Antes de que hubiera pueblos, barcos o trenes, hubo hielo. El Nærøyfjord no es un accidente del terreno: es la firma de las glaciaciones. Durante cientos de miles de años, enormes lenguas de hielo bajaron desde la meseta interior de Noruega hacia el mar, arrancando roca, profundizando valles fluviales preexistentes y esculpiendo estas paredes casi verticales. Cuando el hielo se retiró, hace unos 10.000 años, el mar avanzó y llenó el valle excavado: así nació el fiordo, un brazo de mar largo, profundo y estrecho encajado entre montañas de más de mil metros.
El Nærøyfjord es el brazo más angosto y extremo del Sognefjord, el fiordo más largo de Noruega (unos 204 kilómetros). En su punto más estrecho mide apenas 250 metros de ancho, con laderas que en algunos tramos superan los 1.400 metros de altura casi a plomo sobre el agua. Es tan cerrado que en invierno hay lugares donde el sol no llega en semanas. Cascadas colgantes se descuelgan desde lo alto, alimentadas por el deshielo y las nieves de las cumbres, y el agua del fiordo tiene ese color oscuro y quieto que solo dan las grandes profundidades.
Ese paisaje, brutal y hermoso a la vez, es también un ecosistema y un 'paisaje cultural vivo': durante siglos, seres humanos se las arreglaron para vivir en él. Entender la historia del Nærøyfjord es entender, primero, la escala de lo que el hielo dejó, y después, la tozudez de quienes decidieron habitar un lugar donde la tierra cultivable es un lujo arrancado a la montaña.
Quien navega hoy el Nærøyfjord y mira hacia arriba descubre, entre la roca y la vegetación, viejas granjas aferradas a las laderas, algunas en pendientes tan pronunciadas que cuesta imaginar cómo alguien pudo vivir ahí. No es una ilusión: durante siglos, un puñado de familias habitó estas granjas de montaña, en una economía de pura subsistencia. Sembraban en las escasas terrazas de tierra, criaban cabras y ovejas que pastaban en las alturas, pescaban en el fiordo y cortaban leña y heno en lugares a los que a veces solo se llegaba con cuerdas o por senderos vertiginosos.
No había carreteras. El fiordo era la única vía: todo —personas, animales, mercancías, el cura, el correo— se movía en bote. Esa dependencia total del agua marcó la vida de estas comunidades diminutas. Pueblos como Undredal, a orillas del Aurlandsfjord, vivieron durante generaciones prácticamente aislados; Undredal, de hecho, no tuvo conexión por carretera hasta 1988. Allí, unas pocas decenas de personas convivían (y todavía conviven) con cientos de cabras, cuyo queso —blanco y marrón, el famoso 'brunost'— era a la vez alimento y moneda de cambio.
La iglesia de Undredal, levantada hacia 1147, es el mejor testimonio de esa vida. Es la iglesia de madera en uso regular más pequeña de toda Escandinavia: mide unos 12 por 4 metros y tiene sitio para unas 40 personas. Que una comunidad tan minúscula y aislada mantuviera durante casi nueve siglos su propia iglesia dice mucho de la vida en el fiordo: dura, austera, comunitaria y profundamente ligada a la fe y a la tierra. Muchas de aquellas granjas de altura se abandonaron a lo largo del siglo XX, cuando la vida moderna hizo insostenible ese esfuerzo, y hoy quedan como ruinas y prados que el bosque va reconquistando. Pero el 'paisaje cultural' que crearon —los prados de siega, los senderos, los muros de piedra— es parte de lo que la Unesco reconoció como valor universal.
El siglo XIX trajo al Nærøyfjord algo que cambiaría su destino: el turista. A medida que la Europa romántica descubría la belleza salvaje de la naturaleza, los fiordos noruegos se pusieron de moda entre viajeros británicos, alemanes y de la aristocracia continental que buscaban paisajes sublimes. Y el Nærøyfjord, con su estrechez dramática y sus cascadas, era uno de los más codiciados.
La llave de ese turismo fue el barco de vapor. Las compañías navieras incorporaron Gudvangen, al final del Nærøyfjord, como parada regular de sus rutas, y hacia fines del siglo el tráfico de viajeros había crecido tanto que, ya en 1886, la naviera que cubría el trayecto entre Lærdal y Gudvangen no daba abasto con la demanda. Los vapores traían visitantes que luego seguían viaje por tierra en carruajes tirados por caballos, subiendo por caminos de montaña espectaculares y peligrosos como la cuesta de Stalheimskleiva, una sucesión de curvas cerradísimas que todavía hoy forma parte de la ruta turística.
Aquel primer turismo dejó huellas: hoteles de montaña históricos, caminos de postas, embarcaderos. Y, sobre todo, instaló una idea que sería decisiva para el siglo siguiente: que estos fiordos remotos podían ser un destino, que valía la pena invertir en llegar hasta ellos. Esa idea es la que, ya entrado el siglo XX, empujaría una de las obras de ingeniería más audaces de Noruega: un ferrocarril que bajara desde la alta montaña hasta el mismísimo fondo del fiordo, en Flåm.
El gran hito moderno del Nærøyfjord tiene nombre propio: el Flåmsbana, el tren de Flåm. La idea era tan simple de enunciar como difícil de ejecutar: conectar el pueblo de Flåm, en el fondo del Aurlandsfjord, con la línea principal Bergen–Oslo (la Bergensbanen) en la estación de montaña de Myrdal, a 867 metros de altura. Es decir, salvar casi 900 metros de desnivel en apenas 20 kilómetros, por un terreno de roca vertical. Los primeros estudios se hicieron en 1893; el Parlamento noruego aprobó el proyecto en 1916 y, en 1923, decidió que el tren sería eléctrico.
La construcción se extendió de 1924 a 1940, y fue una epopeya. El mayor desafío fueron los túneles: veinte en total. De todos ellos, solo dos —los túneles de Nåli y Vatnahalsen— se excavaron con máquinas; los otros dieciocho se hicieron a mano, a fuerza de dinamita y barreno. Los obreros perforaban la roca a mano, metían la carga explosiva, volaban el frente y retiraban los escombros; se calcula que hacía falta entre 116 y 180 horas de trabajo humano por cada metro de túnel. El polvo de roca provocó silicosis en muchos trabajadores, y hubo accidentes mortales (en 1925 y 1938) y aludes que sepultaron tramos de obra. La cuadrilla, que se alojaba en barracones, fue de 120 hombres al principio y llegó a unos 280 en 1937.
El resultado fue una obra maestra de la ingeniería y uno de los ferrocarriles de vía normal (ni funicular ni cremallera) más empinados del mundo, con una pendiente máxima del 5,5% (1:18). Para bajar semejante desnivel con seguridad, la línea describe curvas cerradísimas y hasta un giro dentro de la montaña. El transporte de carga arrancó el 1 de agosto de 1940, y el servicio de pasajeros el 10 de febrero de 1941; la tracción eléctrica se inauguró el 25 de noviembre de 1944, alimentada por una central hidroeléctrica propia. Durante décadas, el Flåmsbana fue sobre todo un cordón umbilical para los habitantes del fiordo, un modo de bajar mercancías y personas hasta el mar. Con el tiempo, la carretera le fue quitando ese papel, hasta que en 1998 la empresa Flåm Utvikling tomó la comercialización del tren y lo reconvirtió en lo que es hoy: una atracción turística de primer orden, que llegó a ser el tercer sitio más visitado de Noruega, con cientos de miles de pasajeros al año.
En 2005, el Nærøyfjord y el Geirangerfjord fueron inscritos juntos en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, bajo el nombre 'Fiordos del oeste de Noruega'. El reconocimiento premió tanto la belleza natural extraordinaria como el 'paisaje cultural vivo' de las granjas y los pueblos: el Nærøyfjord no es un parque virgen, sino un lugar habitado y trabajado durante siglos. La inscripción disparó la fama internacional del fiordo y multiplicó el turismo.
Ese éxito trajo su propio problema. Flåm, un pueblo de unos 400 habitantes, pasó a recibir cientos de miles de visitantes al año y unos 160 cruceros que amarran en su puerto; el municipio de Aurland, con menos de 2.000 residentes, ronda el millón de visitantes anuales. En pleno verano, con grandes cruceros en puerto, la contaminación del aire en Flåm y en la vecina Geiranger llegó a compararse con la de una gran ciudad, con niveles de óxidos de nitrógeno que preocuparon a las autoridades sanitarias. El overtourism dejó de ser una abstracción: era humo, ruido y saturación en uno de los paisajes más protegidos del país.
La respuesta fue pionera. El Parlamento noruego resolvió exigir emisiones cero a las naves de pasajeros que naveguen por los fiordos Patrimonio de la Unesco. La norma entró en vigor el 1 de enero de 2026: desde esa fecha, todos los barcos de pasajeros de menos de 10.000 toneladas de arqueo bruto que naveguen por estos fiordos deben hacerlo con energías que no emitan CO₂ ni metano de forma directa (batería, hidrógeno verde, biogás certificado); a partir de 2032 la exigencia se extenderá a los barcos más grandes. El gas natural licuado (GNL) no cumple, porque su combustión libera metano. Fue una de las primeras 'zonas de cero emisiones' marítimas del mundo.
Para el viajero, el cambio es visible y audible: los cruceros por el Nærøyfjord se hacen hoy en barcos totalmente eléctricos y silenciosos, de cascos de fibra de carbono, que no dejan estela ni ruido y permiten escuchar las cascadas y el viento. El fiordo que el hielo talló, que las familias de subsistencia habitaron y que el Flåmsbana acercó al mundo, entra así en una nueva etapa: la de intentar seguir siendo visitado sin dejar de ser, exactamente, lo que lo hizo Patrimonio de la Humanidad.