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Historia de Cabo Norte (Nordkapp)

El fin de la tierra: los sami, los pescadores y un nombre inglés

Mucho antes de que existiera un globo de acero, un centro de visitantes o una entrada de pago, el Cabo Norte ya era un lugar sagrado. Los sami, el pueblo indígena del norte de Escandinavia, conocían y respetaban este acantilado desde tiempos remotos. La isla de Magerøya, donde se levanta el cabo, formaba parte de su territorio de caza y pesca, y trasladaban sus rebaños de renos a los pastos de verano de la isla, como todavía hoy lo hacen. El propio peñón tenía carácter de lugar de ofrenda: en la cercana isla de una formación llamada 'la roca del sacrificio' se han documentado prácticas rituales sami, para quienes ciertos accidentes del paisaje eran moradas de fuerzas espirituales.

Durante siglos, la vida en esta costa extrema giró en torno al mar. Las aldeas de pescadores de Magerøya vivían del bacalao, el fletán y demás riquezas del mar de Barents, uno de los caladeros más productivos del planeta gracias al encuentro de las corrientes frías del Ártico con los restos templados de la corriente del Golfo. Era una existencia dura, a merced del clima y de la larga noche polar, en el borde mismo del mundo habitado.

El nombre por el que hoy lo conoce el mundo, en cambio, no es sami ni noruego, sino inglés. En 1553, el navegante Richard Chancellor pasó frente al gran acantilado mientras buscaba un paso por el noreste hacia las riquezas de Asia, en una expedición inglesa que terminaría abriendo el comercio con Rusia. Al ver aquel promontorio imponente marcando el límite septentrional del continente, lo bautizó 'North Cape', el Cabo Norte. El nombre quedó, y con él la idea —tan poderosa como inexacta— de que aquel era el punto más al norte de Europa.

Los primeros viajeros: Francesco Negri, Louis-Philippe y el rey Óscar II

Que un acantilado remoto y batido por el viento se convirtiera en destino turístico es una de las historias más curiosas del norte de Europa, y empezó con excéntricos. El primero del que hay registro fue el sacerdote italiano Francesco Negri, que en 1664, movido por pura curiosidad científica y viajera, llegó al Cabo Norte tras un periplo agotador y lo describió como 'el fin del mundo conocido'. Se lo suele considerar el primer 'turista' del cabo: alguien que fue solo por el placer y el asombro de estar ahí.

Más de un siglo después, en 1795, pasó por el cabo un viajero muy especial: Louis-Philippe de Orleans, futuro rey de Francia, que recorría el norte lejano durante su exilio, mientras la Revolución sacudía su país. Su visita sumó prestigio y romanticismo a un lugar que empezaba a atraer a aristócratas y aventureros europeos.

El salto definitivo llegó en 1873, cuando el rey Óscar II de Suecia y Noruega hizo una travesía hasta el norte y subió personalmente al Cabo Norte. Su barco ancló en la bahía de Hornvika, al pie del acantilado, y el monarca trepó a pie los cientos de metros de subida hasta la meseta. Aquella visita real fue una consagración: convirtió al cabo en un lugar 'de moda'. En pocos años, las compañías de vapores costeros —primero desde Alemania— empezaron a ofrecer cruceros al Cabo Norte, y ya en 1875 la agencia británica Thomas Cook organizaba las primeras excursiones turísticas. Se construyó un sencillo pabellón de madera en lo alto donde los pasajeros brindaban con champán frente al océano ártico. Había nacido el turismo del fin del mundo, que no ha parado de crecer desde entonces. Una columna en la meseta todavía recuerda la visita de Óscar II.

El camino, el túnel y la larga disputa por el cobro de la entrada

Durante casi un siglo, llegar al Cabo Norte fue una aventura reservada a los cruceros: se anclaba al pie del acantilado y se subía a pie o a caballo. Eso cambió a mediados del siglo XX, cuando se construyó una carretera hasta la meseta, que permitió llegar en auto y abrió el cabo a un turismo masivo. En 1956 se inauguró la primera ruta hasta arriba, y en las décadas siguientes se levantaron instalaciones cada vez mayores. El gran salto fue en 1988, con la apertura del Nordkapphallen, un moderno centro de visitantes en parte excavado en la roca, con cine panorámico, museo, restaurante, capilla y tienda: el Cabo Norte se profesionalizaba como atracción.

El acceso terrestre se completó en 1999 con la apertura del túnel del Cabo Norte (Nordkapptunnelen), un túnel submarino de más de 6 kilómetros que unió por primera vez la isla de Magerøya con el continente y reemplazó al viejo ferry. Honningsvåg y el cabo quedaban, por fin, conectados por carretera a toda Noruega.

Pero con la infraestructura llegó la polémica que marcaría al lugar durante décadas: el cobro de la entrada. La empresa que gestiona el Nordkapphallen —hoy parte del grupo Scandic— empezó a cobrar una tarifa no solo por el centro de visitantes, sino por el simple hecho de acceder a la meseta, incluso para quien solo quería caminar y mirar el mar. Muchos visitantes lo sintieron como un abuso: se pagaba por pisar un espacio natural. La disputa terminó en los tribunales. El municipio de Nordkapp llevó el caso a la justicia argumentando que la explanada es terreno público (utmark) y que no se puede cobrar por entrar. En una serie de fallos, la justicia noruega y las autoridades regionales le dieron la razón al municipio y ordenaron cesar el cobro por el acceso a la meseta: la empresa perdió sucesivos juicios. El resultado, vigente hoy, es que caminar por la meseta, sacarse la foto en el globo y estacionar es gratuito; solo se paga la entrada al edificio del centro de visitantes. Fue una victoria simbólica sobre la idea de poner precio al fin del continente.

La Segunda Guerra Mundial y la tierra arrasada de Finnmark (1944)

La historia del Cabo Norte tiene un capítulo oscuro que conviene contar con precisión y sin adornos, porque marcó a fuego a toda la región. Durante la Segunda Guerra Mundial, Noruega estuvo ocupada por la Alemania nazi desde 1940. El extremo norte, Finnmark, tenía enorme valor estratégico por su cercanía con la Unión Soviética y con la ruta de los convoyes aliados que llevaban suministros a Múrmansk. En el otoño de 1944, el Ejército Rojo empezó a expulsar a los alemanes de la zona fronteriza y liberó Kirkenes.

Ante el avance soviético, el alto mando alemán ordenó la retirada de sus tropas de Finnmark y del norte de Troms mediante una operación llamada 'Nordlicht' (Luz del Norte). Y la retirada se hizo aplicando una brutal política de tierra quemada. La orden, emanada directamente de Hitler, disponía la evacuación forzosa de toda la población civil —más de 70.000 personas, incluidos ancianos, enfermos y niños— y la destrucción sistemática de todo lo que pudiera servir al enemigo. El texto de la orden llegaba a afirmar que 'la compasión por la población civil está fuera de lugar'.

Entre octubre y noviembre de 1944, las patrullas alemanas incendiaron prácticamente cada edificio del norte del país: se calcula que quemaron alrededor de 11.000 casas, además de granjas, iglesias, hospitales, escuelas, fábricas de pescado y faros. Pueblos enteros fueron arrasados. En la propia isla de Magerøya, Honningsvåg fue incendiado casi por completo: de todo el pueblo solo quedó en pie su iglesia blanca, que hoy es un símbolo de aquel drama y de la reconstrucción. Unas 75.000 personas fueron evacuadas por la fuerza; se estima que unas 25.000 se resistieron y sobrevivieron escondidas en cuevas, montañas e islotes, soportando el invierno ártico. Tras la guerra, los habitantes de Finnmark regresaron a un paisaje de cenizas y reconstruyeron sus pueblos desde cero. Esa memoria —la de una región entera arrasada— sigue muy presente en el norte de Noruega.

El mito del punto más al norte y el Cabo Norte de hoy

El Cabo Norte arrastra una fama que, mirada de cerca, es discutible: la de ser el punto más al norte de Europa. En rigor, no lo es. El acantilado turístico queda por detrás de su vecino Knivskjellodden, en la misma isla de Magerøya, que se adentra unos 1.450 metros más al norte, aunque solo se puede alcanzar caminando varios kilómetros por la tundra. Y el punto más septentrional de la Europa continental es en realidad el Kinnarodden (Cabo Nordkinn), situado unos 70 kilómetros al este, mucho más difícil de visitar. El Cabo Norte, en cambio, tiene el acantilado más espectacular, una carretera que llega hasta la cima y siglos de promoción a su favor: por eso se quedó con el título en el imaginario colectivo. Decirlo no le resta valor; simplemente cuenta la verdad de un lugar que siempre supo venderse muy bien.

Hoy el Cabo Norte recibe cada año a cientos de miles de visitantes que llegan en auto por la E69, en el bus desde Honningsvåg, en el crucero costero Hurtigruten o en los grandes cruceros internacionales que amarran en la isla. En verano, bajo el sol de medianoche, la meseta se llena de gente que espera el momento en que el sol roza el horizonte sin ponerse; en invierno, la noche polar y las auroras boreales atraen a un turismo más intrépido. La afluencia masiva trae sus tensiones —congestión, impacto ambiental, la eterna discusión sobre cobrar o no por el acceso—, pero el Cabo Norte conserva algo que ninguna infraestructura logra domesticar: la sensación, muy real, de estar parado en el borde del continente, con el océano Ártico abierto hacia el Polo y nada más entre uno y el hielo. Ese vértigo geográfico es, al final, lo que sigue llevando a la gente hasta el fin de la tierra.

📚 Bibliografía

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