Pocas ciudades del Adriático pueden presumir de tanta antigüedad como Budva. Sobre el promontorio donde hoy se levanta el casco antiguo hubo asentamientos humanos desde hace unos 2.500 años, lo que la convierte en una de las localidades más viejas de toda la costa adriática. Una hermosa leyenda griega vincula su fundación con Cadmo, el héroe fenicio-tebano que, desterrado de Grecia junto a su esposa Harmonía, habría llegado hasta estas costas y fundado la ciudad; el mito, recogido por autores antiguos, da a Budva un aura legendaria y subraya sus profundas raíces mediterráneas.
Más allá del mito, la arqueología confirma un origen ilirio: los primeros pobladores fueron gentes de ese mundo, que aprovecharon el promontorio defendible y su buen fondeadero. Entre los siglos VI y IV a.C., la ciudad —llamada Butua— fue un emporio comercial de la colonización griega en el Adriático, un punto de intercambio donde confluían mercancías y culturas. Las necrópolis excavadas en Budva han revelado ricos ajuares funerarios de aquella época, con joyas, cerámica y objetos griegos y helenísticos que hoy se conservan en museos y prueban la prosperidad y los contactos de aquella antigua Butua. La ciudad nacía, así, como un cruce de caminos entre el mundo ilirio y el griego, una vocación de encuentro que la acompañaría siempre.
Con la expansión de Roma por el Adriático, Butua quedó integrada en la República y luego en el Imperio. Hacia mediados del siglo II a.C. era ya un oppidum romano con organización municipal, y con el tiempo sus habitantes obtuvieron la ciudadanía: las fuentes la mencionan como oppidum civium Romanorum, es decir, una comunidad de ciudadanos romanos, un estatus privilegiado. Bajo su nombre latino, Butua, la ciudad prosperó como puerto y centro de una región agrícola, con villas, termas y templos de los que han aparecido restos. Fue también, ya en época tardía, sede episcopal cristiana.
La caída del Imperio romano de Occidente y las invasiones trajeron siglos turbulentos. Budva quedó dentro de la órbita del Imperio bizantino, que dominaba nominalmente la costa, mientras llegaban a los Balcanes eslavos y ávaros. Durante la Edad Media, la ciudad pasó por manos de distintos poderes: formó parte de reinos y principados eslavos de la costa (como Duklja/Zeta), estuvo bajo la influencia de Bizancio y de los reyes serbios, y mantuvo su carácter de pequeña ciudad marítima con estatutos propios, comercio y una mezcla de población latina y eslava. Como sus vecinas de la bahía de Kotor, Budva vivía del mar y de su posición, buscando siempre el equilibrio entre las potencias que se disputaban el Adriático. Ese equilibrio se inclinaría, a mediados del siglo XV, hacia la gran potencia marítima del momento: la República de Venecia.
En 1442, Budva se puso bajo la soberanía de la República de Venecia, que la gobernaría durante más de tres siglos, hasta 1797. Fue el período que dio a la ciudad su fisonomía actual. Integrada en los dominios venecianos del Adriático oriental (la llamada Albania Veneciana), Budva se convirtió en una plaza fortificada de frontera frente al avance del Imperio otomano, que dominaba el interior. Los venecianos levantaron y reforzaron las murallas que aún rodean el casco antiguo, la Ciudadela y buena parte de los edificios de piedra que hoy admiramos, dándole ese inconfundible aire veneciano de callejones, plazas e iglesias.
La vida bajo el león de San Marcos no fue fácil: la ciudad tuvo que defenderse de ataques y convivir con la amenaza turca en su misma frontera, y sufrió también epidemias y penurias. Pero mantuvo su comercio marítimo, sus instituciones locales y una identidad propia, con una población que mezclaba católicos y ortodoxos. En el casco antiguo conviven, como testimonio de esa diversidad, iglesias de ambos ritos: la antiquísima Santa María in Punta, la catedral católica de San Iván y la ortodoxa Santísima Trinidad. Cuando Napoleón puso fin a la República de Venecia en 1797, Budva, como toda la Boka y la costa, entró en un nuevo ciclo de dominaciones: pasó al Imperio austríaco, vivió el paso napoleónico y las Provincias Ilirias, y tras el Congreso de Viena de 1815 quedó de nuevo bajo Austria, dentro del Reino de Dalmacia, donde permanecería hasta 1918.
Tras la Primera Guerra Mundial y la caída del Imperio austrohúngaro, Budva se integró, junto con Montenegro, en el nuevo Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, que sería Yugoslavia. Durante la Segunda Guerra Mundial, la ciudad y toda la costa vivieron la ocupación italiana y alemana y la lucha partisana, en años duros de guerra y penuria. La posguerra trajo la Yugoslavia socialista de Tito y, con ella, un cambio que transformaría el destino de Budva: el desarrollo del turismo.
A partir de los años cincuenta y sesenta, la costa montenegrina —y Budva en particular— empezó a despuntar como destino de vacaciones. Se construyeron hoteles y complejos, se desarrollaron las playas de la Riviera y llegaron turistas de toda Yugoslavia y del extranjero. El islote de Sveti Stefan, muy cerca, se convirtió en un exclusivo hotel de fama internacional, símbolo del glamur de la costa. Budva creció como capital turística, combinando su casco antiguo histórico con una oferta cada vez mayor de sol, playa y ocio. Aquel modelo, interrumpido por las guerras de los años noventa que desmembraron Yugoslavia y por las sanciones y crisis de la época, se recuperó con fuerza tras la independencia de Montenegro en 2006, consolidando a Budva como el gran motor del turismo del país, con sus luces y sus sombras: prosperidad y empleo, pero también construcción descontrolada, masificación estival y precios altos.
El episodio más traumático de la historia reciente de Budva llegó de la tierra. La mañana del 15 de abril de 1979, un violento terremoto de magnitud cercana a 7 sacudió toda la costa montenegrina. Budva fue una de las localidades más golpeadas: el casco antiguo, con sus murallas, iglesias y casas de piedra de siglos, quedó gravemente dañado, con edificios derrumbados o al borde del colapso. En toda la región murieron alrededor de un centenar de personas y el patrimonio histórico sufrió pérdidas enormes. Por un momento, pareció que la vieja Butua de 2.500 años podía perderse.
La respuesta fue una reconstrucción larga y meticulosa. Durante unos ocho años, hasta 1987, se trabajó en restaurar el casco antiguo devolviéndole su forma original, piedra a piedra, siguiendo los planos y la fisonomía histórica. El resultado fue tan cuidado que hoy apenas quedan huellas visibles de la catástrofe: quien pasea por el Stari Grad difícilmente imagina que casi todo lo que ve fue restaurado tras el seísmo. Aquel esfuerzo salvó el corazón histórico de la ciudad.
Hoy Budva es la capital turística de Montenegro y uno de sus destinos más visitados: casco antiguo milenario, playas para todos los gustos en su Riviera —de la urbana Slovenska a la coqueta Mogren, de la festivalera Jaz a la familiar Bečići— y una vida nocturna que le ha valido el apodo de 'la Miami del Adriático'. Con la independencia de 2006 y el uso del euro, la ciudad se ha volcado por completo en el turismo, con el reto de conservar su enorme legado histórico y su entorno frente a la presión del ladrillo y la masificación. Bajo el bullicio veraniego late, todavía, una de las ciudades más antiguas del Adriático, fundada —dice la leyenda— por el mismísimo Cadmo.