Granada fue fundada en 1524 por el conquistador español Francisco Hernández de Córdoba, enviado a estas tierras por Pedrarias Dávila desde Panamá. Hernández de Córdoba estableció la ciudad a orillas del enorme lago Cocibolca (lago de Nicaragua), en una región habitada por pueblos indígenas, y le dio el nombre de Granada en recuerdo de la ciudad española del mismo nombre, recientemente reconquistada en la península ibérica.
Granada es considerada una de las ciudades más antiguas fundadas por europeos en el continente americano que ha mantenido continuidad y emplazamiento hasta hoy. Ese mismo año, Hernández de Córdoba fundó también León, en el occidente, sentando las bases de las dos grandes ciudades que marcarían la historia de Nicaragua. El nombre del fundador quedó, además, inmortalizado en la moneda nacional: el córdoba.
La elección del sitio no fue casual. El lago Cocibolca, además de proveer agua y recursos, estaba conectado con el mar Caribe a través del río San Juan, lo que abría a Granada una salida al Atlántico. Esa posición estratégica convertiría a la ciudad, con el tiempo, en un importante puerto comercial, pero también en blanco de ataques. Desde su fundación, Granada quedó ligada a su lago, su seña de identidad hasta la actualidad.
La gran ventaja de Granada fue su condición de puerto interior con salida al mar. El lago Cocibolca desagua a través del río San Juan, que corre hacia el este hasta desembocar en el mar Caribe. Esto hacía posible que embarcaciones llegaran desde el Atlántico, remontaran el río San Juan, cruzaran el lago y arribaran a Granada, y que desde allí salieran las mercancías de la región hacia el exterior.
Gracias a esta ruta, Granada se convirtió en uno de los principales centros comerciales de la América Central colonial. Por su puerto pasaban productos de la región y mercancías que la conectaban con España y con el resto del imperio. La ciudad prosperó, se enriqueció y levantó iglesias, conventos y casonas, consolidándose como una urbe importante y opulenta para los estándares de la época.
Esa misma riqueza, sin embargo, tuvo un costo. La ruta que daba prosperidad a Granada —el lago y el río San Juan— era también una vía de acceso para sus enemigos. La fama de ciudad rica y la posibilidad de llegar por agua desde el Caribe convirtieron a Granada en un blanco codiciado por los piratas, que durante el siglo XVII organizaron expediciones para remontar el río y saquearla.
La prosperidad de Granada la convirtió en un objetivo de los piratas y bucaneros que merodeaban el Caribe en el siglo XVII. A pesar de estar tierra adentro, lejos de la costa, la ciudad no estaba a salvo: los asaltantes descubrieron que remontando el río San Juan desde el mar Caribe y cruzando el lago Cocibolca podían llegar hasta Granada y saquearla.
A lo largo del siglo XVII, Granada sufrió varios ataques piratas. Bandas de filibusteros y bucaneros, algunos vinculados a las potencias rivales de España, navegaron río arriba, sortearon las defensas y atacaron la ciudad, llevándose botín y sembrando el terror entre sus habitantes. Estos asaltos dejaron una huella profunda en la memoria de la ciudad y motivaron la construcción y el refuerzo de fortificaciones a lo largo de la ruta, especialmente sobre el río San Juan, para intentar frenar a los invasores.
La amenaza pirata fue uno de los grandes condicionantes de la vida colonial de Granada y de toda la región del lago y el río San Juan. Las fortalezas levantadas para defender esa ruta —de las que aún quedan vestigios río abajo— son testimonio de aquella época en que la riqueza de la ciudad atraía tanto el comercio como el peligro.
Desde la época colonial, y muy especialmente tras la independencia de España, Granada y León protagonizaron una de las rivalidades más profundas de la historia de Nicaragua. Granada, ciudad rica y comerciante a orillas del lago, se convirtió en bastión de las élites conservadoras; León, en el occidente, sede de la universidad y de un espíritu más reformista, fue el bastión de los liberales. Esa pugna entre dos ciudades y dos proyectos de país marcó la vida nacional durante el siglo XIX.
La rivalidad no fue solo política, sino también económica y cultural, y muchas veces derivó en conflictos armados por la hegemonía y por cuál sería la capital del país. Ninguna de las dos aceptaba la primacía de la otra. Esta inestabilidad crónica fue tan grave que, en 1852, se decidió trasladar la capital a Managua, una ciudad intermedia y neutral, precisamente para zanjar la disputa entre las dos rivales.
La pugna entre Granada y León fue, en buena medida, el motor de la política nicaragüense de la primera mitad del siglo XIX, y su sombra alcanzó incluso a uno de los episodios más oscuros de la historia del país: la llegada del aventurero William Walker, que supo aprovechar esos conflictos internos para hacerse con el poder.
Uno de los episodios más dramáticos de la historia de Granada está ligado al estadounidense William Walker, un aventurero y filibustero que en la década de 1850 se aprovechó de las guerras internas entre liberales y conservadores nicaragüenses para intervenir en el país. Inicialmente llamado por los liberales de León como apoyo militar, Walker fue acumulando poder hasta proclamarse presidente de Nicaragua en 1856, en un episodio que escandalizó a toda la región centroamericana.
Las ambiciones de Walker —que incluían proyectos de expansión y, según muchas interpretaciones, el restablecimiento de la esclavitud— provocaron una guerra: los países vecinos de Centroamérica se unieron para expulsarlo en la llamada Guerra Nacional. Acorralado y obligado a retirarse de Granada, Walker tomó una decisión brutal: ordenó incendiar y destruir la ciudad antes de abandonarla, a fines de 1856.
De aquel episodio quedó una imagen y una frase para la historia: entre las ruinas humeantes, los hombres de Walker dejaron un cartel con la inscripción 'Aquí estuvo Granada' ('Here was Granada'), como testimonio cínico de la destrucción. La ciudad, sin embargo, fue reconstruida en los años siguientes, recuperando su trazado colonial y su esplendor. Walker fue finalmente derrotado y, años después, capturado y fusilado en Centroamérica.
Tras el incendio de 1856, Granada fue reconstruida conservando su trazado colonial en damero y su carácter, levantando de nuevo sus iglesias, conventos y casonas. A lo largo de los siglos XIX y XX, la ciudad mantuvo su impronta histórica y su atmósfera señorial, aun cuando el centro político del país ya se había trasladado a Managua. Granada siguió siendo un símbolo del patrimonio y la identidad nicaragüense.
En las últimas décadas, Granada vivió un notable proceso de restauración y revalorización de su patrimonio colonial, que la convirtió en uno de los principales destinos turísticos de Nicaragua. Sus casonas de colores, sus iglesias (la Catedral, La Merced, San Francisco con su museo de estatuas precolombinas de Zapatera), su Parque Central y su calle La Calzada atraen a visitantes de todo el mundo, que encuentran en ella una de las ciudades coloniales mejor conservadas de Centroamérica.
A ese patrimonio se suma un entorno natural privilegiado: el lago Cocibolca y su archipiélago de Las Isletas, el volcán Mombacho con su bosque nuboso y la cercana laguna de Apoyo. Granada combina así historia, arquitectura, lago y volcanes en un mismo lugar. Hoy es también un foco cultural, sede de eventos como el Festival Internacional de Poesía, y una ciudad cosmopolita donde conviven nicaragüenses y una comunidad de residentes extranjeros atraídos por su belleza y su clima.