Ulcinj es una de las ciudades más antiguas de la costa adriática, con más de dos mil años de historia sobre su promontorio rocoso asomado al mar. El nombre procede de la tribu iliria de los olciniates, que habitaba esta región y dio origen al topónimo. Como toda la costa, la zona formó parte del mundo ilirio, con su fama de navegantes y piratas, antes de caer bajo el poder de Roma. Los romanos conquistaron la ciudad y la llamaron Olcinium, y bajo su dominio floreció como municipio con privilegios comerciales, integrada en la provincia de Dalmacia y luego de Prevalitana.
Una curiosa tradición antigua atribuía la fundación de la ciudad a colonos llegados de Colquis (en el Cáucaso), lo que la conectaba, como a otras ciudades del Adriático, con el mundo de los mitos griegos y la leyenda de los argonautas; más allá de la leyenda, lo cierto es que Olcinium fue un puerto próspero y bien fortificado. Tras la división del Imperio romano, la ciudad quedó en la órbita bizantina, y durante los siglos siguientes pasó por manos de distintos poderes que se disputaban esta frontera del Adriático. El promontorio amurallado, fácil de defender, fue siempre el núcleo de la ciudad, y sobre él se superpondrían, capa a capa, las huellas de ilirios, romanos, bizantinos, venecianos y otomanos que hoy dan al casco antiguo su carácter milenario.
Durante la Edad Media, Ulcinj fue una pequeña ciudad marítima que cambió de manos numerosas veces, reflejo de la inestabilidad de esta frontera entre mundos. Formó parte de principados y reinos eslavos de la costa, como Duklja y luego el reino serbio de los Nemanjić, bajo cuyo dominio conoció cierta prosperidad, con comercio, sal y navegación. Fue también sede episcopal y contó con iglesias y monasterios. Como sus vecinas, vivía del mar y de su posición estratégica en las rutas del Adriático.
Tras la desintegración del poder serbio y diversos señoríos locales (como el de la familia Balšić, que dominó la región de Zeta), Ulcinj acabó, a finales del siglo XV, bajo el control de la República de Venecia, que la gobernó junto con otras plazas de la costa. Los venecianos, como en Kotor o Budva, reforzaron las murallas y las defensas de la ciudad, integrándola en su sistema de plazas fuertes del Adriático oriental frente al avance otomano. Ulcinj —Dulcigno para los venecianos— era una ciudad de frontera, expuesta a los ataques turcos y a las tensiones de una zona en disputa. Ese equilibrio inestable se rompió definitivamente en 1571, cuando la ciudad cayó en manos del Imperio otomano, abriendo el capítulo más largo, intenso y célebre de su historia.
La conquista otomana de 1571 marcó a Ulcinj para siempre. Durante más de tres siglos, la ciudad —Ulqin en albanés, Dulcigno para los italianos— fue una plaza del Imperio turco, y adquirió una fama tan próspera como siniestra: la de nido de corsarios. En los siglos XVII y XVIII, aprovechando su puerto y su posición, Ulcinj se convirtió en una de las bases de piratería más temidas del Adriático y el Mediterráneo. Su flota llegó a contar, según las crónicas, con cientos de barcos, tripulados por corsarios de origen albanés y también norteafricano —algunos llegados del mundo berberisco—, que asaltaban naves y costas, capturaban a mercaderes y viajeros para pedir rescate, y comerciaban con el botín.
Esa actividad tuvo un lado especialmente oscuro: Ulcinj albergó el mayor mercado de esclavos del Adriático. En la llamada plaza de los Esclavos (Trg robova), en el casco antiguo, se compraban y vendían personas capturadas en las incursiones corsarias, muchas de ellas del norte de África, que dejaron incluso una comunidad de población negra en la ciudad durante generaciones. Es un capítulo doloroso, que conviene recordar con precisión y sin adornos: la prosperidad pirata de Ulcinj se construyó también sobre la trata de seres humanos. A este período pertenece asimismo la leyenda más famosa y discutida de la ciudad: la que sostiene que el escritor español Miguel de Cervantes estuvo cautivo aquí tras ser capturado por corsarios, y que una mujer de Ulcinj (cuyo nombre italiano es Dulcigno) inspiró a su Dulcinea del Toboso. Los historiadores, sin embargo, sitúan el cautiverio real de Cervantes en Argel, no en Ulcinj, por lo que se trata de una tradición literaria más que de un hecho probado. De la época otomana quedan las mezquitas, el hamam y buena parte del carácter oriental que aún distingue a la ciudad.
El fin del dominio otomano llegó en el contexto de la gran crisis balcánica de finales del siglo XIX. Tras la guerra ruso-turca y el Congreso de Berlín de 1878, que redibujó el mapa de los Balcanes y reconoció la independencia de Montenegro, se decidió que Ulcinj pasara al joven Estado montenegrino. La cesión no fue inmediata ni pacífica: hubo resistencia local y tensiones, y hizo falta una demostración de fuerza naval de las grandes potencias europeas para forzar la entrega. Finalmente, en 1880, Ulcinj se incorporó al Principado (luego Reino) de Montenegro, que ganaba así una salida al mar más amplia y una ciudad de gran valor portuario, aunque de población mayoritariamente albanesa y musulmana, muy distinta del resto del país.
Durante el siglo XX, Ulcinj siguió los avatares de Montenegro: la integración en Yugoslavia tras la Primera Guerra Mundial, la ocupación durante la Segunda Guerra Mundial (en la que la zona quedó bajo control italiano y ligada a la Albania ocupada) y la posguerra socialista. La ciudad conservó su fuerte identidad albanesa y su carácter propio. En 1979, el gran terremoto que asoló la costa montenegrina golpeó también Ulcinj, dañando el casco antiguo y sus monumentos, que hubo que restaurar. En la segunda mitad del siglo, además, empezó a desarrollarse el turismo, aprovechando el tesoro natural del sur: la inmensa Velika Plaža y la isla de Ada Bojana.
Tras la desintegración de Yugoslavia y la independencia de Montenegro en 2006, Ulcinj es hoy la ciudad más al sur del país y una de las más singulares. Su población, mayoritariamente albanesa y musulmana, le da una identidad cultural única dentro de Montenegro: se habla sobre todo albanés, los minaretes marcan el perfil urbano, y la gastronomía y las costumbres reflejan ese cruce de mundos. El casco antiguo, con sus murallas milenarias, sus mezquitas, su hamam y su plaza de los Esclavos, sigue contando la historia de una ciudad que fue romana, veneciana, otomana y montenegrina, y que vivió épocas de gloria pirata y de sombra esclavista.
Pero el gran motor de la ciudad es hoy el turismo de sol, playa y naturaleza. La Velika Plaža, con sus 13 km de arena, se ha convertido en uno de los mejores destinos de kitesurf del Adriático y en un imán para las familias; Ada Bojana, con su playa naturista, su gastronomía de pescado sobre el río y su riqueza natural, atrae a un turismo más bohemio y ecológico; y las salinas de Ulcinj, tras años de amenaza urbanística, se han protegido como una de las reservas de aves más importantes de los Balcanes, donde los flamencos tiñen de rosa las lagunas. La ciudad afronta los retos del desarrollo —la presión urbanística, la conservación de su patrimonio natural y cultural— buscando un equilibrio entre el crecimiento y la protección de lo que la hace especial. Puerta hacia Albania y hacia el lago Skadar, distinta y fascinante, Ulcinj es el broche sur de Montenegro: una ciudad milenaria donde el pasado del pirata convive hoy con la vela del kitesurfista y el vuelo del flamenco.