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Historia de Svalbard

Barentsz, los balleneros y la matanza de la ballena boreal (siglo XVII)

La historia escrita de Svalbard empieza con una expedición perdida. En 1596, el navegante neerlandés Willem Barentsz, que buscaba un paso por el norte hacia Asia, avistó un archipiélago de montañas afiladas emergiendo del hielo y lo bautizó Spitsbergen, 'montañas puntiagudas'. No había allí población humana; era tierra de nadie, aunque es posible que cazadores rusos o vikingos la conocieran antes. Ese avistamiento abrió una de las páginas más brutales de la historia natural del Ártico.

Muy pronto se descubrió que las aguas de Svalbard estaban repletas de ballenas de Groenlandia, también llamadas ballenas boreales: enormes, lentas, ricas en grasa y fáciles de cazar. A partir de 1611, barcos ingleses, neerlandeses y de otros países se lanzaron a una fiebre ballenera sin precedentes. Los neerlandeses levantaron en el noroeste del archipiélago estaciones balleneras estacionales, la más famosa de las cuales fue Smeerenburg ('la ciudad de la grasa'), en la isla de Amsterdam, fundada hacia 1619, donde se hervía la grasa de ballena para convertirla en aceite, un producto valiosísimo en la Europa de la época para iluminación y jabón.

La caza fue tan intensa como devastadora. En la segunda mitad del siglo XVII, solo la flota neerlandesa llegó a operar con cientos de barcos y a matar entre 750 y 1.250 ballenas por año. Las ballenas desaparecieron primero de las bahías, luego de la costa, y la ballena boreal terminó prácticamente exterminada de las aguas de Svalbard, un colapso del que la especie no se ha recuperado del todo hasta hoy. Hacia 1660, agotada la caza cercana, Smeerenburg fue abandonada. De aquella época quedan tumbas de balleneros y restos de hornos, testimonios silenciosos de la primera gran explotación —y del primer gran desastre ambiental— del Ártico europeo.

Los cazadores pomor, los tramperos y el carbón que fundó Longyearbyen

Cuando las ballenas se agotaron, otros hombres tomaron su relevo en Svalbard. Desde comienzos del siglo XVIII, cazadores rusos conocidos como pomor —campesinos y pescadores de la región del mar Blanco— empezaron a pasar inviernos enteros en el archipiélago, cazando morsas, focas, osos polares y zorros por sus pieles, colmillos y grasa. Levantaron cabañas y cruces ortodoxas por toda la costa. En su apogeo, hacia la década de 1790, había miles de cazadores rusos operando en Spitsbergen. A lo largo del siglo XIX, la caza fue quedando cada vez más en manos de tramperos noruegos, que continuaron aquella vida durísima de supervivencia en soledad y oscuridad, atrapando animales para el comercio de pieles.

El gran giro llegó a comienzos del siglo XX con un recurso muy distinto: el carbón. Ya se sabía desde hacía siglos que había carbón en las montañas de Svalbard, pero recién entonces se volvió económicamente interesante. En 1906, el empresario estadounidense John Munroe Longyear, a través de su Arctic Coal Company de Boston, fundó un pueblo minero en la costa de Spitsbergen para explotar el carbón: 'Longyear City', que en 1926 pasó a llamarse Longyearbyen, la 'ciudad de Longyear', y que es hoy la capital del archipiélago. Poco después llegaron compañías mineras noruegas y rusas, y la minería del carbón se convirtió en la actividad que pobló y dio forma a la Svalbard moderna. En torno al carbón nacieron los asentamientos que todavía existen: el noruego Longyearbyen y, más tarde, los soviéticos Barentsburg y Pyramiden. El paisaje se llenó de galerías, cables aéreos para transportar el mineral y montones de escoria que aún hoy marcan las laderas.

El Tratado de Svalbard de 1920: soberanía noruega y puertas abiertas

A comienzos del siglo XX, Svalbard era, jurídicamente, tierra de nadie (terra nullius): un territorio sin soberano, donde compañías de varios países explotaban el carbón y competían por reclamos que a veces se superponían y generaban conflictos. Hacía falta un marco legal. Ese marco llegó con uno de los tratados más originales del derecho internacional: el Tratado de Svalbard, firmado en París el 9 de febrero de 1920, en el clima de reordenamiento mundial que siguió a la Primera Guerra Mundial.

El tratado resolvió la cuestión con una fórmula ingeniosa y única en el mundo. Por un lado, reconoció la plena soberanía de Noruega sobre el archipiélago, que pasó a ser territorio noruego (algo que se hizo efectivo en 1925). Por otro lado, impuso a esa soberanía condiciones muy particulares que siguen vigentes: los ciudadanos y las empresas de todos los países firmantes tienen igualdad de derechos para acceder al archipiélago y desarrollar actividades económicas —pesca, caza, minería, comercio— en las mismas condiciones que los noruegos; Svalbard debe ser zona desmilitarizada (no puede usarse con fines bélicos ni tener bases navales); y los impuestos que se recauden allí solo pueden usarse para el propio archipiélago. Con el tiempo, decenas de países firmaron el tratado.

Ese estatus explica muchas de las rarezas de la Svalbard actual: por qué es zona libre de visado (cualquiera puede ir a vivir y trabajar sin permiso), por qué no forma parte del espacio Schengen ni de la Unión Europea aunque Noruega sí, por qué había —y hay— asentamientos rusos en pleno territorio noruego, y por qué es un lugar tan singular en el tablero geopolítico. El Tratado de 1920 es la llave para entender Svalbard.

La guerra, la Operación Gauntlet (1941) y la Guerra Fría en el hielo

La Segunda Guerra Mundial llegó incluso a este confín del planeta. Tras la ocupación alemana de la Noruega continental en 1940, Svalbard quedó en una posición delicada: sus minas de carbón —las noruegas de Longyearbyen y las soviéticas de Barentsburg— y su valor para los pronósticos meteorológicos (clave para las operaciones militares en el Atlántico Norte) lo volvían un objetivo. En agosto y septiembre de 1941, los Aliados llevaron adelante la Operación Gauntlet: una fuerza combinada canadiense, británica y noruega desembarcó en Spitsbergen y, de común acuerdo con los gobiernos noruego y soviético, evacuó a toda la población del archipiélago —los mineros soviéticos fueron llevados a la URSS y los noruegos al Reino Unido— y destruyó las instalaciones mineras, las reservas de carbón y las estaciones de radio para que no cayeran en manos alemanas. Svalbard quedó prácticamente despoblado. Durante el resto de la guerra hubo incursiones y estaciones meteorológicas clandestinas alemanas; una de ellas, la Operación Haudegen, quedó tan aislada que sus operadores se rindieron recién en septiembre de 1945, meses después del fin de la guerra en Europa: fueron de las últimas tropas alemanas en deponer las armas.

Terminada la guerra, la gente volvió y la minería se reactivó, pero el archipiélago entró en un nuevo capítulo tenso: la Guerra Fría. Bajo el paraguas del Tratado de 1920, la Unión Soviética mantuvo y amplió sus asentamientos mineros de Barentsburg y Pyramiden, verdaderas comunidades soviéticas —con sus bustos de Lenin, sus casas de la cultura y sus consignas— instaladas en territorio de un país de la OTAN. Durante décadas, Longyearbyen (noruego) y los pueblos soviéticos coexistieron en el mismo archipiélago helado, en un equilibrio vigilado, cada uno como una vitrina de su bloque. Esa herencia sigue viva hoy: Barentsburg continúa habitado por trabajadores rusos y su mina sigue activa, mientras Pyramiden, cerrado en 1998, quedó como un pueblo fantasma soviético congelado en el tiempo.

Del carbón a la ciencia y el turismo, y la amenaza del deshielo

En las últimas décadas, Svalbard vivió una transformación profunda. La minería del carbón, que había sido su razón de ser durante un siglo, entró en decadencia por motivos económicos y ambientales, en un mundo que ya no quería quemar carbón. Noruega fue cerrando sus minas una tras otra, hasta clausurar la última mina noruega en actividad, la Mina 7 de Longyearbyen: la producción se detuvo en 2025 y la mina se clausuró de forma definitiva, poniendo fin a unos 110 años de minería noruega de carbón en el archipiélago. (La única mina que sigue funcionando es la rusa de Barentsburg.) En lugar del carbón, Longyearbyen apostó por otras dos actividades: la ciencia y el turismo. Hoy el pueblo alberga la Universidad UNIS —el centro de estudios universitarios más al norte del mundo—, estaciones de investigación de muchos países que estudian el clima, el permafrost y el Ártico, la famosa Bóveda Global de Semillas inaugurada en 2008, y un turismo polar en crecimiento que llena las excursiones de barco, motonieve y trineo de perros.

Pero sobre esa nueva Svalbard planea una amenaza muy concreta: el cambio climático. El Ártico se calienta mucho más rápido que el resto del planeta, y Svalbard está entre los lugares donde el fenómeno se siente con más fuerza. El permafrost —el suelo permanentemente congelado sobre el que está literalmente construido todo— se está descongelando más rápido de lo previsto. Eso deforma el terreno, daña carreteras y pone en riesgo la estabilidad de los edificios, muchos apoyados sobre pilotes clavados en el hielo, además de amenazar el patrimonio histórico (las viejas cabañas, las tumbas balleneras). El deshielo también aumenta el peligro de aludes, que ya han causado tragedias en Longyearbyen. Así, el archipiélago que fue escenario de la matanza de ballenas, de la fiebre del carbón y de la Guerra Fría se ha convertido hoy en un observatorio privilegiado —y vulnerable— del mayor desafío del siglo: un lugar donde se puede ver, con los propios ojos, cómo el calentamiento global está cambiando el planeta desde su extremo más frágil.

📚 Bibliografía

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