y noche, y se garantizó la disponibilidad de un helicóptero de rescate. Esas medidas, junto con mejor información al caminante, hicieron caer los rescates: en el verano de 2017 bajaron a unos 15. Se ordenaron los estacionamientos en tres niveles (P1, P2, P3), se montó un sistema de shuttle para aliviar la subida y repartir el flujo, y se estableció la obligación de contratar guía fuera de la temporada de verano (del 1 de octubre al 31 de mayo), cuando la nieve, el hielo y la falta de luz hacen la ruta realmente peligrosa.
Hoy Trolltunga es un caso de estudio sobre cómo un lugar natural puede pasar del anonimato a la saturación en pocos años, y sobre cómo gestionar ese cambio sin arruinar ni el paisaje ni la experiencia. La roca sigue ahí, sin baranda ni cerco, tal como la dejó el hielo hace 10.000 años. Llegar hasta ella sigue exigiendo un día entero de esfuerzo honesto. Y esa, quizá, es la mejor defensa que tiene: Trolltunga no se regala. Hay que caminarla.