En pleno corazón de Villahermosa, entre la selva de un parque urbano, hay una cabeza de piedra de tres metros y veinticuatro toneladas que lleva mirando el mundo desde hace más de 2.500 años. Nadie sabe con certeza cómo la tallaron ni cómo la arrastraron cientos de kilómetros sin ruedas, sin metal y sin animales de carga. Es una de las famosas cabezas colosales olmecas, y su presencia recuerda que esta ciudad tropical, hoy conocida por el petróleo y el calor, se levanta sobre la cuna de la civilización más antigua de Mesoamérica. La historia de la región de Villahermosa comienza mucho antes de la ciudad, con la cultura olmeca, considerada la 'cultura madre' de Mesoamérica. Entre aproximadamente 1500 y 400 a.C., los olmecas desarrollaron en las tierras bajas del Golfo —en lo que hoy son Tabasco y el sur de Veracruz— una de las primeras civilizaciones complejas del continente, que influiría en todas las culturas mesoamericanas posteriores: mayas, zapotecas, teotihuacanos.
Uno de sus centros más importantes fue La Venta, en el actual Tabasco, una ciudad ceremonial con pirámides de tierra, plazas y un extraordinario conjunto de esculturas monumentales. Los olmecas son célebres sobre todo por sus cabezas colosales: enormes bloques de basalto tallados con rasgos humanos, de varios metros de altura y muchas toneladas de peso, que probablemente representaban a gobernantes. El traslado de esas piedras desde canteras lejanas, sin ruedas ni animales de carga, sigue asombrando a los investigadores.
Los olmecas dejaron también altares, tronos, estelas y una iconografía rica en jaguares y seres sobrenaturales. Su legado —el juego de pelota, el calendario, la escritura incipiente, el culto al cacao— sentó las bases de la civilización mesoamericana. Esa herencia profunda es lo que hace de Tabasco una tierra fundamental para entender el México antiguo.
Las costas de Tabasco estuvieron entre las primeras del México actual en tener contacto con los españoles. En 1518, la expedición de Juan de Grijalva exploró estos litorales y dio su nombre al gran río que cruza la región. Al año siguiente, en 1519, Hernán Cortés libró cerca de aquí la batalla de Centla contra los indígenas chontales; tras su victoria, recibió como obsequio a un grupo de mujeres, entre ellas la Malinche (Malintzin), que sería su intérprete y figura clave en la conquista.
La ciudad de Villahermosa tiene su origen en el siglo XVI. Hacia 1564 se estableció la Villa Hermosa de San Juan Bautista, un asentamiento español en la zona ribereña. Sin embargo, su ubicación cerca de la costa la hacía vulnerable a los ataques de piratas que asolaban el Golfo, por lo que la población se vio obligada a trasladarse tierra adentro, hasta su emplazamiento actual a orillas del río Grijalva, más protegido.
Durante la época colonial, Villahermosa fue una modesta población ribereña dedicada al comercio fluvial. Los ríos eran las grandes vías de comunicación en esta tierra de pantanos, selvas y abundantes lluvias. El cacao, cultivado en la región desde tiempos prehispánicos, fue uno de sus productos más valiosos, junto con otros frutos de la agricultura tropical.
Tras la independencia de México, Villahermosa se consolidó como la principal ciudad y capital del estado de Tabasco. A lo largo del siglo XIX, como gran parte del país, vivió las tensiones entre liberales y conservadores y los efectos de las intervenciones extranjeras. La región, aislada por su geografía de ríos y pantanos, mantuvo un ritmo propio, ligado al comercio fluvial y a la agricultura.
La ciudad llegó a llamarse oficialmente San Juan Bautista durante un tiempo, hasta que recuperó el nombre de Villahermosa. Su vida giraba en torno al río Grijalva, que servía de puerto interior y de conexión con el Golfo y con otras poblaciones. El cacao, el plátano, la madera y otros productos tropicales sostenían la economía.
Figura destacada de la historia tabasqueña del siglo XIX fue Gregorio Méndez Magaña, líder de la resistencia contra la intervención francesa en el estado. Tabasco, pese a su aparente lejanía, participó así en los grandes acontecimientos nacionales, defendiendo la soberanía mexicana frente a las potencias extranjeras.
El siglo XX transformó radicalmente a Tabasco y a su capital con el descubrimiento y la explotación del petróleo. Villahermosa creció, se modernizó y se convirtió en un importante centro económico del sureste, con una fuerte presencia de la industria petrolera. La ciudad pasó de ser una población ribereña a una capital dinámica, con nueva infraestructura y crecimiento urbano.
Pero ese mismo desarrollo amenazó el patrimonio arqueológico: la explotación petrolera en la zona de La Venta ponía en peligro las colosales esculturas olmecas. Fue entonces cuando intervino una figura clave: el poeta y promotor cultural tabasqueño Carlos Pellicer Cámara. En los años 1950, Pellicer encabezó el rescate de los monumentos olmecas amenazados y los trasladó a Villahermosa, donde creó el Parque-Museo La Venta, un museo al aire libre en plena selva urbana donde las cabezas colosales, altares y estelas se exhiben en un entorno natural recreado.
El Parque-Museo La Venta, inaugurado en 1958, se convirtió en el símbolo cultural de Villahermosa y en una de las visitas imperdibles del sureste mexicano. Gracias a la visión de Pellicer, el legado olmeca se preservó y se hizo accesible, conectando a la moderna capital petrolera con sus raíces más antiguas.
La Villahermosa actual es una ciudad tropical, moderna y dinámica, capital de Tabasco y uno de los centros urbanos más importantes del sureste de México. Conocida como 'la Esmeralda del Sureste' por su exuberante vegetación, combina zonas históricas como la Zona Luz con áreas contemporáneas como Tabasco 2000, sede de los poderes y los grandes centros de convenciones.
La ciudad vive marcada por el agua: el caudaloso río Grijalva la atraviesa, con su malecón y sus embarcaderos; la Laguna de las Ilusiones es su pulmón verde; y el clima cálido y muy húmedo, con lluvias intensas, define la vida cotidiana. Esa relación con el agua tiene su lado difícil, ya que la zona es propensa a inundaciones, como las graves que afectaron a Tabasco en distintos años.
Más allá del Parque-Museo La Venta y sus cabezas olmecas, Villahermosa ofrece museos, la reserva ecológica Yumká, una rica gastronomía tabasqueña —con el pejelagarto, el cacao y el plátano como protagonistas— y es base para explorar el mundo maya de Comalcalco y Palenque, y las haciendas de cacao de la región. Tropical, ribereña y profundamente ligada a la cultura olmeca, Villahermosa es la cálida puerta de entrada al sureste mexicano.