La gran salina de Etosha —cuyo nombre en oshindonga significa "gran lugar blanco"— fue registrada para Europa por los exploradores Charles John Andersson y Francis Galton el 29 de mayo de 1851, aunque los pueblos locales la conocían desde siempre. En marzo de 1907, el gobernador alemán Friedrich von Lindequist la proclamó reserva de caza mediante la Ordenanza 88.
En su origen, la reserva cubría unos 99.526 km², la mayor área legalmente protegida del mundo en ese momento, más extensa que Portugal o Hungría. Con el tiempo, sucesivos recortes fronterizos —cinco en total, casi siempre por presión política más que ecológica— la redujeron a unos 22.270 km². Obtuvo el estatus de parque nacional en 1967, por ley del Parlamento sudafricano.
Detrás del parque de safari hay una historia de despojo poco contada. La zona de Etosha era el territorio ancestral de los haiǁom, un pueblo cazador-recolector de lengua joisana emparentado con los san. Con la creación y sucesivas reorganizaciones del parque, los haiǁom fueron progresivamente expulsados de sus tierras, y en 1954 la administración los desalojó en forma definitiva del interior del parque.
Muchos terminaron trabajando como peones en granjas vecinas o en el propio parque, desposeídos de su tierra y su modo de vida. La reivindicación de los haiǁom por Etosha sigue siendo, ya en la Namibia independiente, un caso emblemático de las deudas históricas con los pueblos originarios.
En el corazón del Damaraland, la región agreste de montañas ocres al oeste de Etosha, se encuentra Twyfelfontein, con una de las mayores concentraciones de grabados rupestres de África: más de 2.500 petroglifos tallados por cazadores san a lo largo de unos 2.000 años. En 2007 fue declarado el primer Patrimonio de la Humanidad de Namibia por la UNESCO.
El Damaraland toma su nombre de los damara, que ocupaban estas tierras difíciles, y es también hogar de comunidades himba —un pueblo herero del noroeste que conserva su forma de vida seminómada— y de los raros elefantes del desierto, adaptados a sobrevivir en un entorno de escasísima agua.
El litoral norte, la Costa de los Esqueletos, debe su nombre siniestro a los innumerables naufragios que sembraron sus arenas y a los huesos de ballena que dejó atrás la caza. La niebla espesa de la corriente de Benguela, las corrientes traicioneras y la falta total de agua dulce convirtieron esta costa en una trampa mortal para los navegantes durante siglos.
Para los pueblos san y para los primeros marinos era simplemente inhabitable. Fue el motivo por el que el interior de Namibia se mantuvo aislado del contacto europeo mucho más tiempo que otras regiones de África: no había puerto ni acceso fácil desde el mar. Hoy es una de las costas más salvajes y protegidas del planeta.
En Cape Cross, en la Costa de los Esqueletos, se levanta la marca más antigua del contacto europeo con Namibia: en 1486 el navegante portugués Diogo Cão erigió allí un padrão, una cruz de piedra con las armas de Portugal, uno de los puntos más al sur alcanzados por los exploradores portugueses en su búsqueda de la ruta a la India.
La cruz original fue retirada en el siglo XIX y hoy se conserva en un museo de Berlín; en el sitio hay réplicas. Junto al monumento vive una de las mayores colonias de lobos marinos de El Cabo del mundo. Cape Cross condensa así, en un mismo punto, el primer roce con Europa y la fauna que sigue definiendo esta costa.
El extremo norte, la franja húmeda que hace frontera con Angola, es el país de los ovambo, el grupo más numeroso de Namibia. Organizados históricamente en reinos agrícolas y ganaderos, quedaron relativamente al margen del asentamiento colonial alemán, más volcado al centro y al sur.
Bajo el apartheid, en cambio, Ovamboland fue convertido en un bantustán y en la principal reserva de mano de obra migrante para las minas y granjas del sur. De sus trabajadores y de la lucha contra el sistema de contratos nació buena parte de la SWAPO, y el norte fue el principal escenario de la guerra de liberación, con incursiones desde Angola. La historia política de la Namibia independiente hunde sus raíces aquí.