La historia de Ålesund empieza, como la de tantos lugares de la costa oeste noruega, en la Era vikinga y en el mar. Frente a la ciudad actual, la pequeña isla de Giske fue en la Edad Media el asiento de una de las familias más poderosas del país, los Arnungar, señores de una vasta red de tierras y barcos. En Giske todavía se conserva una joya singular: una pequeña iglesia del siglo XII construida en mármol blanco, la única iglesia de mármol de Noruega, testimonio de la riqueza y el prestigio de aquella estirpe.
A esa isla la tradición local vincula uno de los personajes más célebres de la historia nórdica: Ganger-Rolf, conocido en el resto del mundo como Rollo. El relato —que conviene tomar como tradición y no como hecho documentado con certeza— sostiene que este jefe vikingo, apodado 'Ganger' ('el que camina', porque era tan corpulento que ningún caballo lo aguantaba), nació en esta zona. Rollo pasó a la historia como el caudillo escandinavo al que el rey franco cedió, a comienzos del siglo X, un territorio en el norte de Francia para comprar la paz: esa tierra sería el ducado de Normandía. Andando el tiempo, uno de sus descendientes, Guillermo, duque de Normandía, cruzaría el canal en 1066 para convertirse, tras la batalla de Hastings, en Guillermo el Conquistador, rey de Inglaterra.
Que Ålesund reivindique a Rollo como hijo de la región dice mucho de la conciencia histórica del lugar: hay estatuas del vikingo en el parque de la ciudad, en Rouen (Francia) y hasta en Fargo (Estados Unidos), tres puntas de la enorme diáspora escandinava. Más allá del mito, lo cierto es que estas islas fueron durante siglos un cruce de rutas marítimas, y que del mar —de los peces, más que de las espadas— nacería la ciudad moderna.
Durante siglos, lo que hoy es Ålesund fue apenas un puñado de caseríos de pescadores repartidos por las islas. La gran riqueza de esta costa estaba en el mar: los bancos de arenque, que aparecían y desaparecían en ciclos de décadas, y la pesca del bacalao, que atraía cada invierno a miles de pescadores a las aguas de Sunnmøre y las cercanas Lofoten. De ese pescado —secado, salado, convertido en el famoso 'klippfisk'— vivía la región, y ese producto se exportaba a media Europa y al mundo católico mediterráneo.
El problema era el comercio: durante mucho tiempo, el gran puerto de Bergen tuvo el monopolio de la exportación, y las localidades del norte dependían de él. La situación cambió a fines del siglo XVIII y en el XIX, cuando el Estado fue concediendo derechos comerciales a nuevos puertos. Ålesund recibió derechos de comercio limitados en 1793 y derechos plenos hacia 1824, y en 1848 obtuvo el estatus de ciudad de mercado ('kjøpstad'). A partir de entonces, la localidad creció con fuerza: dejó de ser un satélite de Bergen y se convirtió en un centro pesquero y comercial por derecho propio.
El siglo XIX fue de expansión. La población, que rondaba las 480 personas en 1835, se multiplicó a medida que la pesca del arenque y del bacalao, la industria conservera y la construcción naval atraían gente de toda la región. Ålesund se llenó de casas y almacenes de madera apiñados en el estrecho terreno de las islas, con muelles, fábricas de conservas y una flota que salía al Atlántico. Era una ciudad próspera, viva y bulliciosa, pero construida casi enteramente en madera y apretada entre el mar y las rocas. Esa combinación —madera, viento y densidad— llevaba dentro la semilla de la catástrofe.
La catástrofe llegó en pleno invierno. En la madrugada del 23 de enero de 1904, un incendio se declaró en el centro de Ålesund. Sopla ese día un fuerte temporal, y el viento convirtió una llama en un infierno: el fuego saltó de casa en casa a una velocidad imposible de contener, devorando los edificios de madera uno tras otro. En cuestión de horas, prácticamente todo el centro de la ciudad quedó reducido a cenizas.
Lo asombroso, dada la magnitud del desastre, es que hubo una sola víctima mortal: Ane Heen, una mujer de 76 años que, según se cuenta, volvió a su casa en llamas a buscar algo. Pero el saldo material fue devastador: el fuego destruyó centenares de edificios y dejó a más de 10.000 personas sin hogar, en medio del frío del invierno noruego. Prácticamente toda la población de la ciudad tuvo que ser evacuada esa misma noche, muchos con lo puesto, hacia los pueblos y granjas de los alrededores.
La noticia del desastre corrió por Europa. Ålesund era una ciudad conocida, entre otras cosas, porque el propio emperador de Alemania, el káiser Guillermo II, era un veraneante habitual de la región de Sunnmøre, cuyos fiordos y montañas lo fascinaban. Al enterarse de la tragedia, Guillermo II reaccionó con rapidez y generosidad: envió cuatro buques de guerra cargados de materiales para levantar refugios y barracones temporales que permitieran a la población pasar el invierno. Ese gesto, muy recordado en la ciudad, dejó su huella hasta en el callejero: una de las calles más transitadas del centro lleva el nombre del káiser. La solidaridad, alemana y noruega, permitió que la gente sobreviviera al invierno. Pero quedaba la pregunta más difícil: cómo reconstruir, desde cero, una ciudad entera.
La reconstrucción de Ålesund fue tan rápida como extraordinaria, y de esa urgencia nació la ciudad que hoy admira el mundo. Se tomó una decisión sensata tras la tragedia: no se volvería a levantar en madera, sino en piedra, ladrillo y mortero, materiales que no ardieran con tanta facilidad. Y se hizo en un plazo asombrosamente corto: la mayor parte del centro se construyó entre 1904 y 1907, apenas tres años.
En la obra participaron unos 20 maestros de obra y cerca de 30 arquitectos noruegos, muchos de ellos jóvenes formados en las escuelas de Trondheim y de Berlín, donde habían absorbido la corriente estética que dominaba entonces Europa: el Art Nouveau, conocido en el ámbito germánico como Jugendstil ('estilo joven'). Era un estilo que rompía con el pasado académico y buscaba inspiración en la naturaleza: líneas curvas y ondulantes, motivos florales y vegetales, animales, rostros y máscaras esculpidos en las fachadas, torretas, buhardillas y remates fantasiosos.
Como casi todo el centro se levantó de una vez, con los mismos materiales, en el mismo estilo y en el mismo puñado de años, Ålesund quedó con una coherencia arquitectónica que casi ningún otro lugar del mundo posee. En otras ciudades el Art Nouveau son edificios sueltos entre construcciones de otras épocas; en Ålesund es el centro entero. Por eso la ciudad forma parte de la Red de Ciudades del Art Nouveau junto a capitales como Viena, Barcelona, Glasgow o Riga, y por eso hoy tiene su propio Centro del Art Nouveau, el Jugendstilsenteret, instalado en la antigua Farmacia del Cisne de 1907. De la peor noche de su historia, Ålesund sacó, paradójicamente, su mayor tesoro: una ciudad de cuento nacida de las cenizas.
El siglo XX le tenía reservado a Ålesund otro capítulo intenso: la Segunda Guerra Mundial y la ocupación alemana. Cuando la Alemania nazi invadió Noruega en 1940, la costa oeste —recortada, llena de islas, fiordos y escondrijos, y con Gran Bretaña justo al otro lado del mar del Norte— se volvió un escenario clave para la resistencia y para la huida de quienes escapaban del régimen.
Ålesund tuvo un papel tan destacado en esa red clandestina que se ganó un apodo elocuente: 'la pequeña Londres' ('Vesle-London'). Desde estas costas partían, en secreto, barcos de pesca que cruzaban el mar del Norte hacia las islas Shetland y Escocia, llevando refugiados, resistentes perseguidos y jóvenes que iban a sumarse a las fuerzas noruegas libres, y trayendo de vuelta agentes, armas y radios para la resistencia. Ese tráfico marítimo clandestino, hecho a bordo de humildes barcos pesqueros que desafiaban el mar invernal y a las patrullas alemanas, es una de las páginas más valientes de la Noruega ocupada. La región de Sunnmøre, con su tradición marinera y su conocimiento del mar, aportó barcos, tripulaciones y coraje a esa 'ruta del arenque' hacia la libertad.
El apodo 'la pequeña Londres' resumía todo eso: la simpatía de la ciudad por los aliados, su papel en las comunicaciones con el exilio y su espíritu de resistencia. Fue una época de riesgo extremo, de vecinos que arriesgaban la vida y a veces la perdían, y que hoy se recuerda como parte esencial de la identidad de la ciudad.
Terminada la guerra, Ålesund retomó su rumbo. Siguió siendo uno de los grandes puertos pesqueros y de exportación de pescado de Noruega, se modernizó, sumó una universidad y se abrió al turismo. Hoy es una ciudad próspera de unos 55.000 habitantes que vive de la pesca, la industria marítima y, cada vez más, de los visitantes que llegan atraídos por su casco Art Nouveau, sus islas y su condición de puerta a los fiordos y a las islas de aves. Una ciudad que, de los vikingos al incendio y de la guerra al presente, siempre volvió a levantarse mirando al mar.