Mucho antes de la fundación de la ciudad, el istmo de Rivas —esa estrecha franja de tierra que separa el gran lago Cocibolca del océano Pacífico— estaba habitado por los nicaraos, un pueblo de lengua náhuat de origen mesoamericano que había migrado desde el norte y se había asentado en estas tierras fértiles y estratégicas. Los nicaraos cultivaban maíz, cacao y otros productos, y aprovechaban la posición privilegiada del istmo entre el lago y el mar.
Fue precisamente en esta región donde, según la tradición histórica, se produjo uno de los episodios fundacionales de la identidad nicaragüense: el encuentro, hacia 1522-1523, entre el conquistador español Gil González Dávila y el cacique Nicarao (también llamado Nicaragua), líder de los nicaraos. De ese cacique y su pueblo derivaría, según la versión más difundida, el nombre del país: Nicaragua.
Las crónicas relatan que entre Gil González Dávila y el cacique Nicarao hubo intercambios, conversaciones e incluso un célebre diálogo sobre temas filosóficos y religiosos, además del bautismo de numerosos indígenas. Más allá de los detalles legendarios, el episodio simboliza el encuentro entre dos mundos en el istmo de Rivas y vincula para siempre a esta región con el origen del nombre de Nicaragua.
Durante la época colonial, el istmo de Rivas se convirtió en una región agrícola próspera y en un paso estratégico. Su posición entre el lago de Nicaragua y el Pacífico, y su cercanía a la ruta que comunicaba el interior con la costa y con el río San Juan (la salida natural hacia el Caribe), le dieron una importancia que iría creciendo con los siglos.
Las tierras del istmo se dedicaron al cultivo del cacao —muy valorado en la época—, a la ganadería y, más tarde, a otros productos agrícolas. En torno a estas actividades fue creciendo una población que combinaba la herencia indígena nicarao con colonos españoles y mestizos. La villa de Rivas se consolidó como tal en el siglo XVIII, convirtiéndose en el principal centro urbano de esta región del sur.
La ubicación de Rivas en el istmo la mantuvo siempre ligada a las rutas de comunicación: era paso obligado entre el lago y el Pacífico, y punto de articulación del comercio del sur. Esa condición de cruce de caminos, que la define hasta hoy, hundía sus raíces en la geografía y se afianzó a lo largo del período colonial, preparando el terreno para el papel protagónico que la ciudad tendría en el siglo XIX.
En el siglo XIX, la posición geográfica de Rivas y del sur de Nicaragua cobró una importancia mundial gracias a la llamada 'ruta del tránsito'. Antes de que existiera el Canal de Panamá, Nicaragua ofrecía una de las vías más prácticas para cruzar de un océano a otro: se podía remontar el río San Juan desde el Caribe, navegar el gran lago de Nicaragua y, a través del estrecho istmo de Rivas, llegar al Pacífico.
Durante la fiebre del oro de California (a partir de 1849), miles de personas que viajaban desde la costa este de Estados Unidos hacia el oeste utilizaron esta ruta a través de Nicaragua como atajo entre los dos océanos. El empresario estadounidense Cornelius Vanderbilt organizó una compañía de tránsito que transportaba pasajeros por esta vía, combinando vapores en el lago y el río con el cruce terrestre del istmo de Rivas, lo que convirtió a la región en un punto de paso de relevancia internacional.
La 'ruta del tránsito' trajo movimiento, comercio y también disputas. El control de esta vía interoceánica se volvió un asunto de gran valor estratégico y económico, y estuvo en el centro de los conflictos que sacudirían a Nicaragua a mediados del siglo XIX. El istmo de Rivas, una vez más, se encontraba en el corazón de los grandes acontecimientos.
El episodio más célebre de la historia de Rivas es su papel en la Guerra Nacional centroamericana contra el filibustero estadounidense William Walker. A mediados del siglo XIX, Walker, un aventurero que aprovechó las guerras civiles nicaragüenses, llegó a hacerse con el poder en Nicaragua y se proclamó presidente, en un proyecto que buscaba favorecer intereses expansionistas y que llegó a restablecer la esclavitud.
La reacción no se hizo esperar: las naciones centroamericanas —Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Honduras y los propios nicaragüenses— se unieron en la llamada Guerra Nacional (1856-1857) para expulsar a Walker y sus filibusteros. El istmo y la ciudad de Rivas, por su valor estratégico ligado a la ruta del tránsito, fueron escenario de algunas de las batallas más importantes y sangrientas de esa guerra.
En la región de Rivas se libraron varias batallas decisivas. La más recordada es la Segunda Batalla de Rivas, en abril de 1856, en la que, según la tradición, el héroe costarricense Juan Santamaría incendió el mesón o reducto en el que se hacían fuertes los filibusteros, en un acto heroico que le costó la vida y que lo convirtió en símbolo nacional de Costa Rica. La derrota final de Walker en 1857 consolidó a Rivas como un lugar central en la memoria histórica de Centroamérica.
Hoy Rivas conserva su carácter histórico de cruce de caminos, ahora convertido en su principal función turística y logística. La ciudad sigue siendo el nudo de conexiones del sur de Nicaragua: por ella pasa el camino hacia la isla de Ometepe (embarcando en el cercano puerto de San Jorge), hacia San Juan del Sur y las playas y spots de surf del Pacífico sur, y hacia la frontera con Costa Rica en Peñas Blancas.
La economía de Rivas mantiene su raíz agrícola y comercial —el departamento es tierra de cultivos, ganado y, en su costa, de un creciente turismo de playa—, mientras la ciudad funciona como centro de servicios y punto de paso para los miles de viajeros que recorren el sur del país. Su centro, con la basílica de San Pedro, el parque y el mercado, ofrece la cara cotidiana y auténtica de Nicaragua.
Detrás de su aire tranquilo y provinciano, Rivas guarda una historia densa: el asentamiento de los nicaraos y el origen del nombre del país, el istmo colonial, la ruta del tránsito interoceánica y las batallas de la Guerra Nacional. Esa memoria, conservada en sus monumentos y en su museo, convive con el papel actual de la ciudad como puerta de entrada al gran lago, los volcanes de Ometepe y las playas del Pacífico sur, los grandes destinos del sur de Nicaragua.