El nacimiento de Stavanger como ciudad está íntimamente ligado a su catedral. Aunque la zona estuvo habitada desde tiempos prehistóricos —en los alrededores se han hallado restos que se remontan a la Edad de Piedra y de Hierro—, el núcleo urbano propiamente dicho se desarrolló en torno a la construcción de la Stavanger domkirke, la catedral consagrada hacia 1125 y dedicada a San Suitberto (Svithun). Por ese motivo, tradicionalmente se ha tomado el año 1125 como la fecha fundacional de la ciudad, que celebró así su novecientos aniversario.
En aquellos primeros tiempos del cristianismo noruego, la creación de una sede episcopal en Stavanger fue un acontecimiento de enorme importancia. El obispo y su catedral convirtieron al pequeño asentamiento costero en un centro religioso y administrativo del suroeste del país. Se atribuye un papel destacado al obispo Reinald, de origen inglés, en la fundación de la sede y en el impulso de la construcción de la iglesia. La catedral, que aún se conserva, es hoy una de las catedrales medievales mejor preservadas de Noruega y el monumento más antiguo de la ciudad.
El nombre 'Stavanger' tiene raíces en el nórdico antiguo y su etimología es objeto de discusión. Suele relacionarse con las palabras 'stafr' (relacionado con un accidente geográfico, quizás una montaña o roca con forma de bastón) y 'angr' (fiordo o ensenada), de modo que el topónimo aludiría a la bahía sobre la que se asienta la ciudad. Esa relación con el mar y los fiordos acompañaría a Stavanger durante toda su historia.
Durante la Edad Media, Stavanger fue uno de los centros más importantes del suroeste de Noruega. La presencia del obispo y de la catedral atraía clero, peregrinos, artesanos y comerciantes, y la ciudad funcionaba como punto de encuentro entre el interior agrícola de Rogaland y las rutas marítimas que recorrían la costa. Alrededor de la catedral y del palacio episcopal se organizaba la vida urbana, en un entramado de casas de madera que descendían hacia el puerto.
La diócesis de Stavanger abarcaba un territorio extenso del suroeste del país, lo que daba a la ciudad un peso político y eclesiástico considerable. Los obispos eran figuras poderosas, y la catedral —reconstruida y ampliada tras un incendio en el siglo XIII en estilo gótico— se convirtió en un símbolo de ese prestigio. La economía dependía de la pesca, la agricultura del entorno y un comercio modesto pero constante a lo largo de la costa.
Como el resto de Noruega, Stavanger vivió las grandes crisis del final de la Edad Media, en especial la peste negra de mediados del siglo XIV, que diezmó a la población del país y golpeó duramente a las ciudades. Pese a todo, Stavanger mantuvo su condición de sede episcopal y su papel de cabecera religiosa de la región hasta los cambios profundos que traería la Reforma protestante en el siglo XVI.
El siglo XVI marcó un punto de inflexión para Stavanger. La Reforma protestante, que llegó a Noruega de la mano de la corona danesa hacia 1537, transformó la vida religiosa del país: los bienes de la Iglesia católica pasaron a manos del Estado y el poder de los obispos se redujo drásticamente. Para una ciudad cuya importancia se sustentaba en gran medida en su condición de sede episcopal, el cambio fue un duro golpe.
El declive se profundizó en 1682, cuando la sede del obispado se trasladó a Kristiansand, la nueva ciudad fundada por el rey danés Cristián IV en el sur del país. Privada de su papel como cabecera eclesiástica, Stavanger perdió buena parte de su relevancia administrativa y entró en un período de estancamiento. Durante un tiempo, hasta su estatus formal de ciudad llegó a verse cuestionado.
La economía local, sin embargo, seguía dependiendo del mar. La pesca —en particular la del arenque, cuyos cardúmenes aparecían y desaparecían de la costa de forma cíclica— sostenía a la población en los buenos años y la sumía en dificultades en los malos. Stavanger sobrevivió como un puerto modesto, a la espera de los grandes cambios que el siglo XIX traería de la mano de la industria.
El siglo XIX devolvió a Stavanger la prosperidad, esta vez de la mano del pescado. Las abundantes pescas de arenque de las primeras décadas del siglo impulsaron el comercio y el crecimiento de la población, y la ciudad se llenó de comerciantes, armadores y trabajadores del mar. Pero el gran motor de la transformación fue la industria conservera.
A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, Stavanger se convirtió en la capital noruega de la conserva de pescado, especialmente de las pequeñas sardinas ahumadas y enlatadas en aceite (los famosos 'brisling' o sardinas noruegas). Decenas de fábricas se instalaron en la ciudad y dieron trabajo a miles de personas, muchas de ellas mujeres y niños, en jornadas duras. Las latas de sardinas de Stavanger, con sus coloridas etiquetas, se exportaban a todo el mundo y se convirtieron en una seña de identidad local.
Esa época industrial dejó una marca profunda en la fisonomía y la cultura de la ciudad: los almacenes del puerto, las hileras de casas de madera de los barrios obreros y una memoria colectiva que hoy se conserva, entre otros lugares, en el Norsk hermetikkmuseum (Museo de la Conserva), instalado en una antigua fábrica. Cuando la industria conservera entró en declive a mediados del siglo XX, Stavanger parecía abocada de nuevo a la incertidumbre. Pero bajo las aguas del Mar del Norte la esperaba una riqueza que cambiaría su destino para siempre.
El acontecimiento que transformó por completo a Stavanger ocurrió a finales de los años sesenta. En 1969 se descubrió el enorme yacimiento petrolífero de Ekofisk en el sector noruego del Mar del Norte, un hallazgo que cambiaría la historia económica de toda Noruega. La explotación del petróleo y el gas, iniciada en los años setenta, convertiría a un país pesquero y relativamente modesto en una de las naciones más ricas del mundo.
Stavanger, por su ubicación estratégica en la costa suroeste, fue elegida como base de la nueva industria. Allí se instalaron la sede de la compañía estatal (la futura Equinor, antes Statoil) y de numerosas empresas energéticas nacionales e internacionales, junto con la Dirección Noruega del Petróleo. La ciudad se llenó de ingenieros, técnicos y trabajadores llegados de todo el mundo, y experimentó un crecimiento acelerado de su población, su economía y su carácter internacional. Así nació la 'capital del petróleo' de Noruega.
Ese auge trajo riqueza y modernidad, pero también el desafío de preservar la identidad histórica de la ciudad. Stavanger logró conservar su casco antiguo de madera (Gamle Stavanger), uno de los mejor preservados del norte de Europa, mientras desarrollaba nuevos barrios e infraestructuras. El Norsk Oljemuseum (Museo Noruego del Petróleo), inaugurado en 1999 en el puerto, cuenta esta etapa que define a la Stavanger contemporánea.
La Stavanger contemporánea es una ciudad próspera, cosmopolita y diversa, donde conviven el legado pesquero e industrial, la potente industria energética y un floreciente turismo. Con su área metropolitana junto a Sandnes, forma una de las regiones más dinámicas de Noruega, con una población notablemente internacional gracias a las décadas del boom petrolero.
La ciudad ha sabido reinventarse culturalmente. En 2008 fue Capital Europea de la Cultura, un reconocimiento que impulsó su escena artística, sus festivales —como el de gastronomía Gladmat o el de jazz— y su apuesta por el arte urbano, con el conocido festival Nuart que ha llenado sus muros de murales. El casco antiguo de Gamle Stavanger, con sus casitas blancas de madera, y los museos de la ciudad atraen a visitantes de todo el mundo.
Pero si algo ha colocado a Stavanger en el mapa del viajero global ha sido la naturaleza de su entorno. La región del Lysefjord, con el Preikestolen ('el Púlpito') asomándose a 604 metros sobre el agua y el vertiginoso Kjeragbolten encajado entre dos paredes, se ha convertido en uno de los grandes destinos de senderismo del mundo. Consciente del valor de la transición energética, Stavanger mira también hacia un futuro más verde, mientras combina su pasado, su presente industrial y su naturaleza espectacular en una identidad única.