El Geirangerfjord es, ante todo, una obra del hielo. Como el resto de los grandes fiordos noruegos, se formó durante las sucesivas glaciaciones del Cuaternario, cuando enormes lenguas de hielo se deslizaron desde las montañas hacia el mar excavando los valles fluviales preexistentes. El peso y el movimiento del glaciar tallaron un valle profundo en forma de U, de paredes casi verticales, mucho más hondo de lo que un río podría haber erosionado por sí solo.
Cuando el hielo se retiró, al final de la última glaciación hace unos 10.000 años, el mar inundó ese valle sobreexcavado y nació el fiordo tal como lo conocemos: un brazo de mar largo y angosto, encajonado entre montañas, con aguas muy profundas. El Geirangerfjord es un ramal del Storfjord (el 'gran fiordo'), del que se desprende internándose unos 15 kilómetros entre las cumbres del oeste noruego.
Ese origen glaciar explica todo lo que el visitante admira hoy: las paredes de roca que se hunden cientos de metros en el agua y se elevan otros tantos hacia el cielo, las cornisas y terrazas a media altura, y las innumerables cascadas que caen desde lo alto, alimentadas por la nieve y los neveros de las montañas que rodean el fiordo. Es un paisaje joven en términos geológicos y un ejemplo de manual de la formación de fiordos.
Por más inhóspitas que parezcan, las laderas del Geirangerfjord estuvieron habitadas durante siglos. En cornisas y terrazas a media altura sobre el agua, familias de campesinos levantaron granjas de montaña conocidas como fjordgård o 'granjas del fiordo': Skageflå, Knivsflå, Blomberg, Matvik, entre otras. Eran lugares de una belleza sobrecogedora y una dureza extrema, accesibles solo por sendas empinadas o trepando con cuerdas y escaleras de madera.
En esas terrazas, los campesinos cultivaban lo poco que la tierra permitía y criaban sobre todo cabras y ovejas, animales capaces de moverse por el terreno escarpado. La vida giraba en torno a la autosuficiencia y al aislamiento: bajar al fiordo o subir a la aldea era una expedición, y todo —desde el heno hasta los niños pequeños— debía transportarse por aquellos senderos vertiginosos. Una tradición muy repetida cuenta que, cuando se acercaba el recaudador de impuestos por el fiordo, los habitantes retiraban las escaleras para que no pudiera subir.
Estas granjas fueron abandonándose entre fines del siglo XIX y mediados del XX, a medida que la vida moderna hacía insostenible aquel modo de existencia. Hoy, sus construcciones de madera, restauradas o en ruinas, forman parte del paisaje cultural protegido del fiordo y son destino de algunas de las caminatas más emblemáticas de la zona, como la subida a Skageflå.
Las cascadas del Geirangerfjord no son solo un espectáculo natural: tienen nombre y, en algunos casos, leyenda. Las más famosas son las Siete Hermanas (De syv søstrene), un conjunto de chorros paralelos que se descuelgan por una de las paredes del fiordo. Según la cantidad de agua, pueden verse hasta siete saltos cayendo juntos, como siete cabelleras blancas sobre la roca.
Justo enfrente, en la pared opuesta, cae la cascada del Pretendiente (Friaren). Su forma, ancha en lo alto y más estrecha abajo, ha sido comparada con una botella. La tradición local teje con estas dos cascadas un relato romántico: el Pretendiente intentaba cortejar a las siete hermanas que caían enfrente, pero, incapaz de conquistarlas, terminaba ahogando sus penas en bebida, de ahí la 'botella'. Es una de esas leyendas que los guías cuentan a bordo de los cruceros y que ayudan a fijar el paisaje en la memoria.
Otra cascada célebre es el Velo de Novia (Brudesløret), un salto fino y vaporoso que, cuando el sol lo atraviesa, parece efectivamente un velo de gasa colgando de la montaña. Estas cascadas, alimentadas por la nieve y el deshielo de las cumbres, bajan con más fuerza en primavera y principios de verano y se atenúan hacia el final de la estación seca, por lo que el espectáculo varía según la época de la visita.
El turismo en Geiranger no es un fenómeno reciente. Ya en la segunda mitad del siglo XIX, con la llegada de los barcos de vapor y el auge del viaje de placer entre las clases acomodadas europeas, el Geirangerfjord empezó a aparecer en los itinerarios de los viajeros que buscaban paisajes sublimes. Su combinación de paredes verticales, cascadas y granjas imposibles encajaba perfectamente con el gusto romántico de la época por lo grandioso y lo agreste.
Un visitante ilustre contribuyó a su fama: el káiser Guillermo II de Alemania, que veraneaba con frecuencia en los fiordos noruegos y visitó la zona en varias ocasiones antes de la Primera Guerra Mundial. La presencia de la realeza y de cruceristas europeos consolidó a Geiranger como uno de los destinos de moda del país, y el pueblo fue dotándose de hoteles y servicios para recibir a esos viajeros.
A lo largo del siglo XX, la construcción de carreteras de montaña espectaculares —como la ruta de los Trolls (Trollstigen) y los accesos panorámicos a los miradores de Dalsnibba y Flydalsjuvet— integró a Geiranger en las grandes rutas turísticas por carretera, y los cruceros lo convirtieron en una de las escalas marítimas más codiciadas de Noruega. Esa larga tradición turística es parte de la identidad del lugar.
El reconocimiento internacional definitivo llegó en 2005, cuando la Unesco inscribió en su lista de Patrimonio Mundial el sitio 'Fiordos del oeste de Noruega', que reúne dos fiordos separados geográficamente pero hermanados por su valor excepcional: el Geirangerfjord, en el norte, y el Nærøyfjord, más al sur. La distinción se otorgó por criterios de patrimonio natural, reconociendo a estos fiordos como ejemplos sobresalientes del paisaje de fiordos del planeta.
La Unesco destacó la belleza extraordinaria y la escala del paisaje: las aguas profundas y angostas flanqueadas por paredes de roca de cientos a más de mil metros de altura, las numerosas cascadas, los ríos de aguas claras, los bosques y glaciares, y la diversidad de vida que albergan. Se valoró también el carácter prácticamente intacto del entorno y su importancia como modelo para entender la formación y evolución de los fiordos.
Esa inscripción trajo prestigio, pero también responsabilidades. El altísimo número de visitantes —en especial los grandes cruceros que fondean frente a Geiranger en verano— planteó preocupaciones por la contaminación y la presión sobre un entorno frágil. Noruega ha respondido con medidas para proteger el fiordo, entre ellas el objetivo de que los barcos que naveguen por los fiordos Patrimonio de la Humanidad sean de cero emisiones. El desafío actual del Geirangerfjord es, precisamente, mantener vivo el equilibrio entre su fama mundial y la conservación del paisaje que la motivó.