Mucho antes de que existiera nombre alguno en un mapa, las rocas rojas del noroeste namibio ya guardaban la huella de sus habitantes más antiguos. Los san, cazadores-recolectores de las estepas del sur de África, recorrieron estas tierras durante milenios y dejaron su testimonio en el arte rupestre: en Twyfelfontein, en el corazón de la actual Damaraland, tallaron unos 2.500 grabados de rinocerontes, jirafas, elefantes y huellas hace miles de años, en torno a una de las escasísimas fuentes de agua permanente de la región.
El nombre de la región proviene, sin embargo, de otro pueblo: los damara. Los damara son considerados, junto a los san, uno de los grupos más antiguos de Namibia, y su presencia en la zona se documenta desde hace siglos. Hablan khoekhoegowab, una lengua de la familia khoe con los característicos sonidos de 'clic', la misma familia lingüística que el nama, aunque genéticamente los damara están emparentados con sus vecinos bantúes himba y herero. Este cruce —lengua khoe y raíces bantúes— sigue siendo objeto de estudio y hace de los damara un pueblo singular.
Tradicionalmente, los damara vivían de la caza, la recolección, la ganadería menor y la metalurgia: fueron hábiles fundidores y herreros de cobre y hierro. A lo largo del siglo XIX, con la presión creciente por la tierra entre nama y herero, muchos damara fueron desplazados hacia las zonas montañosas y áridas del interior, lo que les valió el nombre de 'Berg Damara' o 'damara de la montaña'. Aquellas montañas ocres y esos lechos de ríos secos que hoy fascinan al viajero fueron durante generaciones el refugio de un pueblo empujado a los márgenes.
Damaraland y el vecino Kaokoland son también el territorio de los himba, uno de los pueblos seminómadas más tradicionales de África. Descendientes de grupos herero que migraron hacia el suroeste, los himba conservaron un modo de vida pastoril centrado en el ganado, con una organización social basada en un doble sistema de linajes y una religión ancestral en torno al 'fuego sagrado' (okuruwo) que conecta a los vivos con los antepasados. Su imagen más reconocible —la piel y el cabello cubiertos de otjize, una pasta de grasa y ocre rojo— no es un adorno turístico sino una práctica cotidiana de protección e identidad.
Los herero, por su parte, protagonizaron una de las grandes migraciones ganaderas del sur de África y se asentaron en amplias zonas del centro y noroeste namibio. Su historia se cruzaría trágicamente con la del colonialismo alemán a comienzos del siglo XX. Damara, nama, herero, himba y san componen así un mosaico humano de extraordinaria densidad histórica en un territorio a primera vista vacío.
Pero el gran documento de la región sigue siendo el arte rupestre. Además de Twyfelfontein, el macizo del Brandberg —Dâureb, 'la montaña que arde', el punto más alto de Namibia con 2.573 metros— guarda en la garganta de Tsisab la célebre pintura de la 'Dama Blanca'. Durante décadas, el prehistoriador francés Henri Breuil la interpretó como una figura femenina de origen mediterráneo, alimentando teorías fantasiosas sobre contactos con culturas del Mediterráneo antiguo. La investigación posterior descartó esa lectura: se trata de una figura de la tradición pictórica san, probablemente un chamán o cazador, de unos dos mil años o más. La 'Dama Blanca' es hoy un símbolo del malentendido colonial y, a la vez, de la riqueza del arte de los pueblos originarios.
A partir de 1884, el noroeste de lo que hoy es Namibia quedó englobado en el África del Sudoeste Alemana (Deutsch-Südwestafrika), la colonia que el Imperio alemán estableció tras la compra de tierras por el comerciante Adolf Lüderitz. La expansión colonial trajo el despojo de tierras y ganado a los pueblos africanos, la imposición de fronteras y una tensión creciente que estallaría en una de las páginas más sombrías de la historia del continente.
Entre 1904 y 1908, la represión alemana de los levantamientos herero y nama derivó en lo que hoy la historiografía reconoce como el primer genocidio del siglo XX. Tras la orden de exterminio dictada por el general Lothar von Trotha en octubre de 1904 contra los herero, y en 1905 contra los nama, decenas de miles de personas murieron a manos del ejército alemán, empujadas al desierto para morir de sed, fusiladas o recluidas en campos de concentración como el de Shark Island, frente a Lüderitz. Se estima que fue exterminada más del 80% de la población herero y cerca del 50% de la nama.
Aunque el epicentro de estos hechos estuvo en el centro y el sur del territorio, el conjunto de los pueblos del noroeste —herero, nama, damara, himba— quedó marcado por aquella catástrofe demográfica y por el trauma colonial. El tema debe abordarse con sobriedad y precisión: no se trata de un episodio lejano y menor, sino de un genocidio reconocido, cuyas secuelas y cuyo debate sobre reparaciones siguen abiertos entre Namibia y Alemania en pleno siglo XXI. Conocer Damaraland implica también reconocer esta historia bajo la belleza del paisaje.
El nombre 'Damaraland' tal como aparece en muchos mapas tiene un origen concreto y políticamente cargado. Tras la Primera Guerra Mundial, Sudáfrica administró el territorio (entonces llamado África del Sudoeste) bajo mandato de la Sociedad de Naciones, y con el tiempo le impuso el sistema del apartheid. En las décadas de 1960 y 1970, siguiendo el plan de segregación territorial diseñado por la Comisión Odendaal, el régimen sudafricano creó una serie de 'homelands' o bantustanes: territorios étnicos separados donde se pretendía confinar a cada pueblo africano.
En ese marco se estableció oficialmente 'Damaraland' como el homeland asignado al pueblo damara, con reasentamientos forzosos de población. Como el resto de los bantustanes, fue un instrumento de control racial y de fragmentación política, pensado para negar a los africanos derechos plenos en el conjunto del país y para dividir la resistencia. La idea de 'un territorio para cada etnia' servía a los intereses del régimen, no a los de sus habitantes.
Con la larga lucha por la independencia, encabezada por la SWAPO, y la retirada sudafricana, Namibia alcanzó la independencia el 21 de marzo de 1990. La nueva Constitución abolió los bantustanes y reorganizó el país en regiones administrativas modernas: el antiguo 'Damaraland' quedó repartido principalmente entre las regiones de Kunene y Erongo. Hoy el término sobrevive como nombre geográfico y turístico —evocador y práctico— pero conviene recordar que nació como una construcción del apartheid y no como una división histórica propia de la región.
La gran historia contemporánea de Damaraland es la de su modelo de conservación. Tras la independencia de 1990, Namibia se convirtió en pionera mundial al reconocer en su Constitución la protección del medio ambiente y al crear, a partir de 1996, las 'conservancies' comunales: áreas donde las propias comunidades locales gestionan la fauna y se benefician del turismo y del uso sostenible de los recursos. En Damaraland y el Kaokoland, este esquema transformó la relación entre la gente y los animales.
El caso más célebre es el del rinoceronte negro. Diezmado por la caza furtiva en los años 70 y 80, encontró refugio en la vasta concesión de Palmwag, donde la ONG Save the Rhino Trust, junto con las comunidades y los guardas locales, logró proteger y hacer crecer la que hoy es la mayor población de rinoceronte negro de vida libre del mundo, fuera de cualquier parque cercado. Del mismo modo se recuperaron los elefantes del desierto, esas poblaciones adaptadas que caminan enormes distancias por los ríos secos, y otras especies emblemáticas. Que fauna así conviva con aldeas y ganado, sin alambrados, es casi único en África.
Hoy Damaraland es a la vez uno de los destinos de naturaleza más espectaculares de Namibia y un laboratorio vivo de convivencia entre conservación, cultura y comunidades. El viajero que recorre sus caminos de ripio, visita Twyfelfontein, rastrea elefantes en el Huab o comparte una mañana con una familia damara o himba está participando —cuando lo hace con respeto y a través de proyectos serios— de un modelo que sostiene tanto a la fauna como a la gente. Bajo la belleza del paisaje late una historia de despojo, resistencia y, finalmente, de una forma esperanzadora de proteger el patrimonio natural y humano de esta esquina del planeta.