El río Tara nace en las montañas del noroeste de Montenegro, de la unión de varios arroyos que bajan de los macizos de Komovi y Sinjajevina, y corre unos 140 kilómetros hasta unirse con el río Piva para formar el Drina, uno de los grandes ríos balcánicos. En ese recorrido, el Tara ha realizado una de las obras de ingeniería natural más impresionantes de Europa: excavar, durante millones de años, un cañón de hasta cerca de 1.300 metros de profundidad en la roca caliza del macizo del Durmitor. Es el cañón más profundo del continente y el segundo del mundo, solo superado por el Gran Cañón del Colorado.
El proceso fue lento y colosal. Las aguas, cargadas de sedimentos, fueron horadando la piedra a medida que el macizo se levantaba, encajándose cada vez más hondo entre paredes verticales que en algunos tramos superan los mil metros de caída. El resultado es una garganta vertiginosa de unos 82 kilómetros, tapizada de bosques colgados, cascadas laterales, manantiales y cuevas, por cuyo fondo discurre el río de un intenso color esmeralda.
Esa pureza cristalina le ha valido al Tara un apodo hermoso: 'Suza Evrope', la 'lágrima de Europa'. Sus aguas son tan limpias que en muchos tramos pueden beberse directamente, algo excepcional en un continente de ríos contaminados. La cuenca del Tara es uno de los últimos grandes ecosistemas fluviales prácticamente intactos de Europa, con bosques de pino negro milenarios, y por ello fue declarada Reserva de la Biosfera por la UNESCO, dentro del conjunto del Parque Nacional Durmitor, Patrimonio Mundial desde 1980.
Durante siglos, el cañón del Tara fue mucho más que un accidente geográfico: fue una barrera y una frontera. Su profundidad y sus paredes impracticables separaban comunidades, dividían territorios y marcaban límites entre clanes, entre regiones y, más tarde, entre Estados. En su tramo final, el Tara traza en parte la frontera actual entre Montenegro y Bosnia y Herzegovina, prolongando su función milenaria de línea divisoria natural.
Las montañas que flanquean el cañón, en el corazón de la Montenegro más agreste, fueron el dominio de tribus pastoriles y guerreras que hicieron de este terreno imposible un bastión de libertad. Como en el resto del país, la orografía extrema permitió a estas comunidades resistir el dominio otomano y mantener una autonomía feroz. Los bosques y las grutas del cañón sirvieron de refugio a los hajduks, esos rebeldes-bandoleros que combatían al poder turco y que la tradición popular convirtió en héroes de la resistencia.
Cruzar el Tara era, hasta época reciente, una empresa difícil y peligrosa. Los pocos vados y puentes precarios que existían tenían un enorme valor estratégico, pues controlaban el paso entre las dos orillas de una herida abierta en la montaña. Esa dificultad de comunicación mantuvo el cañón y sus alrededores en un aislamiento que preservó tanto su naturaleza como sus tradiciones, pero que también condenó a la región a la pobreza y la marginación durante generaciones. El río unía culturalmente a las gentes de sus riberas y, al mismo tiempo, las separaba físicamente.
La necesidad de vencer esa barrera dio lugar a la construcción más emblemática del cañón: el puente de Đurđevića Tara. En el Reino de Yugoslavia de entreguerras, la modernización del país exigía conectar las dos orillas del Tara para unir las regiones del norte. Entre 1937 y 1940 se construyó, según el proyecto del ingeniero Mijat Trojanović, un elegante puente de arco de hormigón armado con cinco ojos, de unos 365 metros de longitud, que salva el cañón a unos 150-170 metros sobre el río. Cuando se terminó, era el mayor puente de vehículos de arco de hormigón de Europa, una hazaña técnica para su tiempo y un símbolo de progreso.
Pero el puente apenas tuvo tiempo de estrenarse en paz. Estalló la Segunda Guerra Mundial, y en 1942 el cañón se convirtió en escenario de un episodio célebre. Para frenar el avance de las fuerzas del Eje (italianas) durante las operaciones contra los partisanos, la resistencia decidió inutilizar el puente. El ingeniero Lazar Jauković, que había participado en su construcción, fue el encargado de calcular y dirigir la voladura de uno de los arcos, saboteando así su propia obra para impedir el paso enemigo. Poco después, Jauković fue capturado por los italianos y ejecutado en el mismo puente que había ayudado a construir y a destruir.
Su historia, entre la ingeniería y el sacrificio, se convirtió en leyenda de la resistencia yugoslava y montenegrina. Tras la guerra, el puente fue reparado y sigue en pie, cruzado a diario por viajeros que se detienen a fotografiar el abismo. Un monumento junto al puente recuerda a Lazar Jauković. Hoy, el arco de hormigón de Đurđevića Tara es una de las postales más reconocibles de Montenegro y el punto de partida de toda visita al cañón.
En la segunda mitad del siglo XX, el cañón del Tara empezó a atraer a un nuevo tipo de visitante: los amantes de la aventura. El descenso del río en balsa, el rafting, se desarrolló como actividad deportiva y turística aprovechando los rápidos, las aguas bravas del deshielo y el escenario espectacular de las paredes de mil metros. El tramo entre Brštanovica y Šćepan Polje, donde el Tara se une al Piva, se consagró como uno de los mejores recorridos de rafting de Europa, meta de aficionados de todo el mundo. Alrededor de esta actividad surgieron campamentos, cabañas y una pequeña economía de aventura, especialmente en el pueblo fronterizo de Šćepan Polje.
Pero el mayor capítulo reciente de la historia del Tara no fue deportivo, sino ecológico. En los años 2000, resurgieron los planes, que ya se habían barajado en época yugoslava, de construir presas hidroeléctricas en el cañón, algunas ligadas a proyectos en el vecino río Drina. La construcción de embalses habría inundado tramos del cañón y alterado para siempre el río más puro de Europa. La reacción de la sociedad montenegrina fue contundente: ecologistas, científicos y ciudadanos se movilizaron en defensa del Tara en una campaña que caló hondo.
En 2004, el Parlamento de Montenegro aprobó una declaración de protección del río Tara, comprometiéndose a preservarlo frente a los proyectos de presas, en un gesto pionero que se apoyaba en su condición de Patrimonio de la UNESCO y Reserva de la Biosfera. Aquella victoria convirtió al Tara en un símbolo de la conciencia ambiental del país, un ejemplo de cómo la movilización popular podía frenar la destrucción de un tesoro natural. El río salvado se transformó en emblema de la 'Montenegro ecológica' que el propio Estado proclamaba en su Constitución.
En la actualidad, el cañón del Tara es uno de los grandes atractivos naturales de Montenegro y el epicentro del turismo de aventura del norte del país. La combinación de su valor paisajístico —el cañón más profundo de Europa, protegido por la UNESCO— con una oferta de actividades de adrenalina lo ha convertido en un destino imprescindible. El puente de Đurđevića Tara recibe a diario a viajeros que se asoman al vacío, cruzan volando en tirolina de una pared a otra, o se preparan para el rafting.
El rafting sigue siendo la estrella: descensos de medio día para principiantes en las aguas más tranquilas del verano, o jornadas completas por el tramo espectacular en primavera, cuando el deshielo carga el río de fuerza. Las tirolinas junto al puente, con líneas de distinta longitud, ofrecen una emoción más rápida pero igualmente vertiginosa. Y para quien prefiere la contemplación, los miradores del cañón y las rutas del Durmitor permiten medir con la vista la escala descomunal de la garganta.
El cañón del Tara resume, en un solo lugar, mucho de lo que hace especial a Montenegro: naturaleza intacta y monumental, una historia de resistencia grabada hasta en las piedras de su puente, y una relación intensa entre las gentes y su territorio, que en los años recientes se ha traducido en la voluntad de proteger lo que tienen. Contemplar el hilo esmeralda del río a mil metros de profundidad, o dejarse llevar por sus rápidos entre paredes verticales, es asomarse a la fuerza elemental de la naturaleza y a la memoria de un pueblo que aprendió a hacer de sus montañas y sus ríos el símbolo de su libertad. La 'lágrima de Europa' sigue fluyendo, limpia y libre, en el fondo de su abismo verde.