Mucho antes de que existiera pueblo alguno, esta bahía batida por el viento fue uno de los primeros puntos de la costa namibia que conocieron los europeos. En 1488, el navegante portugués Bartolomeu Dias, en su histórico viaje en el que doblaría por primera vez el cabo de Buena Esperanza abriendo la ruta hacia la India, recaló en esta bahía y, siguiendo la costumbre de los exploradores portugueses, erigió un padrão: una cruz de piedra que reclamaba el lugar y servía de referencia a los navegantes. De aquella cruz, hoy replicada en Diaz Point, deriva la memoria portuguesa del sitio.
Los portugueses bautizaron la bahía como Angra Pequena ('pequeña ensenada' o 'pequeña bahía'). Durante siglos, sin embargo, no fundaron aquí ningún asentamiento permanente: la costa era demasiado árida, ventosa e inhóspita, sin agua dulce ni recursos evidentes que justificaran quedarse. Angra Pequena quedó como un punto conocido en las cartas, un refugio ocasional para los barcos que bordeaban África, pero esencialmente virgen.
A lo largo de los siglos siguientes, la bahía fue visitada esporádicamente por balleneros, foqueros y buscadores de guano que aprovechaban la riqueza del mar frío de la corriente de Benguela y los depósitos de las islas cercanas. Pero el verdadero destino de Angra Pequena —convertirse en Lüderitz— no llegaría hasta finales del siglo XIX, cuando el interés colonial europeo por África se disparó y un comerciante alemán puso los ojos en esta remota ensenada del sudoeste africano.
La ciudad debe su nombre y su fundación a Franz Adolf Lüderitz, un comerciante de Bremen que en 1883 decidió establecer un puesto comercial en la costa del sudoeste africano. En su nombre, su agente Heinrich Vogelsang compró la bahía de Angra Pequena y las tierras circundantes al jefe nama Josef Frederiks II, de Bethanie. El asentamiento pasó a llamarse Lüderitzbucht ('bahía de Lüderitz').
La compra, sin embargo, estuvo marcada por el engaño. El contrato hablaba de 'millas', y los nama entendieron que se trataba de las millas inglesas habituales; pero Lüderitz aplicó las millas geográficas alemanas, mucho más largas, apropiándose de una franja de tierra enormemente mayor que la que los vendedores creían ceder. El fraude pasó a la historia como la 'estafa de la milla' (Meilenschwindel), y le valió a Adolf Lüderitz el apodo burlón de 'Lügenfritz' ('Fritz el mentiroso') entre sus propios compatriotas. Fue un ejemplo temprano y descarado de los métodos con que se despojó de sus tierras a los pueblos africanos.
Adolf Lüderitz no disfrutó mucho de su adquisición: desapareció en 1886 durante una expedición por el río Orange, y la bahía terminó llevando su nombre en su honor. Pero su acción tuvo consecuencias enormes. En 1884, el canciller Otto von Bismarck colocó la zona bajo 'protección' del Imperio alemán, convirtiendo Lüderitz y su entorno en el germen de la primera colonia alemana en África: el África del Sudoeste Alemana. Un contrato tramposo firmado en una remota bahía desértica había abierto la puerta a décadas de dominio colonial.
Convertida en cabeza de puente de la colonización alemana, Lüderitz creció como puerto y centro administrativo del nuevo territorio. Pero lo que la transformó de un modesto puesto colonial en una ciudad opulenta fue un hallazgo casi milagroso: en 1908, un trabajador del ferrocarril, Zacharias Lewala, encontró un diamante en la arena cerca de Lüderitz, y su supervisor August Stauch confirmó el valor del hallazgo. El desierto de los alrededores estaba, literalmente, sembrado de diamantes.
La noticia desató una fiebre del diamante que enriqueció a Lüderitz de la noche a la mañana. La administración colonial declaró el Sperrgebiet, la vasta 'zona prohibida' donde solo las compañías autorizadas podían explotar las piedras, y surgieron poblaciones mineras como la cercana Kolmanskop, que llegó a ser una de las ciudades más ricas de África. Lüderitz, como puerto y sede de las compañías, vivió su época dorada: con la riqueza del diamante se levantaron los suntuosos edificios de estilo art nouveau (Jugendstil) y colonial alemán que aún hoy definen su casco histórico, como la iglesia Felsenkirche (1911-1912) y la mansión Goerke Haus.
Durante aquellos años, Lüderitz fue una burbuja de opulencia europea en pleno desierto atlántico: comercio, banca, arquitectura señorial, vida social a la alemana, todo financiado por el brillo de las piedras que emergían de la arena. Esa prosperidad, sin embargo, se sostenía sobre el trabajo de obreros africanos en condiciones muy duras y sobre el marco de una colonia que, en esos mismos años, protagonizaba uno de los episodios más atroces de su historia. El esplendor de Lüderitz y la tragedia de Shark Island fueron, dolorosamente, contemporáneos.
La historia de Lüderitz guarda un capítulo profundamente sombrío que debe contarse con precisión y sobriedad. Entre 1904 y 1908, la administración colonial alemana reprimió los levantamientos de los pueblos herero y nama en lo que hoy se reconoce como el primer genocidio del siglo XX. Tras las órdenes de exterminio dictadas por el general Lothar von Trotha —contra los herero en octubre de 1904 y contra los nama en 1905—, decenas de miles de personas murieron: empujadas al desierto para morir de sed, fusiladas o recluidas en campos de concentración.
Uno de esos campos funcionó en Shark Island (la 'Isla del Tiburón'), frente a Lüderitz. Conocido siniestramente como 'la isla de la muerte', fue uno de los cinco campos de concentración de la colonia y uno de los más letales. Entre 1905 y su cierre en 1907, murieron allí, según las estimaciones, entre un millar y varios miles de prisioneros herero y nama —hombres, mujeres y niños— por el hambre, el frío, el trabajo forzado, las enfermedades y el maltrato, expuestos al viento glacial del Atlántico. Se documentaron además abusos científicos con los cuerpos de las víctimas. En conjunto, el genocidio acabó con más del 80% de la población herero y alrededor del 50% de la nama.
Este pasado no es un detalle secundario ni un asunto lejano: es parte esencial de la historia de Lüderitz y de Namibia, y sus heridas siguen abiertas. Alemania solo reconoció oficialmente el genocidio en años recientes, y el debate sobre las reparaciones continúa. Hoy Shark Island, unida a la ciudad por una lengua de tierra, alberga un camping, lo que ha generado controversia por la falta de un memorial acorde a la magnitud de lo ocurrido. Visitar Lüderitz implica también reconocer, con respeto y sin eufemismos, que su esplendor colonial convivió con uno de los crímenes más graves de la historia africana moderna.
El destino de Lüderitz siguió los vaivenes del diamante y de la historia colonial. Tras la Primera Guerra Mundial, Alemania perdió sus colonias y el territorio pasó a administración sudafricana bajo mandato de la Sociedad de Naciones. El golpe económico llegó, sobre todo, en 1928, cuando se descubrieron yacimientos diamantíferos mucho más ricos en las terrazas cercanas al río Orange, hacia el sur. La actividad se trasladó a la nueva ciudad de Oranjemund, y tanto Kolmanskop como el propio Lüderitz entraron en un largo declive. Kolmanskop terminaría abandonado en 1956.
Lüderitz, en cambio, sobrevivió, aunque menguado y aislado, reconvertido en un puerto pesquero. La riqueza del mar frío de la corriente de Benguela —pescado, langosta de roca, ostras, mariscos— sostuvo a la ciudad durante las décadas siguientes, junto con cierta actividad diamantífera marina. Su lejanía y su rudeza climática lo mantuvieron como un rincón apartado, casi olvidado, del país, primero bajo el dominio sudafricano y el apartheid, y luego, tras 1990, como parte de la Namibia independiente. Durante un tiempo su nombre oficial fue !Nami=Nûs, aunque 'Lüderitz' siguió siendo el de uso común.
Hoy Lüderitz vive en buena medida del turismo y de la pesca. Su extraordinario casco art nouveau, la cercanía del fascinante Kolmanskop, la fauna de su bahía (pingüinos, focas, flamencos, delfines), la península de Diaz Point y el acceso al remoto Sperrgebiet lo han convertido en uno de los destinos con más personalidad del sur namibio. Es célebre además por su viento, que atrae a kitesurfistas que buscan récords de velocidad. Pasear por este puerto alemán varado entre el océano y las dunas, con su belleza colonial, su fauna atlántica y su historia a la vez deslumbrante y trágica, es una de las experiencias más singulares y conmovedoras que ofrece Namibia.