El Namib, que da nombre al país (namib significa "lugar vasto" en nama), es considerado el desierto más antiguo del planeta: lleva árido entre 55 y 80 millones de años. Sus dunas de Sossusvlei, teñidas de anaranjado por el óxido de hierro, están entre las más altas del mundo, con nombres como Big Daddy o la célebre Duna 45.
En Deadvlei, una planicie de arcilla blanca, sobreviven los esqueletos negros de acacias muertas hace unos 900 años, cuando un cambio en el curso del río Tsauchab dejó a los árboles sin agua; el clima extremo los preservó sin dejarlos descomponerse. Es un paisaje que parece de otro planeta y uno de los más fotografiados de África. En este ambiente hostil se adaptaron pueblos como los topnaar (ǂAonin), un grupo nama que vive junto al río Kuiseb y que durante siglos dependió de la nara, un melón del desierto.
La costa central esconde una rareza histórica. Walvis Bay, el único puerto natural de aguas profundas de todo el litoral, fue anexado por Gran Bretaña en 1878 y quedó como enclave británico —luego administrado por la Colonia del Cabo y por Sudáfrica— incluso cuando Alemania proclamó su protectorado sobre el resto del territorio en 1884.
Esa anomalía sobrevivió a la colonia alemana y al mandato: cuando Namibia se independizó en 1990, Sudáfrica retuvo Walvis Bay, y el puerto solo fue reintegrado al país en 1994. Hoy su laguna, refugio de flamencos y pelícanos, y sus colonias de lobos marinos son la principal atracción de una bahía que fue durante más de un siglo una pieza de ajedrez geopolítico.
Como Walvis Bay era británico, los alemanes necesitaban un puerto propio, y en 1892 fundaron Swakopmund en la desembocadura del río Swakop. Con esfuerzo levantaron un desembarcadero en una costa sin abrigo natural y construyeron una ciudad de aire netamente germano —el Woermannhaus, la estación de tren, el faro, las casas de entramado— que hoy le da su carácter de "pueblo alemán junto al Atlántico".
Detrás de la postal hay historia dura: durante el genocidio, Swakopmund albergó campos de concentración donde murieron prisioneros herero y nama sometidos a trabajo forzado en la construcción del puerto y el ferrocarril. La ciudad conserva esa doble memoria bajo su fachada de balneario.
La costa del Namib no solo fue disputada por su geografía, sino por sus recursos. Las islas frente al litoral —las Penguin Islands— fueron explotadas por su guano en el siglo XIX, y esa riqueza fue parte de lo que motivó la anexión británica de varias de ellas junto a Walvis Bay. Más tarde, la pesca del Atlántico frío de la corriente de Benguela convirtió a Walvis Bay en un importante puerto pesquero.
Tierra adentro, el desierto esconde uno de los mayores yacimientos de uranio a cielo abierto del mundo, la mina de Rössing, en actividad desde los años setenta. Estos recursos —guano, pesca, uranio— explican por qué una franja aparentemente estéril fue siempre tan codiciada.
Buena parte de este desierto estuvo cerrada al público durante décadas: primero como reserva de caza y luego integrada a áreas protegidas. En 2009, tras la independencia, el gobierno namibio fusionó varias zonas —incluida parte del antiguo Sperrgebiet diamantífero— en el Parque Namib-Naukluft, uno de los más grandes de África, y creó el Sperrgebiet National Park en el sur.
Ese giro convirtió un paisaje ligado a la minería y a la prohibición en un motor del ecoturismo namibio. Sossusvlei, Deadvlei y las dunas del Namib son hoy la imagen de marca del país y una de sus principales fuentes de divisas.