Para entender Comrat hay que entender a los gagauzos, uno de los pueblos más singulares de Europa. Son una comunidad de lengua turca —el gagauzo pertenece a la familia de las lenguas túrquicas, emparentado con el turco de Turquía— pero de religión cristiana ortodoxa. Esa combinación, un idioma turco y una fe cristiana, es rarísima en el mundo y define su identidad: los gagauzos suelen decir, con orgullo, que son el único pueblo turco cristiano ortodoxo.
El origen exacto de los gagauzos es objeto de debate entre los historiadores. La hipótesis más difundida los vincula con pueblos túrquicos que se asentaron en los Balcanes en la Edad Media —posiblemente relacionados con los protobúlgaros, los pechenegos, los cumanos o los turcos selyúcidas que emigraron a los Balcanes— y que, viviendo bajo la influencia del Imperio bizantino y en tierras cristianas, adoptaron la ortodoxia mientras conservaban su lengua turca. Durante siglos habitaron la región de la actual Bulgaria y el noreste de los Balcanes.
Esa doble herencia —turca en la lengua y las costumbres, cristiana y balcánica en la fe— es la clave de todo lo que vino después. Cuando las circunstancias históricas los empujaron a emigrar, los gagauzos se llevaron consigo esa identidad peculiar y la trasplantaron al sur de Besarabia, donde hoy, en torno a Comrat, sigue viva. Comprender esta raíz ayuda a leer cada rincón de la ciudad: la catedral ortodoxa donde se reza, el mercado donde se habla gagauzo y ruso, la cocina de raíz pastoril, todo remite a ese pueblo a caballo entre dos mundos.
La historia de Comrat como ciudad gagauza empieza a caballo entre los siglos XVIII y XIX. El asentamiento fue fundado hacia 1789, en una zona del sur de Besarabia —el llamado Budjak— que había estado poblada por los nogayos, un pueblo túrquico nómada, y que quedó semivacía tras los conflictos entre el Imperio ruso y el otomano. Cuando Rusia se anexionó Besarabia en 1812, el gobierno imperial buscó repoblar esas tierras fértiles pero despobladas.
La oportunidad la aprovecharon los gagauzos y los búlgaros de los Balcanes. Huyendo de las guerras y de las duras condiciones bajo el dominio otomano, y atraídos por las tierras y los incentivos que ofrecía el Imperio ruso, miles de familias gagauzas y búlgaras cruzaron el Danubio y se instalaron en el sur de Besarabia entre las primeras décadas del siglo XIX. Un decreto ruso de 1819 impulsó específicamente ese reasentamiento. Los colonos fundaron o repoblaron aldeas como Comrat, Congaz, Tomai, Cișmichioi, Avdarma y otras, que todavía hoy forman el núcleo de Gagauzia.
Comrat se convirtió en el centro de esa comunidad. Los gagauzos vivían de la agricultura, la viticultura y el pastoreo, y mantuvieron su lengua turca y su fe ortodoxa generación tras generación, incluso rodeados de moldavos, búlgaros, rusos y ucranianos. En 1906, en el convulso contexto de la Revolución rusa, Comrat protagonizó un breve y célebre episodio: la efímera 'República de Comrat', un levantamiento campesino que duró apenas unos días pero que quedó en la memoria como un temprano gesto de afirmación local. La semilla de la identidad gagauza ya estaba firmemente plantada.
El siglo XX integró a Comrat y a los gagauzos en las grandes transformaciones de la región. Tras la Primera Guerra Mundial, Besarabia se unió a Rumanía (1918), y los gagauzos pasaron a ser una minoría dentro del Estado rumano. En 1940, y de forma definitiva tras la Segunda Guerra Mundial, la URSS incorporó Besarabia y creó la República Socialista Soviética de Moldavia; Comrat y toda Gagauzia quedaron dentro de ella, en el sur.
Durante el periodo soviético, los gagauzos vivieron la colectivización de la agricultura, la industrialización y la política de nacionalidades del régimen. El ruso se afianzó como lengua franca y de prestigio, y muchos gagauzos se educaron y trabajaron en ruso, aunque conservaron su idioma en la vida familiar y comunitaria. La fe ortodoxa, como en el resto de la URSS, sufrió la represión oficial, pero sobrevivió en la práctica popular.
El régimen soviético no reconoció una autonomía política para los gagauzos, pero sí contribuyó, de forma indirecta, a fortalecer su conciencia como pueblo: en 1957 se fijó una norma escrita para la lengua gagauza, y creció una intelectualidad —escritores, poetas, investigadores como Dmitri Kara Çoban, fundador del museo etnográfico de Besalma— que trabajó por preservar y estudiar la cultura gagauza. Cuando la URSS empezó a desmoronarse a finales de los años ochenta, esa conciencia nacional gagauza estaba lista para expresarse políticamente. Y lo hizo en un momento especialmente delicado para Moldavia.
El final de la URSS puso a prueba a Moldavia y a sus minorías. A finales de los años ochenta, el movimiento nacional moldavo impulsó la recuperación de la lengua rumana como oficial y creció la posibilidad de una unión con Rumanía. Para los gagauzos, como para los rusófonos de Transnistria, esas perspectivas se vivieron como una amenaza: temían quedar marginados o asimilados en un Estado rumano en el que no tenían cabida como pueblo turco.
En agosto de 1990, Comrat proclamó una república gagauza autónoma separada de Moldavia. El gobierno de Chișinău la declaró inconstitucional, y hubo momentos de gran tensión, incluidos episodios de movilización que estuvieron a punto de derivar en violencia. Pero aquí la historia de Gagauzia se separó radicalmente de la de Transnistria: mientras la orilla izquierda del Dniéster se hundía en una guerra en 1992, el conflicto gagauzo se encauzó por la vía del diálogo.
Tras años de negociaciones difíciles y a veces acaloradas, el 23 de diciembre de 1994 el Parlamento de la República de Moldavia aprobó la 'Ley sobre el estatuto jurídico especial de Gagauzia', que entró en vigor el 14 de enero de 1995. La ley reconoció a Gagauzia como una unidad territorial autónoma dentro de Moldavia, con su propia Asamblea Popular, su Ejecutivo (el Başkan o gobernador), sus lenguas oficiales —gagauzo, ruso y moldavo— e incluso el derecho a la autodeterminación en caso de que Moldavia perdiera su independencia. Fue una solución pacífica y pionera, citada a menudo como un ejemplo positivo de resolución de un conflicto étnico-territorial, en agudo contraste con el desenlace armado de Transnistria.
Desde 1995, Comrat es la capital oficial de Gagauzia, la unidad territorial autónoma del sur de Moldavia. Aquí tienen su sede la Asamblea Popular y el Ejecutivo gagauzo, y aquí se concentra la vida cultural y educativa de la región. Un hito de ese renacer institucional fue la fundación, en 1991, de la Universidad Nacional Gagauza, convertida más tarde en la Universidad Estatal de Comrat, que forma a los jóvenes de la comunidad y ha sido clave para consolidar la identidad y las élites gagauzas.
La ciudad conserva con orgullo su carácter: la lengua gagauza se oye en las calles junto al ruso; la catedral de San Juan Bautista recuerda la fe ortodoxa del pueblo; el Museo de Besalma custodia miles de piezas de su historia; y el mercado, la gastronomía —el cordero con hierbas, las costillas con couscous especiado— y las bodegas, como la histórica Vinuri de Comrat (desde 1897), mantienen vivas las tradiciones. Las fiestas de Hederlez, en mayo, con sus carreras de caballos y sus danzas del Horo, son el momento culminante del calendario identitario.
La Gagauzia contemporánea no está exenta de tensiones políticas: la región mantiene una fuerte orientación prorrusa y ha protagonizado desencuentros con el gobierno central, sobre todo en el contexto del acercamiento de Moldavia a la Unión Europea. Esas tensiones se juegan, sin embargo, en el terreno político e institucional, dentro del marco de la autonomía negociada en 1994. Para el viajero, Comrat ofrece algo poco común: la oportunidad de conocer de cerca a un pueblo turco y cristiano que ha sabido conservar su identidad a lo largo de siglos de migraciones, imperios y fronteras cambiantes, y que hoy la celebra con hospitalidad, buena comida y mejor vino.