La historia de Perast empieza, en realidad, unos kilómetros más allá, en la vecina Risan, la ciudad más antigua de toda la bahía de Kotor. Allí tuvo su capital, en el siglo III a.C., el reino ilirio de la reina Teuta, célebre por la piratería que sus súbditos practicaban en el Adriático y que acabó provocando la intervención de Roma en las llamadas guerras ilirias. Cuando el reino ilirio cayó, Roma dominó toda la Boka, y de aquella época quedan en Risan unos notables mosaicos romanos. Perast, en la orilla, era entonces un punto menor de ese mundo antiguo.
Lo que dio a Perast su lugar en la historia fue la geografía. El pueblo se asienta justo frente al estrecho de Verige, el punto más angosto de la bahía de Kotor, por donde tenía que pasar cualquier barco que quisiera llegar al fondo de la ría, a Kotor y Risan. Quien controlaba Verige controlaba la entrada a la bahía interior. Ese valor estratégico convertiría a Perast, siglos más tarde, en una plaza clave para la defensa de toda la Boka. El nombre del pueblo se asocia a antiguas tribus locales (los pirustae), y su emplazamiento —una ladera soleada que baja al mar, protegida por las montañas— reunía todo lo que un pueblo de marinos podía desear: refugio, sol y una posición dominante sobre el paso del agua.
En 1420, como Kotor y buena parte de la Boka, Perast se puso bajo la protección de la República de Venecia, que dominaría la bahía hasta 1797. Fue el marco en el que el pueblo creció y se hizo célebre. Situado en la frontera misma entre el territorio veneciano y el Imperio otomano —que dominaba casi todo el interior de los Balcanes—, Perast se convirtió en un bastión de vigilancia y en un vivero de marinos al servicio de la Serenísima. Sus habitantes obtuvieron privilegios especiales: entre ellos, el honor de custodiar el estandarte de guerra veneciano (el gonfalón) en las batallas navales, un signo de la confianza que Venecia depositaba en ellos.
El episodio que selló su fama ocurrió el 15 de mayo de 1654. Un gran ejército otomano, de varios miles de hombres, atacó Perast por tierra y mar para tomar el pueblo y abrir así el camino al fondo de la bahía. Los peraštani, muy inferiores en número pero atrincherados y conocedores del terreno, resistieron el asalto y lograron rechazar a los turcos, causándoles graves pérdidas y capturando incluso al jefe de la expedición. La victoria tuvo un enorme valor simbólico: un pueblo diminuto había frenado al poderoso Imperio otomano. Venecia recompensó a Perast ampliando sus privilegios comerciales y su autonomía, y la gesta quedó grabada en la memoria local. A partir de entonces, el prestigio y la riqueza de Perast no dejaron de crecer, apoyados en lo que mejor sabían hacer sus habitantes: navegar y comerciar.
El siglo XVIII fue la edad de oro de Perast. El pueblo, con apenas unos cientos de familias, llegó a reunir una flota de cientos de barcos y hasta cuatro astilleros, y sus capitanes y armadores comerciaban por todo el Mediterráneo. La riqueza acumulada se tradujo en piedra: las grandes familias —Zmajević, Bujović, Smekja, Balović, Martinović y otras— construyeron los palacios barrocos que todavía hoy dan al pueblo su aire señorial. Se cuentan hasta diecisiete palacios y una decena de iglesias en un lugar minúsculo, una densidad de patrimonio asombrosa que solo se explica por aquella prosperidad marinera.
Perast no solo tenía barcos: tenía saber náutico. Su figura más célebre fue el capitán Marko Martinović, que en 1698 fundó de hecho una escuela de navegación tan reputada que el zar Pedro el Grande de Rusia le envió a un grupo de jóvenes nobles rusos para que aprendieran el arte de navegar. Aquel vínculo con Rusia marcó al pueblo, que dio también marinos al servicio del zar, como el almirante Matija Zmajević, que llegó a mandar la flota rusa del Báltico. La familia Zmajević dio además arzobispos y hombres de letras. Sobre el mar, frente al pueblo, seguía creciendo la isla artificial de Nuestra Señora de las Rocas: cada capitán que volvía sano de un viaje echaba piedras alrededor del escollo donde, según la tradición, se había hallado en 1452 un icono de la Virgen. Así, viaje tras viaje, generación tras generación, los marinos de Perast levantaron con sus propias manos una isla y una iglesia que son hoy el símbolo del pueblo.
Ninguna historia de Perast se entiende sin su isla. Nuestra Señora de las Rocas (Gospa od Škrpjela) es una isla artificial, un caso rarísimo en el Adriático. La leyenda cuenta que el 22 de julio de 1452 dos hermanos marinos, uno de ellos enfermo, encontraron sobre un pequeño escollo que asomaba del agua un icono de la Virgen con el Niño; al llevarlo a tierra el enfermo sanó, y el hallazgo se tomó como un signo divino. Desde entonces, los marinos de Perast empezaron a arrojar piedras y a hundir barcos viejos cargados de rocas alrededor del escollo cada vez que regresaban con bien de un viaje, para agrandar la base y construir allí un santuario a la Virgen protectora de los navegantes.
Con los siglos, aquel montón de piedras se transformó en una verdadera isla, sobre la que se levantó una iglesia barroca de cúpula azul, ampliada y decorada gracias a las donaciones de los capitanes. Su interior es un tesoro: un techo pintado con decenas de escenas por el pintor local Tripo Kokolja, un altar de mármol y, sobre todo, las paredes cubiertas de exvotos de plata —planchas repujadas con barcos, manos, ojos y oraciones de agradecimiento por naufragios evitados y curaciones logradas—. Se conserva también una célebre placa bordada durante veinticinco años por Jacinta Kunić-Mijović, una mujer del pueblo que esperaba el regreso de su amado marino, hecha con hilos de oro, plata y su propio cabello, que fue encaneciendo con el tiempo. Cada 22 de julio, en la Fašinada, los habitantes repiten el rito ancestral: rodean la isla en barcas al atardecer y siguen echando piedras al agua. Es una tradición de más de cinco siglos, viva, que convierte a la iglesia en un monumento colectivo levantado por generaciones de marinos.
El fin de la República de Venecia, en 1797, marcó también el principio del declive de Perast. Sin la Serenísima a la que servir, y con el comercio marítimo cambiando de rutas y de barcos, el pueblo perdió poco a poco su flota y su razón de ser. Por el Tratado de Campoformio, la Boka pasó al Imperio austríaco; luego vinieron la breve etapa napoleónica y de nuevo el dominio austrohúngaro durante un siglo, hasta 1918. Los grandes veleros de Perast fueron desapareciendo, muchos capitanes emigraron, y el pueblo quedó suspendido en el tiempo, con sus palacios cada vez más silenciosos. Tras la Primera Guerra Mundial, Perast se integró en Yugoslavia, y en la Segunda Guerra Mundial vivió, como toda la costa, la ocupación italiana y la resistencia partisana.
Paradójicamente, esa decadencia fue lo que salvó a Perast. Al detenerse su crecimiento, el pueblo no se llenó de construcciones modernas: quedó como un conjunto barroco casi intacto, una foto fija del siglo XVIII. En 1979, junto con toda la 'Región natural y cultural-histórica de Kotor', Perast fue incluido en el Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, lo que impulsó la protección y la restauración de sus palacios e iglesias. Aquel mismo año, el gran terremoto que sacudió la costa montenegrina también lo afectó, y la recuperación posterior fue lenta pero cuidadosa. Hoy, tras la independencia de Montenegro en 2006, Perast es uno de los destinos más admirados del país. Muchos de sus palacios se han convertido en hoteles de encanto o museos, los restaurantes se alinean frente al agua y las excursiones llegan cada día desde Kotor. Pero basta esperar a que caiga la tarde, cuando las barcas se van y el pueblo se queda vacío, para sentir todavía el eco de aquel Perast de capitanes que, mirando el mar y sus dos islas, lo tuvo casi todo.