La historia de Lofoten no se entiende sin un pez: el bacalao. Cada invierno, desde tiempos inmemoriales, enormes cardúmenes de bacalao ártico (el llamado skrei) bajan desde las frías aguas del Mar de Barents hasta el sur, buscando desovar en el mar templado y protegido que rodea las islas Lofoten. Es una de las mayores migraciones de peces del planeta, y ocurre en pleno corazón del invierno ártico, entre enero y abril. Ese fenómeno natural, repetido año tras año durante milenios, es el motor de toda la historia de las islas.
Donde hay peces hay pescadores. La arqueología muestra asentamientos en Lofoten desde la Edad de Piedra, y en la era vikinga la región ya era próspera: en Borg, en la isla de Vestvågøy, se excavó la casa larga vikinga más grande jamás encontrada en Escandinavia, sede de un jefe local, hoy reconstruida como museo. Pero lo que convirtió a Lofoten en un lugar clave para todo el norte de Europa fue el descubrimiento de cómo conservar ese bacalao sin sal: el clima de las islas es perfecto para secarlo al aire libre. En invierno la temperatura ronda apenas por debajo del cero: el pescado no se congela en pedazos ni se pudre, sino que se seca lentamente colgado de armazones de madera (los hjell), hasta volverse stockfish (tørrfisk), un producto duro como la madera que puede conservarse y transportarse durante años.
Hacia el año 1000-1100, la producción de stockfish era ya tan importante que dio origen a Vågar (o Vågan), considerada la primera formación urbana del norte de Noruega. Situada cerca de la actual Kabelvåg, Vågar existió como pequeño centro comercial y pesquero desde alrededor del año 1000 hasta el 1400, y fue el corazón de una economía que enriqueció a toda la región. El bacalao seco de Lofoten no era una comida local cualquiera: era un producto de exportación de primer orden, apreciado en toda Europa por su valor nutritivo y su larga conservación, ideal para los largos ayunos cristianos y para abastecer barcos y ejércitos.
El bacalao seco de Lofoten viajó mucho más lejos de lo que sus pescadores podían imaginar. Durante la Edad Media y hasta la época moderna, el stockfish producido en las islas se enviaba en barco hacia el sur, sobre todo a Bergen, que se convirtió en el gran puerto de exportación del pescado seco noruego. Allí entraba en juego la Liga Hanseática, la poderosa red de mercaderes alemanes que dominaba el comercio del norte de Europa: la Hansa consideró tan valioso este comercio que estableció en Bergen uno de sus cuatro grandes 'kontor' (oficinas comerciales en el extranjero), junto a los de Londres, Brujas y Nóvgorod. Los mercaderes alemanes se instalaron en el muelle de Bryggen —hoy Patrimonio de la Unesco, el único de aquellos kontor que sobrevive— y desde ahí distribuyeron el bacalao de Lofoten por toda Europa durante siglos.
Una de las conexiones más fascinantes de esta historia une el Ártico noruego con el Mediterráneo. El stockfish de Lofoten se convirtió, con los siglos, en un ingrediente esencial de la cocina italiana. Según la tradición, el comerciante veneciano Pietro Querini naufragó en Lofoten en 1432 y, tras ser acogido por los pescadores locales, llevó de vuelta a Venecia el conocimiento del stoccafisso (el nombre italiano del pescado seco). Sea leyenda o hecho, lo cierto es que el bacalao seco noruego se arraigó profundamente en la gastronomía italiana: es la base del baccalà mantecato véneto —esa crema de stockfish que se unta sobre pan y es una gloria de la cocina de Venecia— y de innumerables platos de las regiones del Véneto, Liguria y el sur. Hasta hoy, Italia es uno de los grandes mercados del bacalao seco de Lofoten, que goza incluso de denominación de origen protegida.
Así, durante siglos, la economía de estas islas remotas estuvo tejida con la de media Europa. El pescado que se secaba colgado frente a las montañas de Lofoten terminaba en las mesas de mercaderes alemanes, monasterios franceses y cocinas venecianas. Pocos productos han conectado lugares tan distantes y tan distintos como el humilde bacalao del norte.
Cada invierno, durante la temporada del skrei, algo extraordinario ocurría en Lofoten: miles de pescadores de todo el norte de Noruega convergían en las islas para participar en la gran pesca. Llegaban en sus barcos abiertos, enfrentaban el mar helado y la oscuridad del invierno ártico, y necesitaban un lugar donde alojarse durante las semanas de faena. Para eso nacieron las rorbuer: las cabañas de madera, hoy pintadas de rojo, montadas sobre pilotes junto al agua, que daban techo a los pescadores estacionales. El nombre viene de 'ro' (remar) y 'bu' (vivienda): la casa desde la que se salía a remar a pescar. Las rorbuer no eran un capricho pintoresco, sino infraestructura esencial de una industria masiva.
Mientras los hombres salían al mar, buena parte del trabajo en tierra recaía sobre las mujeres. Ellas cortaban, limpiaban, colgaban y cuidaban el bacalao en los hjell, procesaban las cabezas y las huevas, y sostenían la vida de los pueblos durante la temporada. La historia de la pesca de Lofoten es también, aunque muchas veces se cuente menos, una historia de trabajo femenino intenso y decisivo.
La pesca del skrei reunía a tanta gente en tan poco espacio y en condiciones tan duras que generaba conflictos: por los mejores caladeros, por los derechos, por el orden en el mar. Durante siglos, el mar se consideró libre y abierto para todos, lo que producía disputas constantes. Esto cambió con la Ley de Lofoten (Lofotloven) de 1857, una legislación que ordenó y reguló la actividad, estableciendo supervisión estatal, normas para el reparto de las zonas de pesca y una organización más racional de aquella multitud de pescadores. Fue un hito en la historia de la pesca noruega y un ejemplo temprano de regulación de un recurso común. La 'Lofotfisket' —la pesca de Lofoten— se convirtió en una institución nacional, con su propia administración, sus inspectores y sus tradiciones, que estructuró la vida de las islas hasta bien entrado el siglo XX.
El siglo XX transformó Lofoten. La modernización de la pesca —barcos a motor, nuevas técnicas, frío industrial— cambió una forma de vida milenaria: ya no hacían falta ejércitos de pescadores estacionales alojados en rorbuer, y muchas cabañas quedaron vacías. Algunos pueblos se despoblaron, y la población total de las islas fue disminuyendo a medida que la gente joven emigraba hacia las ciudades del sur en busca de otras oportunidades. La pesca siguió siendo importante, pero dejó de ser el único horizonte.
En ese contexto llegó, casi por sorpresa, una nueva vida: el turismo. La belleza extraordinaria de Lofoten —esas montañas que caen al mar, los pueblos rojos, la luz del norte— empezó a atraer a viajeros, fotógrafos y montañistas de todo el mundo. Muchas rorbuer abandonadas se restauraron como alojamiento turístico, dándoles un segundo uso que ayudó a preservarlas. Hoy el turismo es un pilar de la economía de las islas, con cientos de miles de visitantes al año, y trae consigo tanto prosperidad como desafíos: la presión sobre la naturaleza, el camping salvaje irresponsable, la basura y la masificación de ciertos lugares llevaron, desde 2020, a que los municipios de Lofoten establecieran restricciones para proteger el entorno.
El gran debate de las últimas décadas, sin embargo, fue otro: el petróleo. Bajo el mar frente a Lofoten, Vesterålen y Senja (la zona conocida como LoVeSe) se estima que hay importantes reservas de hidrocarburos, y durante años la industria petrolera y parte de la política presionaron para abrir la zona a la exploración. Enfrente se alzó una amplia coalición: pescadores que temían por el skrei y por unas aguas que son criadero de bacalao, ecologistas, científicos y buena parte de la sociedad, que veían un riesgo inaceptable para uno de los ecosistemas marinos y paisajes más valiosos del país. Fue una de las disputas ambientales más intensas de la Noruega moderna. El punto de inflexión llegó en 2019, cuando el Partido Laborista —histórico aliado de la industria petrolera— retiró su apoyo a la perforación en la zona, lo que en la práctica dejó sin respaldo político suficiente cualquier plan de explotación. En 2023, el propio movimiento popular que había luchado 'por una Lofoten sin petróleo' se disolvió, al considerar que la amenaza estaba, por ahora, conjurada. Lofoten quedó así protegida de las plataformas, un caso citado en el mundo como ejemplo de que un país petrolero puede decidir dejar parte de sus recursos bajo el mar. Hoy las islas miran al futuro apoyadas en su pesca milenaria, su naturaleza intacta y un turismo que deberá aprender a cuidarlas.